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Juicio 11-M: Sesión del 20 de Febrero de 2007 (EL MUNDO)

Por Narrador - 21 de Febrero, 2007, 9:00, Categoría: Juicio 11-M

Sus amigos ven a 'El Tunecino' como un fanático 'sin nivel' para montar el 11-M

MADRID.- Cuando El Tunecino le dijo que quería viajar a Irak para hacer la yihad, Mohamed Almallah le respondió: «Yo estoy contento aquí, vete tú». Cuando Fouad Morabit supo que el suicida anunciaba «algo fuerte» en Madrid y que aconsejaba abandonar la capital, lo consideró «una chorrada». Los dos procesados en el 11-M, interrogados ayer ante el tribunal de la Audiencia Nacional, describieron a El Tunecino, Serhane ben Abdelmajid Fakhet, como un musulmán radical, aunque con pocas posibilidades de liderar un grupo terrorista.

La Fiscalía acusa al sirio y al marroquí de ser integrantes de la célula y pide para ellos 12 años de prisión. Junto a otros seis procesados, que ayer les observaban tras el cristal blindado, suponen el nivel inmediatamente inferior a los seis acusados de idear la masacre y colocar las mochilas.

Ayer comenzaron los interrogatorios a los integrantes de la célula islamista, responsable de la organización de los atentados del 11 de Marzo en Madrid, que continuarán en los próximos días con las declaraciones de otros seis procesados, que siguen el juicio atentos tras el cristal blindado

Las palabras de El Tunecino sobre lo que iba a ocurrir en Madrid fueron el asunto recurrente en la jornada de ayer. El más explícito fue el segundo interrogado, Fouad Morabit, al afirmar: «Era pura fantasía o tontería. Era radical, podríamos decir extremista, pero no violento», dijo.

El marroquí -que cursó estudios de ingeniería aeronáutica y habla varios idiomas-, explicó, con tono tranquilo y aire intelectual, que la «pura lógica» lo llevaba a no asociarle a la masacre. «Una persona que llega a cometer un atentado tiene que estar dentro de un grupo, tener contactos, alguien que le facilite el material adecuado. Serhane era una persona, según se veía, que no estaba en ninguna organización clandestina, tenía una vida aparentemente normal».

Morabit añadió que el consejo que le dio de salir de Madrid «era típico de Serhane», que defendía constantemente que los musulmanes no debían vivir en un país de infieles. «Sólo pude pensar en aquel momento que era una chorrada, una tontería. No tenía ningún fundamento, no podía llegar a hacerse realidad nunca».

Red logística

Si, como él mantiene, no ha tenido nada que ver con organizaciones islamistas, Morabit tendrá que reconocer que tuvo mala suerte. Conoció a El Tunecino nada más llegar a España y fue a alojarse en un local de la calle de Virgen del Coro gestionado por Almallah, que la Policía describe como «un punto imprescindible de la red logística de apoyo al reclutamiento de muyahidin».

Fouad no intentó disimular su amistad con algunos implicados en la masacre. Por ejemplo, con El Egipcio. «Le conocí, y nuestra relación se fue estrechando hasta llegar a la amistad». Admitió que habló con él después de que emigrara a Francia, pero dijo que no lo había visto en Madrid en los meses previos a los atentados. Sobre el hecho de que dijera que los atentados habían sido obra suya, Morabit lo atribuyó a su «fanfarronería».

Parte del interrogatorio discurrió sobre la visita del suicida Rifaat Anuar a Virgen del Coro en la noche del 11 de Marzo. Morabit explicó que no acudió a pedirle refugio porque él mismo había vivido allí antes y de vez en cuando volvía a pasar una noche.

En su interrogatorio, con el que se que abrió la jornada, Almallah describió el local de Virgen del Coro como un lugar en el que se alojaban de manera temporal musulmanes con pocos recursos económicos.

Según explicó, era propiedad de su hermano Moutaz -colaborador en Londres del líder islamista Abu Qutada-, y él se encargaba de alquilar las tres habitaciones. Moutaz fue detenido en Reino Unido a petición del juez Juan del Olmo y está pendiente de extradición. Por el lugar pasaron El Tunecino y Anuar, así como Basel Ghalyoun y Morabit.

Almallah, provisto de traje, corbata y una carpeta con anotaciones, negó que el local albergara reuniones sobre la yihad. Esos encuentros descritos por la fiscal eran puro teatro, es decir, que cuando cerraban el centro musulmán de la M-30 en el que preparaban una obra de teatro, se iban hasta allí para seguir ensayando. Tampoco, dijo, se visionaban vídeos islamistas, como sostienen las acusaciones.

