El Blog
Calendario
| <<
Enero 2009
|
| L | M | Mi | J | V | S | D |
| |
|
|
1 | 2 | 3 | 4 |
| 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 |
| 12 | 13 | 14 | 15 | 16 | 17 | 18 |
| 19 | 20 | 21 | 22 | 23 | 24 | 25 |
| 26 | 27 | 28 | 29 | 30 | 31 | |
Alojado en
|
ABC y EL PAIS contra EL MUNDO
|
“Periodismo español, doce años después” por Juan Cierco
Doce años seguidos residiendo en el extranjero y quince sin dejar de viajar por el mundo te dan una perspectiva muy distinta de España. Doce años en Moscú y Jerusalén te hacen mirar las cosas que pasan de distinto modo y te permiten descubrir los cambios a golpe de vista. Doce años dan para mucho. Sobre todo, aunque digan que son odiosas, para poder hacer comparaciones.
Aterrizar en España y en particular en Madrid doce años después, te hace reflexionar pero sobre todo te obliga a contener la respiración. Según dicen algunos, escupen otros, vomitan los de más allá, España es un desastre, se desintegra, no merece la pena, es corrupta, sucia, golpista. Vivimos en una república bananera, nada funciona, el país se hunde miserablemente, los jueces, los fiscales, los policías, los guardias civiles, los políticos, los diplomáticos son imitadores baratos de Videla, compinchados para acabar con el Estado de Derecho.
Mentira. España, vista desde el extranjero, desde esas comparaciones quizás odiosas pero imprescindibles, es un país envidiable y envidiado; que no ha dejado de crecer en los últimos años ya sea con Gobiernos del PSOE o del Partido Popular; cuya transición política y desarrollo económico se han convertido en un ejemplo a imitar en el resto del mundo y en materia de estudio en las más prestigiosas Universidades del planeta.
Un país portada una y otra vez en los grandes medios de comunicación internacionales por razones positivas. Un país donde, por supuesto, se respeta el Estado de Derecho; donde la democracia no está en cuestión; donde la economía crece y no para; donde las instituciones del Estado cumplen con rigor con sus obligaciones; donde las libertades individuales y colectivas están garantizadas.
Un país con empresas que se han instalado con enormes beneficios por todo el mundo; con políticos y diplomáticos que ocupan puestos de responsabilidad de primer nivel en organismos multinacionales; con catedráticos en las mejores Universidades occidentales; con jóvenes y mayores cooperantes y solidarios en cualquier rincón del orbe; con científicos que trabajan en los principales centros de investigación; con arquitectos que se han convertido en referente internacional; con actores que triunfan en Hollywood y en Europa; con deportistas que han conquistado el mundo...
Un país cuyo Rey se ha convertido allá donde uno viaje, por muy lejos que sea, por muy poco que se conozca de España, en una figura respetada, admirada, querida y reconocida.
España es un país trabajador, descentralizado, multicultural, amable, divertido, responsable, solidario, que ha cambiado, a mejor, su faz en las últimas tres décadas. Con problemas, como otros países de su entorno, víctima del terrorismo, con la inmigración, las diferencias territoriales, la corrupción urbanística, la vivienda, la inseguridad en el centro de las preocupaciones de sus ciudadanos pero dentro de una realidad ejemplar y con un futuro envidiable.
Una España, en cualquier caso, que ha crecido en estos últimos doce años en dirección contraria a mi segunda reivindicación, el Periodismo.
Un periodismo que cumplió un papel fundamental en la etapa de la transición pero que ahora no está a la altura del país, de sus ciudadanos, de sus empresarios, catedráticos, cooperantes, científicos, arquitectos, artistas, deportistas.
Un periodismo que ya no está protagonizado por periodistas, donde importan más los intereses políticos, comerciales, conspiradores que la verdad, el servicio al ciudadano, la vigilancia responsable del poder.
Un periodismo profundamente amarillo, sensacionalista pero disfrazado de una seriedad risible. Un periodismo desde el que no sólo se cuestiona el Estado de Derecho sino que, por intereses políticos, personales y comerciales, se pretende dinamitarlo. Donde se mezclan en el 11-M servicios de inteligencia marroquíes, con guardias civiles, policías, islamistas, etarras, jueces (Baltasar Garzón es la última diana), fiscales, periodistas, políticos, partidos, olvidando el daño que a las víctimas inocentes les produce la utilización asquerosa de su dolor.
Un periodismo donde no se deja que la realidad se imponga para no estropear un buen titular. Donde impera el insulto, la mentira, la manipulación.
