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25 de Febrero, 2007

"Las dos caras de Hovstad" por Pedro J. Ramirez

Por Narrador - 25 de Febrero, 2007, 10:00, Categoría: Opiniones

Primero topas con los nombres; después descubres que detrás -algunas veces- también existen las personas. No tengo el gusto de conocer ni a Juan Mayorga, autor de la brillante versión de Un enemigo del pueblo de Ibsen producida por el Centro Dramático Nacional, ni a mi colega Javier Moreno, el meritorio nuevo director de El País que esta semana ha adquirido unas migajas de notoriedad en los medios periodísticos al espetar ante la mirada complaciente de sus jefes que EL MUNDO «se ha embarcado en una grave operación de desestabilizar a las instituciones democráticas sin parangón en Occidente».

Como tampoco sé si ellos se conocen entre sí, o si a Moreno -licenciado en Químicas como Rubalcaba- le gusta el teatro, o siquiera si lee otras cosas que no sean periódicos, no puedo concretar si bastaría con que se llamaran por teléfono, si sería mejor que Mayorga le enviara un par de entradas para la función o si lo más práctico consistiría en que simplemente le remitiera el texto con un propio. Pero a ambos les conviene ese contacto. Al adaptador para difundir la inteligencia de su trabajo. Al meritorio director para disponer de argumentos literarios con los que relativizar y a la vez dotar de mayor sutileza, y por lo tanto profundidad, sus juicios categóricos.

A Mayorga tengo que hacerle un único pero sentido reproche: haber dejado fuera del libreto la que en todas las versiones anteriores ha sido siempre mi frase favorita del texto de Ibsen. Me refiero al inicio del quinto acto cuando el doctor Stockman, agredido durante el mitin en el que se le proclama «enemigo del pueblo» por su empeño en difundir la incómoda verdad de que las aguas del balneario local están contaminadas, se permite su primer y único gesto de ironía autocompasiva, relamiéndose jirones y desgarros: «¡Uno nunca debería ponerse su mejor pantalón para luchar por la libertad y la verdad!». Ahora el concepto pervive con mucha menos intensidad dramática al ser trasladado hasta los labios de una mera espectadora timorata como la señora Stockman, proyectarse sobre otra prenda de vestir y perder por el camino una de las dos motivaciones del combate: «No debería uno ponerse su mejor camisa para luchar por la verdad...».

A cambio cualquier periodista debe sentirse compensado con creces por el acierto con que Mayorga ha fortalecido a modo de historia lateral o paralela el debate sobre el papel de la prensa y la ética informativa a través de la evolución del personaje de Hovstad. El añejo director de La Voz del Pueblo, siempre nadando entre las dos tintas del idealismo y la cobardía de la era de las linotipias, se ha convertido ahora en el líder e impulsor del Canal 99, una dinámica emisora de televisión local cuyos vídeos, sabiamente administrados en el montaje de Gerardo Vera, terminan siendo el mejor atrezzo de la producción.

La tarjeta de visita con la que Hovstad se nos da a conocer en el primer acto no precisa énfasis alguno, pues Ibsen quiere que creamos que es un hombre comprometido con los valores de su profesión. «Petra, si su vocación es la verdad, entonces tiene usted madera de periodista», le dice a la hija del doctor Stockman. «¿Me autoriza a informar sobre su descubrimiento...? La gente debe saberlo cuanto antes», le requiere enseguida al médico.

Es en ese momento, en el que el público percibe con simpatía al periodista como el auxiliar indispensable del héroe dispuesto a revelar el secreto que pondrá a todos frente a sus contradicciones, cuando Mayorga acentúa el mérito de Hovstad. A muchos les habrá pasado desapercibido, a mí no. Su versión recoge fielmente el guiño de complicidad que Ibsen pone en boca del viejo Kul, suegro del doctor Stockman, cuando despidiéndose de él y del director del Canal 99 les dice pillín: «Bueno, os dejo para que conspiréis tranquilamente». Pero añade de su propia cosecha: «¡A por esa gentuza! ¡Sin piedad!». Y también es de Mayorga la proclamación solemne del propio Stockman: «En efecto, el señor Hovstad está implicado en la conspiración para volver loca a toda la ciudad». La reiteración no puede ser más actual y oportuna: el empeño por iluminar las zonas de sombra siempre será contemplado por el poder y sus acólitos como una «conspiración», pero bienaventurados sean esos «conspiradores» porque gracias a ellos los ciudadanos conocerán todo lo que tienen derecho a saber.

En esos minutos de santificación escénica el adaptador permite a Hovstad agrupar en un pequeño monólogo algunas de las declaraciones de intenciones con las que Ibsen había trufado sus más ambiguos diálogos: «Cuando fundé el Canal 99, me comprometí a vigilar al poder, tuviese el color que tuviese... Cuando elegí ser periodista, decidí dar voz a los sin voz. Nunca cejaré en esa lucha, por dura que resulte. Sé que puedo perder. Pero para mí la verdadera derrota sería no tener la conciencia tranquila. Nunca me perdonaría desaprovechar la ocasión de construir una sociedad más justa y más libre».

Pero más dura será la caída. Todo el mimo con el que el texto ha tratado a Hovstad durante la primera parte de la función se transforma en sañuda persecución de su cinismo cuando desde la mitad del tercer acto se convierte en catalizador del cambio de actitud de unos poderes fácticos que, como ocurrió durante el final del felipismo con el crimen de Estado y la corrupción o como ha ocurrido durante la Administración Bush con las pruebas para justificar la invasión de Irak, prefieren mantener como verdad oficial una flagrante mentira antes que ver perjudicados sus intereses.

Hovstad va apareciendo sucesivamente como el abanderado de la telebasura -«Digamos que en esos programas de entretenimiento nos dejamos guiar por los gustos del público»-, como el zafio seductor de la hija del doctor Stockman -«¡Cuánto me gustaría ayudarla a encauzar esa energía que la desborda!»-, como el chaquetero dispuesto a encontrar siempre justificaciones para acudir en auxilio del vencedor -«Doctor, el alcalde nos ha explicado aspectos que usted nos ocultó»-, como el hipócrita capaz de revestir su oportunismo con el ropaje de la solemnidad -«El compromiso con la libre expresión de las ideas no puede reñir con el sentido de responsabilidad cuando lo que está en juego es el interés público»- e incluso como la sanguijuela de alquiler que va insinuando sus tarifas con el más contemporáneo de los léxicos: «Hay formas de ayudar a un medio de comunicación en dificultades: subvenciones, publicidad institucional...».

Es obvio que todos los responsables de los grandes medios de comunicación tenemos nuestros seguidores y nuestros detractores a nada que llevemos unos cuantos años haciendo cada mañana el paseíllo; y si se consolida en el cargo, cosa que sinceramente le deseo, también le ocurrirá más pronto que tarde al meritorio nuevo director de El País. Los unos nos ven como al admirable Hovstad del primer y segundo acto, los otros como al detestable Hovstad del cuarto y quinto acto. En la medida en que nuestras ideas y actitudes suscitan la empatía o el repudio de millones de personas, pasamos simultáneamente por ángeles y demonios. Sin embargo la realidad es mucho más prosaica, entre otras razones porque es imposible que la virtud y el vicio adornen al mismo tiempo a alguien en grados tan extremos. Hovstad no existe al margen de la literatura, aunque en todos los periodistas seguro que habrá alguien que encuentre algo de las dos caras de Hovstad.

