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Juicio 11-M: Las Victimas (16 de Febrero de 2007)

Por Narrador - 16 de Febrero, 2007, 7:00, Categoría: Victimas

El primer día de la vista oral despierta poca expectación

La sala de audiencias no se llenó y las víctimas no agotaron sus acreditaciones

MADRID.- Una tanqueta de la Policía Nacional a la entrada del recinto ferial de la Casa de Campo. De camino, hileras de furgonetas blindadas y de agentes antidisturbios. Un helicóptero sobrevolando la zona, a veces a baja altura. El gran dispositivo de seguridad parecía preludiar un evento multitudinario, con masas manifestándose a las puertas de la sede de la Audiencia Nacional, decenas de víctimas protestando por no poder acceder a la sala, cientos de curiosos y una pléyade de periodistas sin acreditación. Y no hubo nada de eso.

El comienzo del juicio por la mayor matanza terrorista de la Historia de Europa no despertó la expectación esperada. La sala de audiencias (con capacidad para 80 personas) ni siquiera se llenó, y las habitaciones reservadas para las víctimas no registraron ni media entrada. Eso sí, las pocas que acudieron ofrecieron, una vez más, una lección de discreción y serenidad.

Javier Gismero, que resultó gravemente herido en la explosión del cuarto vagón del tren de la calle de Téllez, se negó a permanecer en la estancia reservada para los afectados e insistió en entrar como público. Como él hicieron muchas otras víctimas, que así se sentaron a apenas unos metros de los acusados, y prácticamente sin separación física entre ellos. «Yo necesito ver a los que fueron capaces de hacer eso, pero no a través de una pantalla de plasma: quiero ver su mirada», insistió Javier.

Explicó cómo, cuando los 29 procesados fueron introducidos en la sala, tuvo una «gran emoción». «Después ya estuve muy tranquilo, aunque al verlos, no dejaba de preguntarme: '¿Cómo es posible que unas personas tan jóvenes hayan hecho algo así?'». Como el resto de víctimas presentes, afrontó con gran entereza el comienzo de la vista oral. Javier se mostró convencido de que el tribunal va a realizar un «esfuerzo titánico por encontrar la verdad: no mi verdad, ni la de EL MUNDO o la de El País... La verdad».

Por la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) sólo asistieron cinco familias, que además renunciaron a volver después del receso de dos horas que se hizo para el almuerzo. La responsable de su Departamento Social, Beatriz Barcia, aclaró que sólo unas 30 o 40 familias -una importante minoría- lo habían pedido, y que muchas de éstas prefirieron no acudir el primer día, para evitar «la gran expectación mediática».

Las que sí lo hicieron, según Barcia, «lo han vivido con mucha tranquilidad, aunque obviamente las procesiones van por dentro». «Para algunas, este proceso es positivo; para otras, les puede hacer revivir las patologías psicológicas que sufrieron tras el atentado. Cada una es un caso diferente», dijo Barcia.

La Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M tampoco agotó su cupo de acreditaciones: sólo fueron 15 de sus asociados, entre las que no se encontraba su presidenta, Angeles Domínguez, quien se excusó en que «no estaba preparada». Syra Balanzat, psicóloga de la asociación, recordó que «el primer día era especialmente difícil, ya que las víctimas no saben a qué se van a enfrentar».

Otro grupo, de unas 15 personas, acudió acompañado de una trabajadora social de la Oficina de Apoyo del Ministerio del Interior.

Por el contrario, a la asociación que preside Pilar Manjón las 50 invitaciones que recibió se le quedaron cortas. «No sé por qué no nos han dado más: ahí dentro, desde luego, había muchos que no eran víctimas», se quejó Manjón.

Ésta, que a la entrada aseguró que sentía «mariposas en el estómago» ante la posibilidad de ver cara a cara a los «posibles asesinos» de su hijo, comentó durante un receso que, en el momento en que entraron los 29 procesados, se colocó frente al habitáculo blindado y les miró directamente a la cara. Añadió que ninguno de ellos pudo sostener su mirada. «Que recuerden mi cara, porque voy a ser su peor pesadilla», proclamó.