Un periodismo de trinchera en el que se quiere meter, con nombres y apellidos, a los ciudadanos españoles, instándoles a que se avergüencen de sí mismos, de su país, de su democracia, de su historia, de sus empresas, de sus políticos y diplomáticos, de sus científicos, de sus catedráticos, de sus cooperantes, de sus artistas, de sus deportistas.
Esos profetas fundamentalistas del periodismo deberían provocar arcadas en las redacciones de sus propios medios, compuestas por excelentes y admirables periodistas, (miraros al espejo y reconoceros), que se suman a la locura colectiva o callan acogotados ante los dictados de unos conspiradores irresponsables que han perdido el norte, el cariño a esta noble profesión, el amor a España. Que han dejado de ser, desde hace ya mucho tiempo, periodistas.
Publicado por el diario ABC el lunes 16 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido. |
|
|
|
“Garzón” por Enrique Gil Calvo
El fraudulento montaje mediático que ha urdido desde hace dos años la derecha radical para minar la credibilidad del sumario del 11-M, y que la sociedad civil española está soportando impávida sin vergüenza ni oposición, ha entrado en una nueva fase, quizá decisiva, tras la intervención del juez Baltasar Garzón. Me refiero, claro está, a su denuncia jurídica de la trama del ácido bórico: la falsificación documental de unos absurdos informes periciales que vincularían a los asesinos islamistas del 11-M con los terroristas vascos. Pero Garzón no se ha limitado a revelar el fraude, sino que se ha atrevido a señalar con el dedo a sus patrocinadores y responsables últimos: la banda de mercenarios mediáticos, antaño motejada de sindicato del crimen, que le hace el trabajo sucio a la fracción extremista del Partido Popular.
"¡Otra garzonada!", exclaman con ira los estafadores, acostumbrados desde hace 15 años a que sus constantes fechorías informativas salgan adelante con total impunidad, pero que aún se duelen de cómo Garzón logró desactivar la trama fraudulenta que montaron hace casi dos lustros con el caso Liaño. Pues bien, con el caso ácido bórico podría pasar esta vez otro tanto y aún más, pues el Garzón con el que hoy se han topado es incomparablemente más poderoso y experimentado que el de entonces, reforzado como está por su éxito a escala internacional con el caso Pinochet, que le enfrentó a su defensor el fiscal Fungairiño, y por su éxito a escala española con el caso de la trama civil de ETA, que ha obligado a esta banda terrorista a iniciar el sendero de su autodisolución. Hoy Garzón es mucho más Garzón.
Pero resabiado por sus precedentes de impunidad, ahora el sindicato del crimen ha reaccionado a la denuncia de Garzón escenificando una vez más el mismo viejo truco de devolver el golpe volviendo el caso del revés por pasiva, a sabiendas de que la mejor defensa es un buen ataque. Para eso basta con redefinir el caso falsificando la realidad para invertir la carga de la prueba y pasar de acusado cogido en falso a acusador justiciero, en tanto que presunta víctima inocente cargada de razón. Por eso intentan convertir el caso ácido bórico en el caso Garzón, acusando al juez de prevaricar y de prostituir a la justicia al servicio de intereses políticos, que es justo lo que ellos intentan hacer no sólo desde hace dos años, con el caso 11-M, sino desde hace 15 años, cuando se inició la pinza mediática entre el PP de Aznar y el sindicato del crimen. Cree el ladrón que todos son de su condición. ¿O es que acaso lo dicen porque saben con quién se las entienden, dada su pasada participación en el caso GAL, cuando el sumario instruido por el juez Garzón y aireado por El Mundo inició el principio del fin de la era González? ¿Estamos ante una reedición de aquella campaña de acoso y derribo del felipismo, en la que todo vale con tal de destruir la confianza en el gobernante, esta vez dirigida contra Zapatero?
No lo parece, pues hay dos grandes diferencias entre los escándalos de los noventa y la experiencia actual. La primera es que los hechos denunciados en los casos GAL y Filesa eran ciertos, y por eso los electores expulsaron a González del poder que se resistía a abandonar, mientras que ahora las acusaciones del sindicato del crimen en la trama del ácido bórico y en el sumario del 11-M son absolutamente falsas. La segunda diferencia, debida a lo anterior, es que en esta ocasión el juez Garzón, que parece ahora como entonces fiel servidor de la verdad, no está con ellos, sino que se enfrenta abiertamente en su contra. El problema es que aunque no cuenten con Garzón, a cambio cuentan con la mayoría del Consejo del Poder Judicial, una mayoría que sí parece bien dispuesta a prevaricar y prostituirse, poniendo la máquina de la justicia que controlan al servicio de su partidismo político, con la connivencia de una derecha social siempre dispuesta a aplaudir los fraudes jurídicos dictados a su favor. Una tarea ésta, la de luchar contra el injusto sectarismo de la derecha mediática y judicial, a la medida de la ambición de un juez como Baltasar Garzón.