Como el buen salvaje, todos los que hemos elegido esta forma de vivir nos levantamos cada mañana henchidos de nobles sentimientos y dispuestos a ejercer de la manera más digna posible nuestra misión informativa. Pero ya en la ducha, al afeitarnos o al tomar el desayuno vamos reencontrándonos con nuestros propios prejuicios. Luego al llegar a la redacción nos topamos los lunes, miércoles y viernes con el proyecto intelectual del que formamos parte y los martes, jueves y sábados con los legítimos intereses creados de nuestros lectores, accionistas y anunciantes. Cada uno en su ámbito toma cada día decenas de decisiones instantáneas que tienen que ver con la jerarquía, el tratamiento o el enfoque de la información, sin que -como acabamos de ver en el caso de Luis Fernández, optando por emitir en TVE sólo los fragmentos de la entrevista con José María García en los que el atacado era él mismo- existan normas canónicas exactas que determinen qué es lo que hay que resolver, pues ningún escenario es idéntico a otro.

La clave para que nadie pueda abusar de su poder o perjudicar a todos con sus errores se llama pluralismo. Es obvio que en la pequeña ciudad del doctor Stockman no había más periódico que La Voz del Pueblo y uno de los contados anacronismos de la versión de Mayorga es que al mitin en el que culmina toda la acción dramática sólo asisten las cámaras del Canal 99. ¿Dónde están las de las otras dos, tres, cuatro o 98 emisoras cuya dispar actitud ante el asunto habría quebrado el falso fatalismo final de que «el hombre más fuerte es el que está más solo»?

Si las exageraciones y dislates del meritorio nuevo director de El País presentando a EL MUNDO como el mayor «desestabilizador institucional» -¿por qué no decir «enemigo del pueblo», Moreno?- en todo el orbe occidental hubieran sido una súbita erupción cutánea propia de toda funcionalidad adolescente, no sería necesario tener que recordar principios tan elementales tales como que la tolerancia es la columna vertebral del pluralismo y que nadie hay tan enfermo como el maniqueo que, a base de ver en su adversario el compendio de todos los males, termina odiándolo hasta el extremo de sufrir con su felicidad y no poder soportar su propia existencia.

El problema es que esto viene de atrás. De muy atrás si nos remontamos al tiempo en el que Juan Luis Cebrián bautizó como «sindicato del crimen» a quienes íbamos cercando con nuestras averiguaciones a los criminales a los que él protegía, sindicando todo tipo de réditos con González, o simplemente de hace unos meses si tomamos como referencia un artículo del propio consejero delegado del grupo Prisa con el elocuente título de Sobre la mierda (de toro). Desde que su amigo, íntimo colaborador y alma gemela proclamara en un almuerzo en Don Benito que «Aznar y Anguita son la misma mierda» y añadiera después ante 3.000 personas en Granada que «el que es una auténtica mierda es Pedro J.», nadie había vuelto a recurrir a esa solución final de la dialéctica que es la escatología.

Bajo el disfraz de un anglicismo, Cebrián se permitía referirse a este diario hablando de «pendejadas altisonantes», «periodismo amarillo, máquina de difamar», «diseminación de basuras», «mentiras e injurias», «desvaríos» que fomentan «la calumnia y la maledicencia» o «voceador de inmundicias». Todo ello a cuenta de nuestra investigación tenaz, abierta y multidireccional sobre la tremenda masacre del 11-M y en paralelo a la consumación por parte de su propio periódico de una manipulación informativa que analistas menos moderados que yo podrían definir, con no poco fundamento, precisamente con algunos de esos epítetos.

Desde que pretendieron inventarme condescendencias primigenias con los GAL, a base de alterar el sentido de algunos párrafos sacándolos de contexto -como si todos tuviéramos un pasado colaboracionista del que avergonzarnos en el armario-, y se vieron obligados a hacerse eco del alud de protestas de sus lectores, que constataron la trapacería tras nuestra reproducción íntegra de los artículos, no habían perpetrado otra igual. «Mientras 'El Mundo' pague, les cuento la Guerra Civil», tronaba un titular a tres columnas en portada. «Las conversaciones en la cárcel de Suárez Trashorras, el minero procesado por los atentados», proclamaba un relampagueante subtítulo. La burda falacia proseguía en el arranque de la información y culminaba con un editorial anatematizador titulado A cualquier precio. Sólo los lectores más pacientes y meticulosos llegaban a enterarse, párrafos adentro, de que lo que Trashorras había comentado a sus padres no es que EL MUNDO le hubiera pagado por unas recientes declaraciones en las que había roto sus dos años y medio de silencio, tal y como se pretendía hacer creer con tamaña tormenta tipográfica, sino que imaginaba, suponía o elucubraba que tal vez lo hubiera hecho con una tercera persona -su ex compinche Nayo-, que a miles de kilómetros de distancia había dicho cosas desagradables para él. Total que en el primer alumbramiento con despliegue de luz y sonido del meritorio nuevo director -Moreno ya firmaba el periódico- parturiunt montes, nascetur ridiculus mus.

Pero, claro, eso no podía quedar así, tratándose de un grupo de comunicación tan poderoso. El director debió poner tan ridículo ratoncillo en manos de un subdirector, el subdirector lo encomendó a un redactor jefe, el redactor jefe se lo pasó a un tertuliano de la Ser, el tertuliano de la Ser a un comentarista de CNN+, el comentarista de CNN+ a quién sabe qué buena comadre y la buena comadre al corresponsal de El País en París que abrió la puerta de la jaula en una emisión de France 5 y soltó al centro de la pista un espectacular león rugiendo y dando zarpazos: no sólo Trashorras había declarado que EL MUNDO le había pagado, sino que lo había hecho ante el juez y denunciando que había sido para implicar a ETA en el 11-M, por todo lo cual -conmoción y espanto entre la desinformada audiencia- «en cualquier otro país ese periódico estaría cerrado».

Fue tras nuestro público emplazamiento para que aclarase si hacía suyas la versión y la receta de su replicante parisino, cuando el meritorio nuevo director nos presentó ante los alevines de su máster de periodismo como la mayor amenaza mediática para la democracia jamás surgida a ambas orillas del Atlántico. Ignoro si cuando sus jefes le pasaron luego la mano por el lomo, estaba también presente el Júpiter tonante que hace unas semanas creyó llegado su turno dentro del concurso televisivo por ver quién dice algo más denigratorio del director de EL MUNDO, apoyándose nada menos que en la tragedia de la T-4: «Te hace mucha gracia todo lo que tiene que ver con el terrorismo... ¡Qué contento estabas el otro día con el atentado!».