Las declaraciones de Manjón antes, durante y después de la sesión fueron de lo poco que justificó la presencia de más de 200 periodistas de todo el mundo en los alrededores de la sede judicial. Para ellos, la de ayer fue una jornada de tedio, apenas sazonada con otras intervenciones, como la que realizó el diputado popular Gustavo de Arístegui para la BBC, en un perfecto inglés.

Por lo demás, apenas revolotearon unos pocos curiosos, que contribuyeron a animar un día que para muchos empezó a las 7.00 horas. Así, un grupo de jubilados consiguió burlar el cordón que organizó el jefe de seguridad de la Audiencia -que facilitó enormemente el trabajo de los medios- y fue invitado a abandonarlo por un policía. «¿Pero usted no sabe quién soy yo?», replicó, entre risas, uno de ellos.

Compromiso de las TV

MADRID.- El presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), Fernando González Urbaneja, señaló ayer que el juicio del 11-M supone «una magnífica oportunidad para acreditar unas buenas prácticas periodísticas».

Urbaneja reclamó dejar el macrojuicio en manos de «gente que entienda», que es la gran mayoría en las secciones de tribunales de este país, y mostró su preocupación por que «acuda gente de mundos vinculados al 'espectáculo' informativo, que irrumpa como elefante en cacharrería», informa Servimedia.

En cuanto al uso de las imágenes sobre los atentados, el responsable de la APM dijo que «no hay ninguna dañina en sí misma si se presenta adecuadamente. Lo dañino es la recreación o la reiteración innecesaria de imágenes».

Todas las televisiones, tanto públicas como privadas, aseguraron que no emitirán ninguna imagen sobre los atentados del 11-M que puedan dañar a las víctimas.

Alicia G. Montano, subdirectora de Informativos de TVE, dijo que eludirán «cualquier imagen que pueda contribuir a reavivar el dolor de las víctimas». El subdirector de Informativos de Telecinco, Carlos de Francisco, aseguró que «no va a mercadear con la emoción» y Oscar Vázquez, subdirector de Informativos de Antena 3, añadió que «informará siempre con respeto absoluto hacia las víctimas».

Una información de Joaquín Manso publicada por el diario EL MUNDO el viernes 16 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


El juez Gómez Bermúdez se reunió con las víctimas

MADRID.- Las víctimas fueron las protagonistas de la primera jornada. También para el presidente del tribunal que juzga el 11-M, el magistrado Javier Gómez Bermúdez.

Fue durante el primer descanso fijado por este juez, tras comenzar los interrogatorios de las partes a uno de los presuntos implicados en la masacre, Rabei Osman, Mohamed El Egipcio.

Las víctimas no estaban todas en la sala en la que se celebraba el juicio, donde se encontraban los procesados. Un importante número de ellas se ubicaba en una segunda sala cercana a la del juicio. Hacia allí dirigió sus pasos Gómez Bermúdez. Y durante ese breve descanso, el responsable del tribunal estuvo departiendo con las víctimas.

Según explicaron a este periódico algunos de los asistentes, Javier Gómez Bermúdez estuvo explicándoles cómo iba a ser el proceso. «Con paciencia y mucho cariño», según relataron estos testigos, el magistrado les explicó cómo se iban a desarrollar los interrogatorios, quiénes iban a comparecer primero... toda una serie de detalles de procedimiento para que se familiarizaran con el juicio.

Estas labores habían sido ya realizadas durante semanas por los psicólogos con las víctimas que tenían previsto acudir a las sesiones de la Casa de Campo.

«Quiero verlos»

El magistrado también les apuntó algunas estimaciones sobre los plazos y les preguntó si necesitaban algo. En ese momento, un señor de mediana edad se le acercó. Su hijo había muerto como consecuencia del atentado del 11-M. Roto de lágrimas le explicó al juez: «Yo sólo quería venir hoy y lo que quiero es verles la cara a éstos», en referencia a los procesados. Esta víctima no tenía en ese momento una visión directa de los acusados. El magistrado se comprometió a hacer «todo lo posible» para lograr que ese hombre viera cumplido su deseo, su intención, ver el rostro de los que están acusados de participar en el asesinato de su hijo.