Publicado por el diario EL PAIS el lunes 16 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido. |
|
|
|
“Sobre la mierda (de toro)” por Juan Luis Cebrián
Con todo lo sucedido, todavía no salgo de mi asombro tras las supuestas revelaciones que el periódico de la derechota y la radio episcopal vienen difundiendo, durante años y con insistencia digna de menor causa, sobre la autoría y causas del terrible atentado que un puñado de fanáticos perpetraron en la estación de Atocha de Madrid invocando el nombre de Alá. Si me tengo que creer cuanto han publicado, los terroristas del 11-M formaban parte de una conjura instrumentada por los servicios secretos franceses y/o marroquíes, con la colaboración de la policía española, sectores de la Guardia Civil, militantes socialistas, confidentes de la pasma, narcotraficantes, y, desde luego, activistas de ETA -tal como se proclamó desde el Gobierno del señor Aznar-. Este conglomerado de conspiradores habría embaucado a unos moritos (para utilizar el apelativo racista con que les distingue la radio portavoz de la Iglesia española) a fin de perpetrar un golpe de Estado que desalojara a la derecha del poder. El objetivo no sería sólo sentar en las poltronas a Zapatero y su gente, sino destruir España, descristianizándola, desvertebrándola, destruyéndola. Para eso era necesario reformar los estatutos de autonomía, pactar con ETA a fin de devolverle los favores del atentado, retirar las tropas de Irak y, en definitiva, traicionar las esencias patrias, la España de siempre, a la que sólo un puñado de leales parecería estar dispuesto a defender frente a las hordas islamistas -herederas, en el imaginario del trío de las Azores, de los atributos de las antiguas hordas marxistas, sobre los que fuimos adoctrinados en la niñez-.
Son tantas tonterías publicadas y dichas, amparándose en un sedicente periodismo de investigación, que no daba yo mayor importancia a la proliferación de pendejadas altisonantes con que los defensores de semejantes tesis venían castigándonos a diario, pese a la mella que han hecho en sectores de la opinión pública. Ni la doy. El periodismo amarillo no es un invento de la COPE, convertida desde hace tiempo en una máquina de difamar, ni del periódico de Rizzoli en España, cuyo éxito en la diseminación de basura espero no sirva de ejemplo a su diario estrella, Corriere della Sera. Desde que la libertad de prensa existe hay sitio en ella no sólo para la honestidad y el debate racional; también para los desalmados y los tontos, con los que debemos aprender a convivir, pues son los tribunales y los lectores quienes finalmente dictarán el veredicto adecuado acerca de sus desvaríos. Lo verdaderamente preocupante es la adopción de esas prácticas amarillistas por el principal partido de la oposición, y la utilización de la mentira y la injuria como método habitual de expresión de quienes hablan por la radio de la Iglesia católica. Actitudes que, de no corregirse a tiempo -y no sé ya si es tiempo- pasarán factura a sus patrocinadores, desde luego, pero habrán generado una fractura social cimentada en el odio, la calumnia y la maledicencia.
No voy a insistir en la insensatez política de que quien era el ministro del Interior al frente de la policía cuando se cometieron los atentados, y de cuya impericia dan fe las hemerotecas, pretenda ser uno de los cabecillas políticos de esta rebelión que no viene sino a demostrar su irrisoria capacidad para el desempeño del empleo. Más me interesa la actitud de relevantes sectores del Gobierno, que durante años se han esmerado en dar tribuna en los medios públicos a estos voceadores de la inmundicia, contribuyendo a aumentar su popularidad y a engrosar su bolsillo. Los ciudadanos de a pie no acaban de entender que, en nombre de un pluralismo sui géneris, y amparándose en la tesis de un supuesto equilibrio entre las diversas tendencias de opinión, las autoridades políticas y los dignatarios religiosos contribuyan a prestigiar hasta el ridículo a semejantes personajes. Quizá se deba a que la conversión del PP en un partido de la ultraderecha, vociferante hasta la extenuación, atrabiliario, enrocado en sí mismo, y orgulloso dueño de todos los estereotipos que el franquismo difundió durante años, no responde sólo a la desgraciada gestión de sus líderes, dedicados a excitar la bestia histórica de este país, sino también a la satisfacción con que eso se contempla en el palacio de la Moncloa. El histrionismo de un PP radicalizado es para los socialistas la mejor garantía de su victoria en las próximas elecciones.