¿Qué habremos hecho nosotros para merecer todo esto? ¿Será por lo del gran grupo editorial en marcha, junto a los colegas y amigos de Recoletos? ¿Tendrá que ver con la acentuación de la tendencia -nueva subida significativa de EL MUNDO, nueva caída de dos dígitos de El País- en los inminentes datos de la OJD de enero? ¿O todo se circunscribe, en realidad, al «¡vale ya!» que de modo coral se nos pretende imponer con relación al 11-M, como si en el sacrilegio de nuestra incredulidad se compendiaran todos los motivos que a sus ojos nos hacen execrables?

Si despojamos tanto al angélico como al diabólico Hovstad de su empaque declamatorio y nos centramos estrictamente en su conducta, mi veredicto es que a lo largo de toda la función demuestra ser un director incompetente pues ni cuando está dispuesto a airear los datos descubiertos por el doctor Stockman, ni cuando se empeña en ocultarlos, dedica un solo momento a su estudio, análisis, contraste o corroboración. Se comporta como uno más de esos colegas que tienen decidida de antemano su postura y ni siquiera se molestan en averiguar si la verdad va a estropear o no sus titulares. Las dos caras de Hovstad confluyen finalmente en un mismo diletante de verbo fácil y whisky en ristre cuya gandulería se interpone siempre ante las obligaciones que en el terreno de la comprobación empírica nos impone la ética de la realidad.

Cuando el tribunal del 11-M ordenó analizar los restos de explosivos hallados en los focos de los trenes, nunca pensé que ni el Ministerio del Interior ni El País fueran a reconocer nuestra decisiva contribución a que esa esclarecedora prueba se llevara por fin a cabo, pero sí que di por sentado que la formación adquirida como químicos tanto por Rubalcaba como por Moreno facilitaría mucho la interpretación objetiva de sus resultados. Hétenos aquí, sin embargo, que a la vista de los informes provisionales, uno y otro ya han proclamado -directamente o por persona interpuesta- que la reiterada detección de una sustancia como el dinitrotolueno que no forma parte de la composición de la Goma 2 ECO es precisamente la prueba definitiva de que lo que estalló en los trenes fue Goma 2 ECO. ¡Toma ya! Será que los que no sabemos nada de química somos nosotros. O que no tenemos el desparpajo de presentar como «muestra de Goma 2 ECO proporcionada por la Unión Española de Explosivos a la Policía para su análisis» lo que no es sino el mismo trozo de dinamita ya aportado como supuesta «muestra patrón» en 2004 no por el fabricante sino por el destituido jefe de los Tedax Sánchez Manzano. Entonces estaba contaminado por metenamina y ahora -qué casualidad- por dinitrotolueno.

Nunca propugnaremos el cierre de El País ni les lapidaremos con pedruscos del calibre -¡«sin parangón en Occidente»!, ha dicho el meritorio- de los que ellos nos lanzan a nosotros. Siempre argumentaremos, debatiremos y razonaremos. Y a la pregunta clave de la derrotista señora Stockman -«¿De qué sirve la razón cuando no se tiene el poder?»- responderemos con la interrogación recíproca que Mayorga añade oportunamente al diálogo de Ibsen: «¿Qué mayor poder hay que tener razón?». Serán el tiempo, los tribunales y los lectores quienes nos la den o nos la quiten. Y conste, una vez más, que este periódico no sostiene al día de hoy ninguna versión alternativa sobre lo que ocurrió el 11-M, pero sigue convencido de que no ocurrió gran parte de lo que nos dicen y de que mucho de lo que ocurrió aún no nos lo ha dicho nadie.

Publicado por el diario EL MUNDO el domingo 25. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Cuando los culpables no dan el perfil

Por Narrador - 25 de Febrero, 2007, 8:00, Categoría: Juicio 11-M

Los acusados no forman un grupo homogéneo, como muchos habían asegurado. Todos los observadores destacan las respuestas lógicas de Zougam. El albañil de la obra en la casa de Morata dice que nunca vio explosivos. El joven universitario desbarata la competencia de 'El Tunecino' como líder de la conspiración Parecen carecer de formación para cometer un gran atentado

Los primeros cinco días del juicio del 11-M han provocado desconcierto. Los españoles han podido contemplar, en directo, a los procesados como autores materiales y a parte de los que, según el sumario, les ayudaron en los atentados. No han aportado ningún dato relevante. Se han declarado inocentes -cosa por otra parte lógica- y han renegado de la violencia y de la masacre. Ha sido palpable que, salvo excepciones, su formación es muy baja lo que pone en serias dudas su capacidad para llevar adelante los atentados.

Es pronto, pero ya se pueden hacer, después de lo visto, algunas consideraciones. Es evidente que no forman un grupo homogéneo como muchos habían asegurado. No tienen nada que ver los delincuentes, del lumpen, que se dedicaban al tráfico de hachís, con los hombres de la corbata de seda, un sirio con mucha más formación, el que proporciona un piso para ayudar a los musulmanes sin recursos, o un estudiante universitario, niño de papá, capaz de expresarse con serenidad y de afirmar que Serhane, El Tunecino, era un hombre incapaz de liderar ningún grupo ni de llevar a cabo ninguna acción violenta y menos con eficacia.

Y todavía falta alguien a quien ni siquiera se ha mencionado en las cinco primeras jornadas de este juicio. Me refiero a Alekema Lamari, un argelino taciturno y desconfiado, que nunca congenió con los ahora juzgados. En definitiva, un grupo heterogéneo que en ningún caso formaban una cuadrilla de amigos.

LAS RECTIFICACIONES DE ZOUGAM

Las fotografías de los considerados autores materiales se publicaron en las portadas de todos los periódicos de España el día 1 de abril de 2004. Al verse descubiertos, lo lógico es que se dispersaran en una especie de sálvese quien pueda. Pero hicieron lo contrario. Se juntaron en un piso y esperaron dos días a que la Policía los cercara.

Todos los observadores han destacado que Zougam dio en el juicio respuestas lógicas. Nadie consiguió confundirle y demostró que se había estudiado el sumario mucho mejor que la fiscal. Pudo así rectificarle en varias ocasiones. Otro de los acusados, el sirio Basel Ghalyoun, hizo lo propio en un punto clave. Su ADN no era el único que aparecía en un gorro de rezos encontrado entre los restos del piso de Leganés. Curiosamente, no se ha podido encontrar, al margen de ese gorro -que cualquiera pudo haber llevado al piso- ningún otro lugar en el que aparezca su ADN.

Los terroristas debían ser muy limpios porque ni en la cocina, ni en los cuartos de baño, ni en las sábanas de un piso en el que teóricamente vivían, se hallaron ni sus huellas ni su ADN.

Abdelmajid Bouchar es un caso diferente. Ni su aspecto físico ni sus contestaciones ayudaron a que nadie le creyera. Si estuvo en el piso de Leganés -aunque él lo niega- es un hombre que puede aportar datos muy valiosos a la investigación. Se ha limitado a negarlo todo. Hay varios puntos, sin embargo, que llaman la atención. En primer lugar, parece poco verosímil que pudiera escaparse de un cerco policial tan importante por mucho que fuera un gran corredor.