Cuando regresó a la sala, antes de reanudar la sesión, el magistrado dio instrucciones para que acondicionaran más asientos en el espacio reservado para las víctimas. Una fila más de sillas se colocó inmediatamente, lo que permitió que muchos de los que se encontraban en la otra sala pudieran entrar en la principal.

Aquel hombre que perdió a su hijo el 11-M vio cumplido su deseo y pudo ver en directo el rostro de los acusados.

Una información de F. L. publicada por el diario EL MUNDO el viernes 16 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


«Son más cobardes de lo que pensaba»

Los familiares de las víctimas acudieron a la primera sesión del juicio para ver de frente a los presuntos autores de la matanza del 11-M, que esquivaron sus miradas. «Es muy duro tenerles a menos de un metro de distancia»

Madrid - Ayer era el día más temido y esperado por los familiares de las víctimas del 11-M. Temido porque el comienzo del juicio contra los presuntos asesinos de sus padres, madres, hijos o hermanos reabre una herida que ni mucho menos está cerrada; esperado porque casi tres años después iban a poder mirara a la cara a las personas que destrozaron sus vidas. Ayer, en fin, era el día de la justicia, pero sobre todo de las víctimas. Tenían un lugar reservado en la sala de vistas -al igual que los familiares de los acusados, que acudieron en bloque- y una amplia habitación en el sótano del pabellón de la Audiencia Nacional en la Casa de Campo desde la que podían seguir los acontecimientos, pero al final sobraron sitios. Pese al trabajo previo desarrollado por los psicólogos, muchos decidieron no asistir, y algunos de los que lo hicieron tampoco consiguieron reprimir las lágrimas mientras esperaban turno para acceder al edificio.

Eso sí, los que reunieron las fuerzas suficientes para pasar por el trance tenían un objetivo prioritario: mirarles a los ojos para preguntarles sin palabras por qué desencadenaron la matanza. Sólo ese impulso consiguió que Nieves Ortega se acercara ayer a la Casa de Campo. Su marido, Eduardo de Benito, fue una de las 191 personas que murieron en los trenes de Cercanías madrileños, y aunque tiene muy claro que no acudirá a más sesiones del juicio -«espero que termine cuanto antes»-, se sentía obligada a pasar por este trance. «Quise abrir la caja de Eduardo por si se habían equivocado al identificarle, y sé que me hubiera arrepentido si no venía para mirarles de frente». Sin embargo, los acusados ni siquiera le concedieron esa pequeña «victoria». «No te miran a la cara, no hablan entre ellos ni hacen gestos. Sólo bajan la cabeza. Son más cobardes de lo que pensaba», sentencia.

Los 19 procesados encerrados en la «pecera de cristal y los diez que se sentaban en la sala tampoco reaccionaron cuando una víctima, sin poder contener su indignación, gesticuló contra ellos. O cuando Pilar Manjón se puso de pie frente al habitáculo blindado buscando algún gesto de arrepentimiento en su mirada. Ni cuando Ruth Rogado les enseñó la foto de su padre, Ambrosio, encastrada en un colgante que siempre le acompaña. «Les tengo a menos de un metro. Es duro, pero quería verlos antes de que se pudran en la cárcel», comenta.

Abajo, en la sala de víctimas, Syra Balanzat y Cristina Halffter, psicólogas de la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M, apoyan a los que han preferido no cruzarse con los acusados. «Nuestra recomendación es que no vengan, pero los que lo han hecho están bastante tranquilos y muy atentos a todo», señalan. Era el primer día de una dura prueba, y la superaron con nota.

La AVT pide que se reabra la comisión parlamentaria del 11-M

El vicepresidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), Gabriel Moris, consideró ayer en Burgos «conveniente» que se reabra la comisión parlamentaria de investigación sobre los atentados del 11-M. Moris consideró que la comisión de investigación creada por el Parlamento fue «una farsa» y estimó que conviene «reabrirla».

