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"Garzón, Zapatero y el GAL III" por Carlos Dávila

Por Narrador - 9 de Octubre, 2006, 9:00, Categoría: Opiniones

La mujer que la pasada semana compareció en el Juzgado número 35 de Plaza de Castilla de Madrid, embozada para ocultar su rostro, se llama Isabel López, es químico de profesión, ingresó en la Policía con la primera promoción de féminas en 1979, se la considera una «extraordinaria profesional» y ahora mismo ni contesta llamada telefónica alguna, ni responde siquiera a los mensajes de aliento que sus amigos más cercanos le envían a diario. Se ha refugiado en su casa y, soltera, no quiere tener otro consuelo que el de su padre. Alguno de sus colegas presumen de que Isabel está presa de una profunda depresión desde que en una madrugada de espanto, un juez vengativo y con enorme afán de protagonismo, quiso usarla a ella y a sus dos compañeros de peritaje como peana para volverse a alzar con la confianza del Partido Socialista. Garzón -afirman en la Audiencia Nacional- sabe que en la Carrera ya no tiene nada que hacer, que nadie se fía de él, que ningún otro profesional le aceptará como magistrado de Sala, oficio éste que le cabría inmediatamente por sus muchos años en la Audiencia. Cuando hace unos días la Sala de lo Penal de la propia Audiencia le desautorizó clamorosamente en su intento de quedarse con un caso que no le competía, a Garzón aún se le escuchó musitar: «...Pues que me esperen para la próxima».

Y la próxima fue, ya sin calidad judicial alguna, exonerar a los policías Ramírez, Santano, Andrades y Telesforo Rubio de toda culpabilidad en la espectacular manipulación y amputación de un documento en el que los peritos dejaban constancia de una evidencia notable: la aparición del ácido bórico en dos -no uno- asuntos anteriores relacionados con la utilización de explosivos. El primero -ya se sabe- fue el del piso etarra de Salamanca, en el segundo, desvelado por «La Nueva España» de Oviedo, un delincuente, en ocasiones informador de la Policía, un tal Nayo, contó con pelos y señales cómo se había movido con total impunidad, hasta que la Policía aprehendió el alijo, repleto precisamente de drogas, explosivos, detonadores y ácido bórico. El susodicho Nayo, ahora huido, fue curiosamente quien desde la cárcel asturiana de Villabona «cantó» a todo el que le quisiera escuchar las relaciones constantes que los islamistas y los etarras venían manteniendo desde mucho antes del 11 de marzo de 2004. Los peritos, cuando fueron interrogados por el juez Garzón en un procedimiento que no se aplicaría siquiera al infame asesino Txapote, informaron también al magistrado de esta circunstancia; Garzón se hizo el longuis.

Desmontar la «conspiración»

Él estaba a lo suyo: a desmontar la consabida «conspiración» con vistas a recuperar un átomo de fiabilidad y colaboración en el Partido Socialista. No dio por tanto valor alguno a este nuevo dato ni, tampoco, a la narración en la que los exhaustos peritos le comunicaron su sorpresa cuando, tras la orden de Rubalcaba de acopiar para el Ministerio del Interior todos los informes científicos sobre los explosivos del 11-M, ellos acudieron al ordenador y contemplaron cómo el redactado en 2005 (ETA y Salamanca) y el más reciente del Nayo habían sido borrados. Ramírez, su jefe, los había recibido, los había registrado y colocado los correspondientes sellos oficiales, pero ya, septiembre de 2006, no aparecían por parte alguna. Pero ni Ramírez, ni Santano, el antiguo jefe (ha estado siempre en realidad «liberado») del SUP, amarillo a rabiar del PSOE, pudieron prever tras su escandalosa ocultación, que Escribano, el perito más luchador, se hubiera guardado ya en 2005, un disquete con los informes antedichos, en los que se daba cuenta científica de la presencia, por dos veces, del sugestivo ácido bórico.

La sustancia acusadora, el matarratas del periodismo socialista y adosado (bien lo paga este último), con certeza, aún dará múltiple juego tras incidencias como éstas. Garzón, cumple su advertencia: «Que me esperen para la próxima», se ha guardado para sí la instrucción sobre los usos del bórico, en una maniobra aún más trapicera para servir a sus celestinas actuales con alguno de los cuales, según sugieren en la Audiencia Nacional, ya ha negociado un nuevo salto hacia cualquier menester de altura.

En Nueva York, durante un año, intentó situarse en la ONU como sustituto del corrupto secretario general Kofi Annan, pero no tuvo posibilidad alguna de éxito; mientras acudió a foros internacionales de presuntos marginados para presentar boletos para el Nobel de la Paz, un galardón que, también en opinión de colegas de la Audiencia, «no le agrada demasiado porque está mal remunerado», se creyó asimismo con credenciales bastantes como para ser enlace en el Tribunal de Roma, y ahora sentiría ilusión desbocada por sentarse en el sillón que aún ocupa el ministro de Justicia López Aguilar. Si ello le fuera concedido por un presidente como Rodríguez Zapatero que presume de no pagar nunca felones, se vengaría muchos años después de la fatal sentencia que su compañero Belloch le espetó el día en que éste fue designado biministro por González: «Desengáñate, Baltasar, tu tiempo político ya se ha pasado». La frase no la olvidará nunca y en ella puede esconderse buena parte de la explicación de su conducta actual. Ahora, los peritos, sus víctimas y las de Rubalcaba, Rubio, Santano, y no se sabe cuántos más, ya no son imputados, son testigos. La causa la conduce la juez Gallego a la que los socialistas no quieren ver ni en pintura: está afiliada a la Asociación Profesional de la Magistratura y ha sido citada como candidata al nuevo Consejo General del Poder Judicial.

Esto no ha hecho, otra vez, más que empezar. Zapatero pide paciencia con los asesinos, pero en tanto se la otorgamos o no, comienza a percibirse que el GAL II, cuyo exponente máximo fue el demoledor atentado de 2004, puede ser la tumba política del interlocutor en Oslo de ETA, del presidente, por accidente, Zapatero.

Publicado por el diario LA RAZON el lunes 9 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

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