Y aquí hay datos que no se han mencionado hasta ahora y que el juez debiera investigar. Por ejemplo. No fue la UCIE, la UCI 2 dedicada a extranjeros y terrorismo internacional, la que primero llegó al piso. Dejaron que fueran los de la UCI 1, es decir, los que se encargan de combatir el terrorismo de ETA.

LA HUIDA DE BOUCHAR

Fue una inspectora de este grupo la que cometió un error importante. Llamó al timbre del piso para ver si contestaba alguien. Bouchar bajó con una bolsa de basura medio vacía y a deshoras para ver qué sucedía y se encontró a los inspectores hurgando en el buzón de su piso. Ellos no repararon en ese momento en que el de la bolsa de basura era uno de los inquilinos y eso le dio la ventaja suficiente para correr y desaparecer.

A la inspectora, el timbrazo le costó que la sacaran de Información. Nadie quiso más tarde asumir el error. Sería bueno que el juez llamara a declarar a esa inspectora. Y también podría ser adecuado que comprobara si uno de los inspectores, el que más pudo seguir a Bouchar en su huida, vio cómo dos hombres -que él tomo por policías- le introducían en un vehículo para ayudarle a escapar.

Lo más curioso del episodio de la bolsa de basura es que se encontrara más tarde huesos de dátil con el ADN de Bouchar en su interior, pero no se encontraran sus huellas en la bolsa. Tampoco se consiguió encontrar ADN de Bouchar en el piso. Sí se hallaron sus documentos y ropas entre los restos de Leganés, probablemente porque cuando bajó improvisadamente con la bolsa de basura no tenía intención de escapar.

Sorprende que algunos hayan destacado, como si fuera una revelación, que varios de los parientes y amigos de El Chino trabajaran y visitaran la casa de Morata de Tajuña. Es algo muy conocido y probado por testigos, ubicación de teléfonos y grabaciones de muchas conversaciones telefónicas.

Pero el albañil que hacía parte de las obras de esa casa asegura que nunca vio los explosivos. Sí vio a Jamal con un cilindro y unos cables que no sabe identificar. Es imprescindible que se averigüe quiénes eran los misteriosos visitantes que El Chino llevó a Morata en las fechas inmediatamente anteriores a los atentados.

LOS ENIGMAS DEL VEHICULO

Otman Gnaoui ha dado una versión de su viaje a Burgos, el 29 de febrero de 2004, para encontrarse con El Chino, muy llamativa. Lo más impactante fue cuando le preguntaron por el Toyota en el que viajaba teóricamente Jamal Ahmidan en la caravana de los explosivos asturianos. ¿El Toyota? ¿Qué Toyota? vino a decir Gnaoui. «El Chino viajaba en un Golf negro junto a Mohamed, Oulad Akcha». A Kounjaa, otro de los presuntos suicidas, no lo llegó a ver.

Aseguró que no vio lo que transportaba el Golf, y que tampoco vio si descargaban algo en Morata, porque llegó a la casa en una moto y mucho más tarde que El Chino.

Lo que ya puede darse por seguro es que los explosivos no viajaban en el Toyota que paró ese día la Guardia Civil, cerca de Burgos, para multarle por exceso de velocidad. En la foto del radar que está incluida en el sumario puede verse cómo los amortiguadores traseros no están bajos. El coche de la imagen no puede llevar los 200 kilos de explosivos en el maletero. Precisamente, ese simple detalle de un coche con una carga pesada sirve a menudo a la Benemérita para parar y examinar un vehículo en cualquier control.

Un detalle esclarecedor es cuando Gnaoui les tiene que recordar que las conversaciones de su teléfono en ese día estaban siendo grabadas por la Policía. Por cierto, nadie le ha preguntado qué quería decir en una de esas grabaciones cuando Gnaoui aseguraba por teléfono a un amigo que había cambiado el teléfono con Jamal Ahmidan.

Sorprende también que para una operación de esa envergadura -nada menos que el traslado de los explosivos de los atentados- se utilizara a una persona, Gnaoui, conduciendo un coche a pesar de que no tenía carné. Es curioso también observar que Gnaoui nunca se refiere a Jamal Ahmidan como El Chino y, sin embargo, sí se refiere a El Chino cuando habla del hermano de éste.

LA SENSATEZ DE HARRAK

Saed Harrak ha pronunciado en este juicio la frase más sensata de todas las declaraciones.

Es encofrador y siguió trabajando con normalidad antes y después de los atentados en obras de las cercanías de Madrid. Le detuvieron el 5 de mayo de 2004. En la bolsa con la ropa de trabajo que entregó a los agentes el dueño de la obra, la Policía de la comisaría de Leganés no encontró nada relevante: ropa y cintas de casete.

Mes y medio más tarde, la Policía de la Central de Canillas encontraría un sobre con un manuscrito de tres folios que se ha considerado como el testamento de Kounjaa, uno de los suicidados en Leganés. El argumento de Harrak es simple y demoledor: ¿Para qué iba a guardar en un lugar público que estaba al alcance de todos una carta que le involucraba con el 11-M y eso, dos meses más tarde de los atentados y un mes más tarde de la muerte de Kounjaa? «La hubiera quemado o se la hubiera entregado a la familia».

Contra Harrak sólo tienen esa carta y unas llamadas telefónicas con alguno de los implicados. Francamente, muy poca cosa.

Rachid Aglif, el hombre que acompañó a Gnaoui en su viaje hacia Burgos, para ir al encuentro de Jamal Ahmidan, reafirmó la reunión en un McDonald's madrileño, en el otoño de 2003, pero no pudo escuchar que se hablara nada de explosivos. Ninguna novedad. La reunión existió, pero lo más llamativo es que al menos la mitad de sus componentes trabajaban o bien para la Policía, o bien para la Guardia Civil. El juez debe preguntar si la reunión fue monitorizada y si se grabó su contenido. No dejan de ser chocantes las palabras condenatorias de Gnaoui sobre los atentados: «Los autores no deben tener perdón ni aquí ni en el cielo».

Abdelilah Fadoual aburrió al personal con su verborrea incontenible. Pero habló del BMW que usaba El Chino y eso sí es importante.

Era un coche potente, blindado, que tenía hasta televisor. Y aquí hay que tener en cuenta una historia importante. El 5 de diciembre de 2003, la Guardia Civil cortó la carretera de Burgos unos minutos para que pasara una procesión. Uno de los guardias se fijó en el primer coche. Era un BMW tuneado conducido por un marroquí. Se trataba de Jamal Ahmidan.