Una información de E. Fuentes publicada por el diario LA RAZON el viernes 16 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


  

Cara a cara tres años después

MADRID. Escarcha en las inmediaciones de la sala especial de la Audiencia Nacional de la Casa de Campo de Madrid, a un grado bajo cero de temperatura, y gélida pasividad de las cámaras y los micrófonos (muchísimos de ellos de medios extranjeros) a primera hora, por escasez de material humano que llevarse a la crónica. El ambiente en el exterior del recinto en el que se celebra el juicio del 11-M, estrictamente controlado por razones de seguridad, no dio cabida a las expansiones y pasiones ciudadanas, tan efervescentes en los últimos días, y quedó reducido, sustancialmente, a la expectación de los periodistas «de calle» y a la férrea vigilancia de trescientos policías y un helicóptero. Hasta que todo cambió y se salió del guión de lo previsible con la presencia de una mujer tocada de «hiyab», de nombre Jamilah, que resultó ser la protagonista de aquel terrible caso aireado en un reportaje televisivo: ella es, a la vez, la madre de una cría de trece años asesinada en los trenes y esposa de Abdenneri Ensabar, un imputado en los atentados que finalmente no ha sido procesado.

Pocas ganas de hablar

El medio centenar de víctimas del 11-M que, como Jamilah, optó ayer por asistir a la vista lo hizo con recogimiento y con pocos deseos de hablar con los medios de comunicación, por propio hastío o por consejo de sus psicólogos. La presión periodística es, para muchos, un pozo de amargura porque, inevitablemente, se les pide el detalle de su historia particular, de las heridas que sufrieron o del familiar que perdieron. En esas condiciones, son los menos los que han tenido fuerzas (y sitio, pues hay obvios problemas de espacio) para enfrentarse, cara a cara, con quienes se sientan en el banquillo.

Sí llegó, casi una hora antes del comienzo del juicio, la presidenta de la Asociación de Afectados 11-M, Pilar Manjón, que coincidió con el paso del furgón que trasladaba a los encausados. «Siento -declaró, mirando con aprensión aquel vehículo- vértigo y miedo al saber que están ahí quienes nos destrozaron la vida». Ahora, dijo entre lágrimas, sólo espera «mirarles a la cara y una sentencia digna». «Si no creyera en la Justicia -añadió-, me habría suicidado el día que mataron a mi hijo». Por ello, se quejó de «la teoría de la conspiración que llevamos aguantando tres años, y que ha ido cayendo por su propio peso con el ácido bórico, la mochila y la Orquesta Mondragón».

Quienes dentro del movimiento asociativo de las víctimas, dolorosamente dividido, no comparten esa opinión y sí consideran las tesis «conspirativas» no se dejaron ver por la vista . Tal fue el caso de la presidenta de la otra asociación, la de Ayuda a Víctimas del 11-M, Ángeles Domínguez, y del vicepresidente de la AVT Gabriel Moris, que prefirió viajar a Burgos para dar una conferencia. Personas cercanas a ambos argumentaron que pasan «por un bajón anímico».

Psicólogos de guardia

Sira Balanzat, psicóloga de la Asociación de Ayuda a Víctimas del 11-M, explicó que se les ha habilitado una dependencia anexa a la sala de vistas para hacer frente a cualquier crisis de ansiedad. No sólo no considera raro que tal eventualidad pueda producirse, sino que estima altamente probable que sus servicios sean necesarios, a la vista de la casuística de los últimos días. De hecho, según manifestó ayer el director general de Atención de las Víctimas del Terrorismo del Ministerio del Interior, José Manuel Rodríguez Uribes, la demanda de atención psicológica de quienes sufrieron los atentados se multiplicó ante la proximidad del juicio y hubo que trabajar a destajo para atenderla.

Es el aspecto humano, el irreparable, en un momento en el que buena parte de la cuestión económica está liquidada: las víctimas del 11-M han recibido casi 64 millones de euros en concepto de indemnizaciones, y sólo quedan unos cuantos casos («dos o tres») pendientes de resolución, cuando los engranajes de la Justicia ya se han puesto en marcha.