La fiscal Olga Sánchez repasó ante Almallah la habitual quiniela de presuntos -o ya convictos- terroristas islamistas. Entre las opciones amigo-conocido-desconocido, la mayoría iba cayendo entre las dos primeras: El Egipcio, El Tunecino, Abu Dahdah, Amer Azizi, Basel Ghalyoun, Fouad Morabit, Rifaat Anuar, Mustafa Maimouni...

Cuando llegó el turno de El Tunecino, la fiscal le preguntó si le había propuesto viajar a Irak. «Me dijo que quería ir allí. Yo le dije, 'me da igual si vas o no. Yo estoy bien aquí, vete tú'». Explicó que el asunto volvió a salir en presencia de Ghalyoun. Con igual éxito. «Nos llegamos a enfadar con él», dijo ayer Almallah.

A quien nunca conoció, dijo, fue a Jamal Ahmidan, El Chino, supuesto responsable operativo del grupo. La fiscal recordó la declaración de una testigo protegido que asegura que los vio juntos, en compañía de El Tunecino, unos meses antes del 11-M.

Testigo protegido

Según Almallah, eso es mentira. El testigo protegido es su ex pareja, a la que describió como mentirosa, ladrona y vengativa. «Mi ex es mi enemiga. Nos hemos denunciado mutuamente. Luego le cuento si hace falta», le dijo a la fiscal.

En una de esas denuncias, la mujer informó a la Policía de que Almallah había dicho que no se quedaría tranquilo hasta volar las torres de plaza de Castilla. «¿Cómo voy a querer eso? Estoy contra la violencia». El sirio explicó por su afición a coleccionar el hallazgo en su poder de material comprometido. Si tenía cintas de cantos al martirio en el coche era porque escuchaba de todo. «También tengo películas porno», añadió.

Almallah sí reconoció su afinidad con los Hermanos Musulmanes, una organización prohibida en algunos países por su interpretación extremista del islam. Dijo que no era miembro, sólo simpatizante, aunque sí pertenecía a otras organizaciones. La fiscal no aprovechó para preguntarle a qué organizaciones se refería. Contestó a esta cuestión a preguntas del letrado de la Asociación de Ayuda a Víctimas del 11-M, José María de Pablo. Su respuesta fue que al PSOE. Se afilió tras los atentados y fue expulsado en cuanto trascendió la noticia. Ayer dijo que se unió al partido por consejo del líder de los Hermanos Musulmanes en España y porque su familia era de tradición socialista.

COMO EXPLICARON SU FE

MOHAMED ALMALLAH

El sirio aseguró, al ser preguntado por si era propietario de cintas de vídeo en las que se mostraban escenas violentas relacionadas con la 'yihad', que disponía de gran cantidad de cintas en su vivienda. «Tengo también películas porno», añadió. Explicó, además, que sus hijos estudian en un colegio público de Madrid y que no asisten a clases de educación islámica, aunque van a la mezquita de la M-30, donde reciben clases de árabe.

FOUAD MORABIT

Interrogado sobre su pertenencia a organizaciones o grupos islámicos radicales, el marroquí aseveró: «No pertenezco a ninguna corriente del islam, ni radical ni moderada». A preguntas de su abogada, explicó que acudía «dos o tres veces» por semana a la mezquita madrileña de Estrecho. También manifestó su oposición a la violencia: «Soy un hombre pacífico, quizá demasiado pacífico», añadió durante su intervención.

OTMAN GNAOUI

A preguntas de su abogada defensora sobre si acudía con regularidad a la mezquita, el marroquí contestó rotundo: «Nunca». «Soy musulmán, pero no soy religioso». La letrada le preguntó entonces sobre si era consumidor de drogas y alcohol, a lo que El Gnaoui respondió: «Tenía drogas para mi propio consumo».

Una información de Manuel Marraco publicada por el diario EL MUNDO el miércoles 21. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


Gnaoui admite que «una familia» estuvo en Morata la semana previa a los atentados

Dice que 'El Chino' le pidió el 2 de marzo que no volviese porque habría allí unos desconocidos

MADRID.- Otman Gnaoui, acusado de pertenecer a la célula islamista que atentó el 11 de marzo de 2004 en Madrid, reconoció ayer que varios desconocidos estuvieron en la finca de Morata de Tajuña en los días inmediatamente previos a la masacre. Admitió que había realizado obras en la casa desde mediados de febrero hasta el «2 o el 3 de marzo». Entonces, según declaró a la fiscal Olga Sánchez, «Jamahl [El Chino] me dijo que iba a venir una familia con sus hijos». Añadió que no volvió por allí, ni a ver a El Chino, hasta el 17 de marzo, cuando éste le llamó para completar la faena.