Al día siguiente, los mismos guardias civiles estaban de patrulla de madrugada. Era sábado. En el kilómetro 87 de la A-1, en sentido Madrid, cerca de Buitrago de Lozoya, vieron al BMW 530 D con matrícula 8195 CMW aparcado. El conductor era el mismo que habían visto el día anterior. El coche estaba averiado. Llegó en ese momento una patrulla en moto de la Guardia Civil de Tráfico. Jamal estaba nervioso e irritado y empezó a meterse con ellos. La cosa llegó a tal punto que le pidieron la documentación y se encontraron con un pasaporte belga a nombre de Yousef Ben Salah con numeración EB 988593.

Se puso tan chulo que los guardias sospecharon y registraron el vehículo. Le encontraron varios cuchillos y una maza, por lo que lo denunciaron por la ley 1/92. Curiosamente, le ayudaron más tarde a trasladar el coche a Madrid. Jamal dio uno de sus dos auténticos domicilios, el de la calle Pozas.

LAS DENUNCIAS SOBRE 'EL CHINO'

Este BMW con Jamal al volante tuvo un accidente con colisión múltiple el 5 de enero de 2004 a las 22.15 en la M-40 madrileña. De nuevo enseñó su pasaporte belga a nombre de Yousef Ben Salah. El mismo que enseñó a la Guardia Civil cuando le multaron el 29 de febrero de 2004, cuando teóricamente venía con los explosivos de Asturias. No se entiende cómo no sonaron las alarmas al reflejarse en las multas ese pasaporte, que era el mismo de la denuncia de Buitrago por posesión de armas blancas. La verborrea de Fadoual no puede enmascarar todos estos datos.

Fouad El Morabit, el joven universitario, desbarató la competencia de El Tunecino como cabecilla de la conspiración. «Sólo decía chorradas y nadie le tomaba en serio». Mohamed Almallah, el encorbatado sirio que se afilió al PSOE, llegó más lejos. Relató que El Tunecino le propuso ir a Irak y él le dijo algo así como vete tú, que yo estoy aquí muy bien.

Los hermanos Almallah son los que pusieron a disposición de los musulmanes del grupo el piso de Virgen del Coro. Era una especie de albergue para el que quisiera usarlo. Moutaz Almallah, detenido en Londres pero aún no extraditado, es la persona que compró el piso del policía Kalaji -el que manipuló los presuntos teléfonos de los atentados-. Lo más curioso de este hombre es el nombre de cinco de sus seis hijos: Sara, Diana, Luckman, Rian y Hertz Elías. No está nada mal para alguien considerado como un peligroso extremista musulmán.

DESCLASIFICACION DE LOS PAPELES DEL CNI

Las sesiones del juicio no han aportado aún nada sustancial. Los nervios de los considerados paladines de la versión oficial nos indican, sin embargo, que los españoles ven cada vez con más escepticismo el espectáculo de unos culpables que no acaban de dar el perfil. Claro que el juicio no ha hecho más que comenzar.

Sobre la desclasificación de los papeles del CNI con la declaración de Emilio Suárez Trashorras es preciso matizar que no aportará nada sustancial al juicio. Cuatro folios y medio de unas conversaciones de más de 12 horas no son significativos. El juez debería pedir el testimonio de cada uno de los policías que estuvieron presentes. O aún más sencillo, que pida la transcripción íntegra de las grabaciones que se hicieron. ¿O es que el CNI ahora interroga a alguien sin grabarle?

Una información de Fernando Mugica publicada por el diario EL MUNDO el domingo 25. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

La primera semana del juicio, de la A a la Z

Por Narrador - 25 de Febrero, 2007, 7:00, Categoría: El Sumario del 11-M

Los tres autores intelectuales vinieron a España atraidos por el proceso de regularización de inmigrantes. Algunos procesados no han tenido reparos en acusar de radicales a «El Tunecino» y «El Chino», fallecidos en Leganés

Madrid - Tras cinco días de sesiones y después de haber escuchado a los principales procesados -salvo el minero José Emilio Suárez Trashorras y el confidente Rafa Zouhier- éstas son, hasta ahora, las principales claves del juicio por el 11-M:

A: ADN. Los restos de ADN recogidos en el piso de Leganés donde se suicidaron los terroristas o en la finca de Chinchón donde se montaron los explosivos comprometen a varios procesados que, sin embargo, no han tenido reparos en negar su presencia en estos escenarios con explicaciones peregrinas.

B: Bouchar. Uno de los presuntos autores materiales. Relató su huida tras ser sorprendido por la Policía en Leganés: recorrió sin documentación ocho países en 16 meses antes de ser detenido en Serbia. Y sólo se gastó 1.000 euros. Lástima que no montara una agencia de viajes.

C: Confidentes. Jamal Zougam, uno de los supuestos autores materiales, y Mouhannad Almallah Dabas, acusado de captar a jóvenes musulmanes y adoctrinarles en el islamismo radical, relataron cómo la Policía intentó captarles como confidentes. El primero atribuyó su detención a una venganza policial por haberse negado a ser delator.

Ch: Chollos. Los de la tienda de telefonía de Zougam en Lavapiés, «Jawal Mundo Telecom». Ghalyoun, Almallah Dabas, Rachid Aglif negaron conocerle, pero admitieron que compraron en su tienda accesorios para el móvil (alguno cruzándose medio Madrid) porque vendía más barato que nadie.

D: Defensas. Las preguntas de los letrados ya han dejado bien claro quiénes han preparado su defensa y quiénes se limitan a hacer acto de presencia y repetir, con tono cansino, las mismas cuestiones una y otra vez.

E: ETA. Detonadores, tytadine, hipotéticos encuentros con etarras... La banda terrorista está casi siempre presente a través de las preguntas de algunos letrados. Hasta ahora, sin embargo, no hay ni rastro de ETA. Todos los acusados que han sido preguntados al respecto han negado la mayor.

F: Firmeza. La del presidente del tribunal. Aunque a veces se ha pasado de «frenada», la determinación de Gómez Bermúdez es clave para que el juicio no se atasque. Pidió perdón por sus «excesos», pero no ha levantado el pie: tiene la hoja de ruta en la cabeza y sabe que no puede permitirse una salida de pista.

G: GICM. El Grupo Islámico Combatiente Marroquí, a quien se atribuyen los atentados, es otro de los espantajos de los que los acusados huyen como de la peste. No, no y no. Ninguno ha reconocido la más mínima relación con este grupo terrorista que juró lealtad a Ben Laden.

H: Huidos. Nombrar a Afalah, Berraj, Belhadj o Ouhnane es como mentar a la bicha. «No lo conozco», es la frase más repetida entre los procesados. Y los que sí han admitido que les conocían, afirman no saber nada de ellos.

I: Identificaciones. Los reconocimientos de los pasajeros que afirman haber visto a alguno de los acusados en los trenes también ha sido objeto de controversia. Zougam dice que señalaron su cara porque le vieron por la tele. Ghalyoun denunció que su foto estaba retocada y negó que engordara 20 kilos para no ser reconocido.

J: Jamal. Nombre de pila de «El Chino», uno de los suicidas de Leganés. Agliff, El Gnaoui, «El Enano»... Todas las personas señaladas como de su confianza negaron la mayor. Al resto de procesados su nombre les suena a eso... a chino.