«Les enseñé la foto de mi padre y no me aguantaron la mirada»

Su nombre es lo de menos. Fue Ella, como podía haber sido cualquiera de los familiares de los otros 190 asesinados en los atentados de los trenes. Tuvo energía suficiente para, a sus no más de veinte años, enfrentarse de nuevo a la sinrazón que aquel día le arrancó a su padre. Ayer, como tantas otras víctimas, acudió a la vista oral. Menuda, castaña y con sus gafas de pasta, Ella se sentó entre el público, pero no en cualquier lugar. Apenas un metro y un cristal blindado separaban a esta huérfana de Zougam y Trashorras. Durante el juicio, sus ojos despiertos no quisieron perderse nada. Escuchó con valentía las preguntas de la fiscal a «El Egipcio», preguntas que caían en saco roto al no querer contestar el procesado. Con discreción y sin que nadie, salvo los que tenía a su lado, se percataran, Ella sacó la foto de su padre y la mostró en silencio a Zougam y a Trashorras, como pidiendo la respuesta que el primer procesado no quiso darle. Fueron unos segundos. Entonces se dio la vuelta, sonrió y, agarrada al brazo de su amiga, le susurró hasta tres veces: «Les enseñé la foto de mi padre y no me aguantaron la mirada».

Texto de Blanca Torquemada publicado por el diario ABC el viernes 16 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

 


  

Lavapiés pasa de puntillas por el recuerdo de la matanza

MADRID. Tres años después de la matanza terrorista en los trenes de Cercanías, Lavapiés sigue hablando en árabe. El barrio de las cien nacionalidades no olvida, pero tampoco quiere recordar, y arrastra su mirada por los adoquines cuando se le hace referencia a lo ocurrido aquella mañana nefasta.

Es jueves y llueve. El recorrido comienza en la calle del Tribulete, en este céntrico barrio madrileño que ya poco sabe de casticismo. Fue hasta allí donde llevó el rastro de la mochila-bomba que no explosionó. Fue allí de donde salieron las tarjetas de los teléfonos móviles que activaron la barbarie. Fue allí donde Jamal Zougam regentaba desde hacía unos años su locutorio, epicentro de la muerte.

«¡Todavía estáis con el 11-M!». Ése es el recibimiento que se nos dispensa en nuestra primera parada, un restaurante árabe del barrio. Dos clientes observan la escena. El propietario del local indica que aún no trabajaba en Lavapiés cuando ocurrieron los atentados. Esa misma respuesta se repetirá en diversas ocasiones durante el recorrido por los establecimientos de la zona.

Un comerciante español recuerda el día en que se produjeron las cuatro detenciones en el barrio cuando apenas habían pasado 20 de los atentados. «Me enteré por medio de otros vecinos». Quien habla conocía a Jamal Zougam. «Era cliente; venía a comprar escarpias, destornilladores... Como cualquier otro hijo de vecino. Llevaba unos cinco o seis años en Lavapiés. Era de trato muy normal».

Eso mismo pensaba una señora, clienta del locutorio del supuesto terrorista, que le definía como «muy simpático» y explicaba que le «atendía muy bien» cuando acudía a comprarle una tarjeta para su teléfono móvil.

El mutismo entre la amplia comunidad árabe persiste: «Es que todos los de los negocios de por aquí son amigos de Zougam», aclara otro español. «Aquí hay un caldo de cultivo desde hace mil años», añade.

Un par de meses

En Tribulete, vuelve a haber un locutorio en el local donde Zougam abrió el suyo. Lleva abierto apenas dos meses. Tras el paso del terrorista, se cerró. Luego fue una tienda de telefonía, y ahora, de nuevo, un locutorio, regentado por un ciudadano de Bangladesh que no sabe -o no quiere- hablar español. Uno de sus clientes, a regañadientes, decide responder, medio en árabe, medio en español: «La convivencia se lleva como se puede, ¡coño! Hace tres años, el problema entre españoles y árabes era diferente. Había problemas por Atocha», masculla, en referencia a los atentados.