La representante del Ministerio Público, que pide para Gnaoui 24 años de cárcel, no quiso insistir sobre esa cuestión. Sí lo haría después el letrado José María de Pablo, de la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M, que le preguntó si sabía quiénes eran esas personas -«no lo sé», respondió- y si estableció contacto con ellos -«yo no podía ir a a la casa cuando estaba esa gente», dijo-.

[EL MUNDO publicó el 18 de septiembre de 2006 la transcripción de una grabación policial efectuada por la Udyco que recoge una conversación entre El Chino y Gnaoui que tuvo lugar a las 20.59 horas del 2 de marzo de 2004. En ella, El Chino le ofrece a Gnaoui una «pequeña moto»; según le dice, «te servirá durante la semana que está esta gente. Es un señor con su familia y sus hijos [...]». Si esto es así, esos desconocidos habrían permanecido allí hasta el 10 de marzo, fecha en la que, según la Policía, se montaron las bombas].

Gnaoui dijo haber conocido en Morata, además de a El Chino, a los suicidas de Leganés Rifat Anouar, Abdenabi Kounjaa, Mohamed Oulad Akcha y el hermano de éste, Rachid. Según él, sólo vio una vez a El Tunecino y ninguna a Allekema Lamari.

El zulo y el transporte

El auto de procesamiento del juez y el escrito de acusación de la Fiscalía atribuyen a Gnaoui la construcción del zulo donde se guardaron los explosivos con los que se cometió la matanza, y haber participado en el transporte de la Goma 2.

Respecto al primer episodio, Gnaoui negó que hubiese sido él quien hubiese fabricado el habitáculo que se encontró en el jardín, y desmintió que supiese que su finalidad fuese guardar los explosivos, sino que explicó que pensaba que era «para dar de comer a los animales».

Sí admitió que había acompañado a El Chino a comprar las planchas de porespán con las que se recubrieron las paredes del zulo y que habrían actuado como aislante contra la humedad. No obstante, matizó que él creía que «eran para que las gallinas y los corderos no pasasen frío».

Más confuso fue su relato del viaje al encuentro de El Chino, quien supuestamente estaría trasladando la dinamita desde Asturias. Gnaoui narró cómo El Chino le llamó por teléfono para que fuese a la entrada de Madrid a llevarle «un clavo, y a los chicos»; a continuación, se desplazó hasta Morata en moto, donde recogió a Rachid Oulad Akcha y a Rifat Anouar, y los condujo en un Opel Astra hasta la localidad de Cogollos, en la provincia de Burgos (aunque señaló que él desconocía que el viaje fuese ser tan largo). Una vez allí, según dijo, se encontraron en una gasolinera con El Chino y Mohamed Oulad Akcha, que se desplazaban en un Volkswagen Golf, y los dos coches dieron la vuelta hacia Madrid.

La fiscal preguntó repetidamente si la palabra clavo significaba arma de fuego, lo que Gnaoui rechazó. Otros letrados sí inquirieron si lo que necesitaba El Chino era ayuda para transportar algo pesado, pero Gnaoui no quiso contestar.

Respecto al hecho de que su ADN apareciese en las prendas que abandonó Rifat Anouar tras los atentados, aclaró que quizá éste vistiese en ese momento alguno de los trajes que él había utilizado para trabajar en Morata.

Sobre su presunto islamismo, Gnaoui respondió a la letrada que patrocina su defensa, Beatriz Bernal, que «nunca voy a las mezquitas; soy musulmán, pero no religioso». También admitió que había tomado alcohol y hachís, y que había sido detenido en una ocasión en Marruecos por «tener drogas para mi propio consumo».

Una información de Joaquin Manso publicada por el diario EL MUNDO el miércoles 21. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


Olfato de muerte

MADRID.- Llevar esta entrevista hasta el final le ha supuesto a Lorin una decena de silencios de hasta un minuto en que el hombre cerraba los ojos, agachaba la cabeza y pedía tiempo con la mano. Ha sido también verle retorcer el gesto de tormento físico y llevarse la mano a la espalda en no menos de una veintena de ocasiones, pegar una boca a unos oídos para hacernos entender, presenciar su cambio de postura en la silla a cada poco, ayudarle a levantarse después, y tener que dejar de preguntarle por el instante aquel en la calle de Téllez.