K: KIO. Almallah Dabas atribuyó su supuesta bravata antes del 11-M -«No descansaré hasta que caigan las Torres KIO»-, a una «fabulación» de su ex novia, que le denunció a la Policía. El «dandy» de la sala amenazó a la fiscal con desmigar sus cuitas amorosas. «Luego te lo cuento si hace falta...».

L: Leganés. A Bouchar le pillaron bajando la basura minutos antes del suicidio de los terroristas, pero no se arredró. «No estuve allí». Tampoco El Harrak, pese a que encontraron una copia del contrato de compra de su coche. Según él, se lo había dado a su amigo Kounjaa para que le pagara el impuesto en Ceuta.

Ll: Llamadas. El intenso cruce de llamadas de algunos procesados con los suicidas de Leganés en fechas inmediatamente anteriores o posteriores al 11-M siempre tiene la misma explicación: se dejaban los móviles con la misma facilidad con la que acumulaban tarjetas telefónicas para ahorrarse llamadas.

M: Morata. La mayoría de los acusados jura y perjura que no ha puesto un pie allí. Y los que sí lo han hecho, o no han visto a nadie (El Fadual El Akil) o se limitaron a hace chapuzas (El Gnaoui) como construir una jaula para gallinas que luego ¡oh sorpresa! sirvió para guardar los explosivos.

N: Neveras. Las que arreglaba Mouhannad Almallah Dabas, que se afilió al PSOE tras el 11-M, a algunos procesados. Y es que este técnico en reparación de electrodomésticos justificó así sus visitas a diversas «amistades peligrosas» como Aglif, Bakali (socio de Zougam), «Abu Dahdah» (líder de la célula española de Al Qaida), Azizi (presunto jefe militar de Al Qaida en Europa)...

O: Ordenadores. Las consignas integristas halladas en el disco duro de los ordenadores de Leganés y Virgen del Coro han hecho abjurar a todos los procesados de cualquier conocimiento informático. Convencidos de que navegar por la Red es echarse al mar en algún archipiélago recóndito, su «cibercredo» es el que enunció Bouchar: «Soy un analfabeto en Internet».

P: Papeles. Los tres presuntos «cerebros» de los atentados -«El Egipcio», Belhadj y El Haski- pusieron rumbo a España en 2001 y 2002 porque se enteraron de que el Gobierno iba a abrir la mano a la regularización de inmigrantes ilegales. El «efecto llamada», en este caso,les hizo desplazarse desde Italia, Bélgica y Siria en busca de los ansiados papeles.

Q: Quiénes. El número de los presuntos ejecutores de la matanza sigue siendo una incógnita tras cinco jornadas de vista oral. Y los que la Fiscalía considera como tales (Zougam, Bouchar y Ghalyoun) se han apresurado a negarlo.

R: Repulsa. Todos coinciden. Son inocentes y condenan los atentados. No se esperaba que ninguno sacara pecho pero sus proclamas se repiten, casi siempre a instancias de sus abogados, un día tras otro.

S: Suicidas. La táctica de echar la culpa al muerto ha sido asumida sin ningún rubor. Almallah Dabas contó que «El Egipcio» le propuso hacer la «Yihad». Él, claro, se negó en redondo y Hamid Ahmidan, primo de «El Chino» olvidó por unos segundos los lazos familiares y explicó al tribunal que le vio manipulando «un aparato con cables» en la finca de Chinchón.

T: Temporizadores. Almallah Dabas los manejaba con soltura, pero para adaptarlos a lavadoras, microondas, frigoríficos... «no para activar artefactos explosivos».

U: Urdimbre. La de la «trama asturiana», sin duda, todavía por desbrozar. Por ahora, sí sabemos que según «El Conejo», a la reunión en la que se pactó la entrega de exposivos a cambio de hachís en un McDonalds de Carabanchel asistieron, además de «El Chino», otros dos suicidas de Leganés, los hermanos Oulad Akcha.

V: Víctimas. Han tenido que apretar los puños y contener la amargura, pero las contadas víctimas del 11-M que se han acercado al juicio han estado a la altura, salvo aislados episodios. La mayoría sólo quiere mirar a los ojos a los presuntos asesinos de sus seres queridos.

X: Las X del proceso siguen sin despejarse. ¿Quién dio la orden? ¿Quién eligió la fecha? ¿Qué explosivo se utilizó en los trenes? Queda todavía mucho juicio por delante para encontrar respuestas.

Y: Yihad. De Guerra Santa y combatir al infiel, nada de nada. Los procesados la identifican con el esfuerzo por salir adelante y superarse. «La defensa propia es también una forma de yihad», dijo el más atrevido, Hassan El Haski. Pero la mayoría secundó la línea de «El Enano», quien echó mano de sus recuerdos de la infancia. «Según me explicó mi padre a mí: trabajar por tus hijos».

Z: Zouhier. El confidente policial ha conseguido en sólo cinco jornadas de juicio sacar de sus casillas al presidente del tribunal y a algunas víctimas. Durante la vista oral no ahorra a la sala un nutrido repertorio de gestos. Gómez Bermúdez le castigó al rincón, aunque no de cara a la pared, pero finalmente ordenó el pasado miércoles su expulsión momentánea de la «pecera». Ya ha vuelto al redil. A ver cuánto dura.

Una información de R. Coarasa publicada por el diario LA RAZON el domingo 25. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Ser abogado de oficio, el peor oficio de España

Por Narrador - 25 de Febrero, 2007, 6:00, Categoría: Juicio 11-M

«Hija, yo estuve de abogado de oficio en el 11-M. Dedícate a otra cosa». Antonio, abogado defensor de Zouhier, resume de esta manera tan expresiva el honor y la ruina de intervenir en el juicio del año. Un ejemplo: cobran 19 euros por cada 1.000 folios leídos

Antonio Alberca no ha sido de los más madrugadores. Es jueves, 15 de febrero, día inaugural del macro juicio del 11-M. Hasta 49 abogados, entre defensores y acusadores, están citados en la sede que la Audiencia Nacional tiene en la madrileña Casa de Campo, adonde los togados se mudan cuando las dimensiones del juicio desbordan las dependencias habituales, en el centro de la ciudad. Allí se juzgó también lo de la colza y el 23-F.

Antonio Alberca, 39 años, defensor del marroquí Rafa Zouhier, ha llegado en la posición número 37. Más bien de los últimos. Al menos, el funcionario del colegio de abogados que recibe a los letrados en un pequeño cuarto -les recoge los abrigos y les facilita una toga prestada- le ha asignado la prenda que lleva ese número. Hasta que acabe el litigio será el abogado número 37.

Ya uniformado de negro, ha entrado en la sala y se ha sentado en la última fila, a la derecha del tribunal, frente a la pecera blindada donde se concentran los acusados. A un lado tiene a José Luis Abascal, abogado de Jamal Zougam y Basel Ghalyoun; al otro, a Andreas Chararis, defensor de Rachid Aglif.