En una carnicería tampoco quieren decir nada: «Yo no estaba en España entonces. Me encontraba en Marruecos. Muy lejos. No oí nada». «¿Atentado? ¿Qué atentado?», inquieren, con ironía, en otro comercio, español, cuando se les pregunta por el 11-M. ¿Hay malestar? «No tenemos problemas. Todo está perfecto. Lo único que molestan son los negros que mean y cagan aquí mismo». La respuesta es hostil, corta... Para no seguir la conversación.

Todo lo contrario a lo que ocurre con otro comerciante de Lavapiés. Sus primeros recuerdos son del caos de tráfico que vio aquella mañana, pasadas las siete y media, cuando llevaba a su hija al colegio. Cuando vio un reguero de ambulancias colapsando la calle del Doctor Esquerdo, entendió que algo excepcional estaba ocurriendo. «Y me enteré al poner la radio del coche. Sentí mucho miedo, mucho terror».

Quien habla es de nacionalidad iraquí, aunque lleva 28 años en España. Profesa el islam, pero no entiende a los extremistas. Quienes pasan todo el día en Lavapiés aseguran que «en esta zona hay un núcleo de gente de Al Qaida». «Han montado dos bares en el barrio, que es donde se reúnen. Tienen metido en la cabeza que son quienes llevan la razón. Van diciendo que si un chií hace daño a un suní, le cortan la cabeza». Uno de esos locales de comidas a los que se refiere es el local donde se reunía Zougam con sus compañeros y donde, dicen, se sirve un magnífico cuscús, «el mejor de Madrid». El comerciante asegura que, al poco tiempo de abrir su tienda, «vinieron a preguntarme qué era, al enterarse de que nací en Irak». «Me aseguraron que, si era suní, me ayudarían a levantar el negocio. Son una mafia».

«Millones de Bin Laden»

También afirman que esos grupos radicados en Lavapiés «captan muyahidines para mandarlos a Irak». Precisan que algunos vecinos han presentado una denuncia en la comisaría, que la Policía ha acudido al barrio y ha mostrado fotografías de sospechosos. «El peor error de los americanos es haberle dado tanto bombo a Bin Laden, porque eso ha generado millones de Bin Laden. Los terroristas de aquí están muy unidos y son muy locos y radicales. Los bares los han montado en apenas un mes».

Lavapiés sigue a lo suyo, ganándose a pulso, por su paisanaje y olores, el apelativo de la «kashba» madrileña. A dos pasos del locutorio de Zougam, Nuevo Siglo, se parapeta el mercado de San Fernando. Allí regentaban una pescadería otros dos detenidos en la operación policial del 11-M, aunque después serían puestos en libertad. «Uno de sus hermanos tiene una tienda de ropa y bolsos en la calle de Caravaca». Fue precisamente allí donde la Policía compró unas mochilas -realmente, bolsas de viaje- que se asemejaban a las utilizadas por los terroristas en el 11-M, aunque el tejido era distinto.

Lo que no son diferentes son las miradas esquivas. Las frases que no dicen nada. La mala excusa. La sordera ante preguntas inoportunas. Pero también el dolor llegado un jueves de marzo, gris como ninguno. El mismo dolor que rechazó el olvido.

Texto de Carlos Hidalgo publicado por el diario ABC el viernes 16 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

 


  

La vida continúa en tren

MADRID. «La vida sigue, la vida sigue, la vida sigue...». A oleadas, un mantra cadencioso repite esta oración. Hay quien la utiliza como un conjuro contra el dolor y el recuerdo. Pero es pura evidencia para quienes se encaramaban este jueves, como la víspera, como cada madrugada, al tren de Cercanías que une Alcalá de Henares con Atocha, epicentro negro del 11-M. Misma hora, 7:03 de la mañana, misma línea que el primero de los trenes masacrados hace 1.072 días. Largo tiempo para mantener las heridas al aire, demasiado escaso para que cicatricen las de quienes sufrieron aquel infierno en carne propia o de un ser querido.