- Si quieres lo dejamos.

- Es que no sé qué me sigue pasando después de tanto tiempo...

Perdón por el dolor reabierto, que oscurece. Gracias a pesar de todo, Lorin, por esa luciérnaga de tu sonrisa.

Tiene 43 años y aparece andando por Coslada como esos maratonianos que ven que no llegan a meta. Perdió un 87% de audición en cada oído, lleva un corsé metálico, toma al día un buen puñado de pastillas contra la depresión y los insoportables mordiscos que siente en la columna, y desde el 11-M sólo ha podido dedicar cuatro meses a su afición favorita, a su pasión, a lo que dice que le da vida y le hace no pensar, a lo que hacía ya desde bien chiquito en el taller de su padre: trabajar.

«Llegué aquí a España hace cuatro años y medio, pensando que para las niñas y para todos iba a ser mejor. Iba a mi trabajo de fontanero cuando el tren explotó», cuenta Lorin, rumano con nacionalidad española después del día aquel de autos. «Después de cinco meses de baja, volví a trabajar. De fontanero ya no podía, por la espalda. Y un carpintero amigo mío me dio trabajo. Duré poco porque caí al suelo por un pinchazo en la espalda. Han dicho que no me operan porque, a lo mejor, me quedo sin movilidad en las piernas».

Luminita, su esposa, limpia en casas para que las cuentas cuadren. Y Lorin, que está de baja, anda buscando trabajo a pesar de que sabe que vamos como los cangrejos con el tema de la espalda. Pero por ganas no va a ser: tiene mil revistas subrayadas con ofertas de empleo. Se ha apuntado a un curso de perfeccionamiento de castellano en el Inem. Dice que, si logra hablar bien, seguro que le saldrá algo.

Luminita sabe bien de los desvelos diarios de Lorin, de sus sacudidas nocturnas, del «maletero de pastillas» que ha tenido que tomar, de esas noches en que se levanta gritando. «Tengo pesadillas cada noche: sueño que me quedo en silla de ruedas...», se toma otro minuto. «Lo más raro de todo es cuando me despierto oliendo a explosivos. No me lo puedo explicar. Los psicólogos me dicen que, con el trauma, aquel olor se quedó en el cerebro, y que lo saca el subconsciente cuando intento dormir».

A Lorin le llamaron de la Asociación de Víctimas de Terrorismo por si quería estar presente en el macrojuicio. A dónde iba a ir él si no aguanta una hora sentado. A dónde si no cree que el proceso vaya a servir para nada.

«Todo me parece un juego. Nada está claro. No contestan a las preguntas. No me gusta la cara de algunos, esa forma de reírse de todos... A mí sólo me despiertan rabia y odio».

Lorin no sabe por qué, pero el tribunal médico por el que ha pasado no le ha dado la incapacidad laboral. Claro que no quiere pensar que se lo deniegan porque sea extranjero, cómo iba a ser por eso. Así que, a rastras, como pudo, ayer fue a Mejorada a la carpintería.

- Me dicen que puedo trabajar.

- ¿Trabajar así, Lorin, tal y como tienes la espalda? -le preguntó el amigo-. Si tú estás para comer sopas.

«Quiero trabajar porque es lo mío, porque el tiempo pasa de otra manera, para no pensar, porque me hace falta. ¿Pero de qué?».

El día en que regresó a casa desde el hospital arrastrando los pies, Andrea y Alice, sus hijas, le habían puesto un cartel en la televisión pegado con papel celo. Estaba escrito: «Papá, bienvenido, te queremos mucho».

No se crean que aquella frase de cinco palabras, que se lee en apenas tres segundos, la suelta de corrido el hombre que tenemos delante. A Lorin, que cierra los ojos y toma aire como quien coge carrerilla, le lleva un minuto y tres silencios poder terminar de decir que se leía papá, bienvenido, te queremos mucho.

Y va ser que era una buena forma de terminar. Nos da las gracias por el bocadillo de tortilla. Valga este artículo como el abrazo que pedías, Lorin, y que no te dimos por miedo a romperte la espalda.

Una información de Pedro Simón publicada por el diario EL MUNDO el miércoles 21. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

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