Aunque lo tape la toga, Antonio está de estreno. Su mujer, antes de hacer las maletas, coger a la niña y poner tierra de por medio camino de su México natal («ahí te quedas con el juicio»), le ha comprado un par de trajes para que luzca presentable ante el tribunal. El que lleva hoy es de color gris Príncipe de Gales.

-Es que a la puerta están los medios y si salgo siempre con el mismo traje va a cundir el tópico del abogado de oficio pobretón, -decía la tarde antes en su despacho.

-Pues yo paso, me arreglo con los que tengo, porque un buen traje cuesta una pasta..., -le salía al paso Mónica Peña, abogada de Carmen Toro, también del turno de oficio.

Los dos y Beatriz Bernal, a la que le ha tocado en suerte la defensa del marroquí Otman El Gnaoui, se quejaban también de que nadie hubiera pensado en instalar un microondas en el recinto. Durante los cuatro meses que al menos durará el juicio -de lunes a miércoles- tendrán que pagarse las comidas en algún restaurante de la zona. «Parece una tontería, pero pongamos que el menú más barato es de siete euros [ha resultado ser de 11], siete por tres días a la semana ya son 21 euros que por la cara tengo que gastar de mi bolsillo», hacía cuentas Antonio.

La justicia española se enfrenta a uno de los mayores retos de su historia, un proceso llamado a depurar responsabilidades del que, hasta la fecha, ha sido el atentado islamista con más muertos en Europa: 192. Dada la entidad del desafío, cabría pensar que a la sala concurrirían las estrellas de la abogacía española, los letrados con más renombre y minuta. Pero resulta que no. Salvo tres contadas excepciones, la veintena de abogados a los que les ha tocado bailar con la más fea, es decir, defender a los 29 señalados como responsables o participantes en el 11-M, pertenecen a despachos medios cuando no modestos. Han pasado de llevar casos de violencia de género, estafas de tarjetas de crédito o robos con fuerza, a ser parte en un juicio histórico, mediático como ningún otro, donde ampararán los derechos de los presuntos malos.

PILARES DE LA JUSTICIA

Y están en esta tesitura porque sus nombres figuran en la lista de abogados que voluntariamente se prestan a asistir a quienes no pueden pagarse un defensor particular. Podría decirse que son los pilares de la justicia gratuita: abogados de oficio. «Es un trabajo altruista y absolutamente vocacional», dice Eduardo García Peña, quien defiende a Brahim Moussaten y ha hecho de portavoz de los togados de oficio. «Es un servicio público, uno está apuntado al turno de oficio como podría estar apuntado a una ONG».

Y tanto. Lo de la ONG hay que leerlo con literalidad. De otro modo no se entiende que lleven más de tres años trabajándose el litigio por una contraprestación ridícula.

Según el baremo por el que se rige el gremio, un abogado de oficio cobra 315 euros por proceso más 19 euros por cada 1.000 folios de sumario. Hecho el cálculo, el montante total ascendía a 2.215 euros o así. No al mes, sino por los tres años de trabajo y los que vengan. «Yo soy muy buena persona, me gusta colaborar y estoy muy contento de estar en el turno de oficio, pero es que mi familia tiene la mala costumbre de comer a diario y algunos días incluso me pide cena», ironizaba Antonio Alberca acerca de la precaria cobertura económica.

De ese ingreso testimonial debía de salir la gasolina para desplazarse a las entrevistas con sus clientes en una prisión cercana a Madrid, si había suerte. O en Alicante, Lugo, Sevilla, Salamanca o Valencia si el defendido había sido encarcelado lejos de la capital. Era el pago también por las horas invertidas en formalizar recursos y sumergirse en un sumario descomunal formado por 93.226 folios. La materia les fue entregada en junio pasado, distribuida en 241 tomos y almacenada en ocho DVD. Mónica Peña y Antonio Alberca, por ejemplo, tuvieron que comprarse un portátil nuevo, bien porque el suyo no tenía lector de DVD o bien porque el disco duro no daba para guardar tanta letra.

El tocho con el que se toparon no era cualquier cosa: puestos en fila de a uno, los más de 90.000 folios darían para cubrir 27,9 kilómetros de distancia y sólo para leerlos se precisarían 1.836 horas de reloj. Sobra decir que ninguno ha llegado a la palabra fin. «A veces me he acostado a las siete de la mañana leyéndolos. Te metías en un tomo y te comenzaba a picar la curiosidad, a ver qué viene ahora... Era un vicio», dice Antonio Alberca quien aventura que ha debido posar sus pupilas por la mitad del sumario y reconoce que ha contado con la ayuda de su defendido, Rafa Zouhier, al que le ha sobrado tiempo en prisión para leer el auto y señalarle las partes más interesantes a su abogado.

Con los ocho DVD recién salidos de fábrica, desbordados, los abogados defensores de oficio hicieron piña y se plantaron el verano pasado. Querían más medios y más dinero y llegaron a pedir que el juicio se aplazara. El pulso con el Ministerio de Justicia lo perdieron, aunque éste les aumentara la minuta hasta los 20.000 euros. «Una cantidad insuficiente», a decir de Eduardo García Peña quien confiesa que si el caso, en lugar de llegar a sus manos por el turno de oficio, lo hubiera hecho por la vía particular no lo habría aceptado por menos de 120.000 euros.

«Cuando veo que Carmen Martínez Bordiú por mover su cuerpo serrano en televisión cobra 24.000 euros por programa me dan ganas de dejar de ser abogado. Y que a la gente eso le parezca normal y no se preocupen de que a los abogados de oficio ni siquiera nos estén pagando... Me parece escandaloso», denuncia Antonio Alberca, quien, a día de hoy, ha recibido unos 3.000 euros como adelanto por su labor de defensor en el 11-M.

Aparte, hace unos meses, el letrado número 37 se dirigió al colegio de Abogados de Madrid para preguntar cuánto le correspondía por las 18 comparecencias que había tenido con su cliente. «Son 36 euros», le dijeron. «Es que las pagamos de diez en diez. Si hubieras llegado a 20 habrías cobrado el doble».

A diferencia de lo que sucede en otros países, como EEUU, donde el abogado de oficio es un profesional que se dedica exclusivamente a ello, en España es una labor voluntaria que se compagina con el trabajo por cuenta propia, que, en definitiva, es lo que les da de comer. Si aparecen en este reportaje, cuentan, es para reivindicar que se dignifique su profesión. («A ver si por una vez mi madre escucha que hablan bien de nosotros»). Para estar en el turno especial de la Audiencia Nacional, donde se lleva el 11-M, han tenido que atestiguar cinco años en el ejercicio de la abogacía y superar cursos muy exigentes. Como prueba de su valía, exhiben el hecho de que ninguno de sus clientes del 11-M ha prescindido de sus servicios por mucho que algún abogado de relumbrón los haya tentado ofreciéndoles la defensa gratis por la publicidad que conlleva el caso.