Muchas de las víctimas directas no son capaces de ver un tren, menos aún de subirse, pero para la inmensa mayoría de los usuarios la vida se impone. «Es que no se puede hacer otra cosa. Yo entonces no trabajaba en Madrid, pero ahora cojo el tren a diario y no pienso en que éste fue uno de los de las bombas». Laura Macías, 24 años, ha oído hablar del juicio. «No espero nada, la verdad. Hacer justicia está bien, pero no va a devolver la vida o la salud a tanta gente». El drama sólo la rozó. «Murió un amigo de mi novio, la hija de una vecina, un ex compañero de colegio, y un conocido del barrio, aquí en Alcalá».

Parada en Santa Eugenia, una de las estaciones del vía crucis que Al Qaida «regaló» a España. Son las 7:29 y aún noche cerrada. Casi media hora de trayecto en un silencio sobrecogedor. Pudiera decirse que religioso, pero la realidad es más prosaica. Los tempraneros del Cercanías arrastran sueño a espuertas y, entre estación y estación, muchos arañan minutos para unas cabezaditas. Otros se asoman al mundo desde las páginas de la prensa. Los más jóvenes se ensimisman con el abejorreo de sus MP3.

Cruzar fronteras

Nadie habla porque no son horas. Si lo hicieran, el tren de dos pisos parecería Babel, porque hay vagones donde cuesta encontrar fisonomías autóctonas. Ismael dice llamarse así y dice ser nigeriano. A saber. El 11 de marzo de 2004 no estaba en España, empeñado quizá en cruzar fronteras geográficas y legales. Puede que siga en las mismas. Las bombas, los trenes reventados, la sangre, son para él un eco lejano. «Me lo han contado, pero no sé nada más». Del juicio tampoco, se excusa.

En El Pozo, la estación que fue regada con mayor número de cadáveres, a las 7:35 entra Justo («el apellido no lo digo, ¿dónde dices que escribes?»). Conserje de inmueble fino, confiesa que tras la masacre -«yo estaba de baja»- rehuyó el tren unos días. «Luego volví, como todos». A la hora de impartir justicia contra los autores del 11-M confía más en el veredicto divino, y abomina del «circo» político orquestado en torno al proceso. «Me tienen asqueado. Y aburrido», zanja.

Hay quien dice que el dolor de una tragedia así se adhiere al inconsciente colectivo y pesa el recuerdo de los que ya no volverán a tomar el tren. Es muy posible. Pero también es cierto que debajo de la sordina matinal la vida hierve cada jornada en el hormiguero de Atocha. El gran nodo ferroviario de la capital es a las 7:44 de la mañana un microcosmos veloz donde confluyen ríos de gente, y asombra que el 11-M no dejara aún más muertos.

Santuario de manos

Casi tres años después, el vestíbulo central de la estación de Atocha ya no huele a cera y a lágrimas. Del santuario de velas rojas que dio la vuelta al mundo sólo quedan hoy el Espacio de Palabras, dos paneles electrónicos y la web www.mascercanos.com habilitados por Renfe. En ellos depositan transeúntes y viajeros sus testimonios y la impresión digital de sus manos. Hasta ahora, 105.642 manos blancas por la paz, contra el terrorismo de todo signo.

Hay mensajes de solidaridad, de rabia, de amor, contra el olvido y también contra la mistificación de la historia. Sobre uno de los paneles alguien depositó este jueves la fotocopia de un titular periodístico del 8 de julio de 2006: «El juez concluye el sumario y sostiene que en el 11-M influyó el apoyo a la guerra de Irak».

Fuera, entre el tráfico demencial de Madrid, se erige poco a poco un memorial de cristal y luz. Para los ausentes. Para todos.

Texto de Arantza Prádanos publicado por el diario ABC el viernes 16 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

  


 

"¡Eres un asesino!"

La hija de un fallecido en el 11-M se encara con Jamal Zougam, uno de los acusados

Madrid - Ruth Rogado acudió ayer al juicio del 11-M armada con la foto de su padre para soportar la sesión. Era una manera de darse fuerzas.

Ambrosio Rogado tenía 54 años cuando murió por el bombazo del tren de la calle de Téllez de Madrid. Era agente de seguros, alegre y amante de hacer bromas, estaba casado y tenía dos hijos. El pequeño, Rubén, tiene ahora 23 años; la mayor, Ruth, 28.

Ruth, siempre con la foto en la mano, se llevó una sorpresa cuando ayer, poco antes de las diez de la mañana, le asignaron el sitio desde el que contemplaría la sesión. "En primera fila, a un metro de ellos", exclamaba. "No me lo esperaba, el verlos así, tan cerca, a un paso...". "Ellos" son los encausados que -a excepción de Rabel Osman el Sayed El Egipcio, que estuvo declarando- asistieron al juicio desde una cámara blindada, sentados en unos bancos de madera.

A un metro de Ruth estaba, con el cristal de por medio, Jamal Zougam, acusado de ser uno de los autores materiales del atentado. Es el propietario del locutorio telefónico del que salieron las tarjetas prepago que había en los teléfonos que sirvieron para activar las bombas. Además, hay varios testigos que afirman haberle visto en los vagones. Uno asegura incluso haber recibido un codazo de Zougam cuando éste depositaba la mochila con la dinamita debajo de un asiento del tren.

En un momento de la sesión de la mañana, Ruth se encaró con Zougam. Se acercó aún más a él y, a través del cristal que les separaba, le gritó: "Eres un asesino".

El otro la oyó. "Y se señaló, diciendo que él no había sido, y compuso un gesto que quería decir que él no tenía nada que ver".

Ruth se pasó buena parte del juicio mirando al frente, a la cara de los hombres encerrados en la pecera blindada, a los acusados de haber matado 191 personas, entre ellas a su padre.

"Pero ellos no aguantaban la mirada, me llamó la atención eso, por lo general no se atrevían a aguantarme la mirada, bajaban la cara y miraban al suelo", afirmaba Ruth a la salida del juicio. "Y el peor de todos es [José Emilio] Suárez Trashorras, [acusado de vender la dinamita a uno de los integrantes de la célula islamista, Jamal Ahmidan, El Chino], ése es al que más odio le tengo, ése tampoco se atrevía a aguantar la mirada, se ponía de espaldas".

Joëlle Voyer Chaillou, una ciudadana francesa que la mañana del 11 de marzo viajaba en el tren que explotó en la estación de El Pozo también necesitó protegerse con algo mientras asistía al juicio.

Ayer, acudió temprano para conseguir una acreditación; llevaba meses pensando en el juicio. Pero cuando éste comenzó le ahogaba la angustia de contemplar de cerca a las personas que a punto estuvieron de matarla. O de escuchar la negativa de El Egipcio a responder las preguntas de la fiscalía.

Y se puso a leer el periódico. Para intentar distraerse y pensar, infructuosamente, en cualquier otra cosa que la sacara de ahí por un momento. Voyer, de 54 años, trabajaba de bibliotecaria en el Palacio Real. Después del atentado sufrió heridas físicas, como las del oído. Y otras invisibles que le han perseguido mucho más tiempo, y que aún la persiguen: "Me he vuelto más nerviosa, más irascible, más agresiva, tengo muchos más despistes, soy incapaz de dormir seguido y padezco pesadillas".

La mujer continuó: "Es duro ver la cara de los asesinos y espero que sobre ellos caiga todo el peso de la ley", añadió, al final de la sesión. En principio, no piensa volver al juicio.

Ruth, sí. Asegura que según se acercaba la fecha, la familia se ha ido poniendo más nerviosa. Y que lo ha pasado mal. Pero ayer, al término de la sesión de la mañana, caminaba con entereza. Y se prometía a sí misma acudir una vez a la semana.

Con la foto de su padre para protegerse.

Texto de Antonio Jiménez Barca publicado por el diario EL PAIS el viernes 16 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

 

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