A los de oficio preparar el litigio sin desatender a sus clientes particulares les ha costado horas de sueño y broncas familiares. «Yo hace muchísimos meses que no sé lo que es un sábado ni un domingo», dice Miguel García Pajuelo, abogado de Mohamed Moussaten e Iván Granados Peña. Desde marzo de 2004 sus jornadas laborales no bajan nunca de las 15 horas diarias. Algunos llevan tres agostos sin vacaciones y siempre que han tratado de tomarse unos días de respiro una inoportuna llamada del juzgado les ha desgraciado el plan. Como la Semana Santa del año pasado. «El miércoles santo me iba de vacaciones», cuenta Beatriz Bernal, «cuando nos llegaron con el auto de procesamiento. "Esto va a ser así siempre, no vamos a poder descansar. Déjalo o dedícale menos tiempo", me planteaba mi marido. Pero yo no podía dejarlo». En las Navidades pasadas, más de lo mismo. Con todo, la vida se les complica especialmente ahora. Teniendo que asistir al juicio tres días a la semana, ¿cuándo van a encargarse de los clientes que sí les pagan?

Quizás indicativo de lo absorbente de su profesión, quizás no, es el hecho de que entre los cinco sólo sumen dos hijos. El pequeño de ellos, Pablo, el bebé de Mónica Peña, eligió mala fecha para venir al mundo. El parto programado estaba previsto para el 8 de junio pasado, justo cuando a la mamá la urgieron para que formalizara el recurso de Carmen Toro. Mónica Peña justificó sus especiales circunstancias y pidió un aplazamiento. «Y me dijeron que me buscara la vida, con lo cual te puedes imaginar el escrito que presenté en nombre de Carmen Toro, una porquería».

VECINA DE ALCALÁ

A todas estas piedras en el camino, se ha unido el handicap de defender a los presuntos responsables de una masacre que hirió profundamente a la sociedad española. Algunos se lo callaron. Sobre todo Beatriz Bernal, que entonces tenía su despacho en Alcalá de Henares, localidad que perdió a 27 vecinos en el atentado.

«No me atreví a decírselo a nadie porque iba en contra del sentimiento de dolor que existía en el pueblo. Finalmente, se lo conté a un vecino cuya hija había resultado afectada. "¿Pero no lo defenderás?", me dijo angustiado. Le expliqué que era mi trabajo, que me había venido por el turno de oficio y él lo entendió». Ella misma, la mañana del 11 de marzo de 2004, pensaba coger el tren en Atocha camino de Alcalá bien temprano. Cambió de planes a última hora.

Antonio Alberca, en principio, no se lo dijo ni a su propia esposa, también abogada. «Se lo oculté por si temía por mí, para que no sufriera. De hecho, cuando acabé confesándoselo me aconsejó que fuera muy discreto: "A ver si nos va a pasar algo"». Unos días después, en su casa entraron a robar y la duda de si aquello no tendría algo que ver con el 11-M sobrevoló la estancia. El disgusto hizo que a la esposa se le adelantara el parto. En cierto modo, un alivio para Antonio porque el nacimiento estaba fechado para el 11 de marzo de 2005. «Voy a estar tan marcado que hasta el cumpleaños va a coincidir con el 11-M», pensaba.

La misma fecha, el día del primer aniversario, Miguel García Pajuelo encendía velas de duelo en la plaza del pueblo madrileño donde vive cuando sonó el móvil. Era Alá, el padre de su defendido. «Y lo atendí perfectamente. No se puede mezclar una cosa con la otra», dice.

Lo que a ninguno les quitará nadie es haber escrito parte de uno de los episodios más importantes de la historia judicial española. Antonio, a su hija se lo contará así: «Hija, yo estuve de abogado de oficio en el 11-M. Dedícate a otra cosa».

650 TESTIGOS, 200 PRUEBAS DE ADN, 300 AGENTES...

Es el juicio del mayor atentado islamista acontecido en suelo europeo. Está previsto que finalice en julio. Estos son los datos más significativos del macro proceso.

ACUSADOS. Son 29. Los 19 que están en prisión siguen el juicio desde una pecera blindada. Los 10 restantes desde la sala. Se enfrentan a una petición de 270.600 años de cárcel.

ABOGADOS. Suman 49 entre abogados defensores (26) y los 23 representantes de las acusaciones particulares y populares (AVT, Asociación 11-M y Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M).

VÍCTIMAS: La sala habilitada para ellas cuenta con 150 plazas. Les acompañan psicólogos y personal sanitario. El atentado dejó un balance de 192 muertos y 1.824 heridos.

PRUEBAS: Se han realizado 60 careos, 30 ruedas de reconocimiento, una veintena de comisiones rogatorias, 200 pruebas de ADN, 50 inspecciones oculares, 25 inspecciones de vehículos, medio centenar de dactiloscopias y casi 50.000 operaciones de rastreo telefónico.

TESTIGOS: Un total de 650 testigos y 98 peritos están llamados a declarar.

SEGURIDAD: El Ministerio de Interior ha activado el nivel intermedio (2) de alerta incluido en el Plan de Prevención y Protección Antiterrorista. Además, 300 agentes velarán por la seguridad del juicio.

MEDIOS DE COMUNICACIÓN: 140 periodistas de varios países cubren el juicio desde la sala de prensa y 250 desde el exterior. Hay 17 pantallas de plasma repartidas por el edificio para que periodistas y víctimas sigan el proceso.

DURACIÓN: El juicio se desarrolla de lunes a miércoles -excepcionalmente habrá sesiones los jueves- y está previsto que acabe en julio.

ABOGADOS

ANTONIO ALBERCA PÉREZ

“Muchas veces me he quedado hasta las siete de la mañana leyendo el sumario”

Abogado de Rafa Zouhier.

39 años, 12 en ejercicio, 10 en el turno de oficio.

Suele llevar casos de estafas, atracos, algún homicidio...

MÓNICA PEÑA MAESO

“Tuve que formalizar el recurso de Carmen Toro casi dando a luz”

Defiende a Carmen Toro.

34 años, 10 ejerciendo, seis en el turno de oficio.

Ha dedicado tres horas diarias de media al caso.

BEATRIZ BERNAL GAIPO

“El proceso del 11-M me ha costado más de una bronca familiar”

Abogada de Rachi Aglif.

45 años, 20 en ejercicio, 12 en el turno de oficio.

Desde que aceptó el caso, lleva tres años sin vacaciones.

EDUARDO GARCÍA PEÑA

“A un cliente particular no le cobraría menos de 120.000 euros por este juicio”

Abogado de Brahim Moussasten.

40 años, lleva 17 ejerciendo y 15 en el turno de oficio.

Llevó la defensa del llamado asesinato del rol.

EDUARDO GARCÍA PEÑA

“A un cliente particular no le cobraría menos de 120.000 euros por este juicio”

Abogado de Brahim Moussasten.

40 años, lleva 17 ejerciendo y 15 en el turno de oficio.

Llevó la defensa del llamado asesinato del rol.

Una información de Ana María Ortiz publicada por el diario EL MUNDO (Suplemento CRONICA) el domingo 25. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

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