La búsqueda de una trinchera, por parte de los perdedores de elecciones democráticas, en los medios de comunicación o en las esquinas de la calle, cuando no en tribunales de justiciaideologizados y sectarios, es algo ya común en nuestros días. Las virtudes de la democracia representativa son puestas de continuo en entredicho mediante la apelación al populismo y el empleo masivo del sensacionalismo mediático. El sectarismo con que se produce desdice de la lealtad institucional de quienes practican semejantes métodos que, por lo demás, no son exclusiva de ninguna ideología. Los mismos que critican las movilizaciones callejeras en México jalearon hasta la extenuación la revolución naranja en Ucrania -cuyo triste destino ya conocemos-, que sirvió de inspiración y ejemplo al proceso del país azteca. El papel de los medios de comunicación en todo esto es más que singular. Frecuentemente son acusados -como en las recientes elecciones brasileñas- de ser los culpables del fracaso de la izquierda y de la frustración de las demandas populares en países donde el poder sigue anclado a las formas más rancias y corruptas del capitalismo. Esas invectivas contra la libre prensa son más que injustas, porque es deber de los medios criticar al poder y vigilar sus excesos, cualquiera que sea quien los cometa. Pero es imposible desconocer también que en ello se amparan, cínicamente, quienes por su parte utilizan con desvergüenza los púlpitos y las páginas editoriales para difamar al adversario, utilizando toda clase de mentiras y artilugios dialécticos, método por el que pretenden recuperar la gobernación perdida.
Toda esa palabrería, maledicencia y confusionismo que azota el debate político, en España y fuera de ella, merece una expresión en inglés bien sugerente: bullshit, mierda de toro. El profesor de Princeton Harry G. Frankfurt ha dedicado su tiempo a analizar esta boñiga intelectual y recientemente nos regaló con un ensayo sobre el tema, que no es otro que la manipulación de la verdad. Los traductores del libro han decidido llamar charlatanería al bullshit, lo que es una concesión bienpensante a la etimología del término. El profesor Frankfurt hace una distinción memorable entre el mierdoso del bullshit y el simple mentiroso. A aquel "... no le importa si las cosas que dice describen correctamente la realidad. Simplemente las extrae de aquí y de allá y las manipula para que se adapten a sus fines". El mentiroso tiene noción de lo que es verdad y lo que no lo es. El charlatán de mierda (bullshit) "no está del lado de la verdad ni de lo falso... ... puede que no nos engañe, o que ni siquiera lo intente, acerca de los hechos o de lo que él toma por hechos. Sobre lo que sí intenta engañarnos deliberadamente es sobre su propósito". En línea con este análisis parece evidente que los inventores de las paparruchas que circulan por las ondas episcopales practican el principio de que el fin justifica los medios. El propósito de quienes les alientan y animan no es, contra lo que dicen, defender la verdad -en este caso, sobre el 11-M- sino los intereses del partido de la oposición, responsable del Gobierno en el momento de los atentados. Por eso es irrelevante si algunas de sus presuntas investigaciones resultan acertadas y otras estúpidas, porque de lo que se trata es de manipular a la opinión pública con un solo fin. No el de convencerla de que el ácido bórico, además de para conservar los langostinos, sirve para fabricar explosivos, sino de que el sumario judicial sobre el atentado de Atocha está trufado de fallos porque el Gobierno prefiere no investigar la verdad.
En su despiadado afán por lograr sus objetivos estos charlatanes no paran en mientes y convendría no menospreciar su eficacia. El que sean unos falsificadores no significa que no se muestren expertos en su tarea. Mucha gente duda en México de que no haya habido fraude electoral, pese a los pronunciamientos judiciales que lo han desestimado, y mucha gente duda en España sobre la "autoría intelectual" del 11-M, pese a las evidencias de que nos encontramos ante un acto vandálico más de la red de Bin Laden. El bullshit es una enfermedad creciente en las opiniones públicas de las democracias y debemos aprender a sufrirla tanto como a combatirla, habida cuenta de las toneladas de estiércol que se derraman a diario sobre nosotros. Consolémonos sabiendo que está bendito.
Publicado por el diario EL PAIS el jueves 12 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido. |
|
|
|
“La oxidación de los metales” por Miguel Ángel Aguilar
Continúan los ejercicios de prestidigitación periodística en medio de la admiración embobada del público que llena la sala, acude a los quioscos y sintoniza las emisoras de radio y los canales de televisión. Pero, ahora que tanto la inteligencia abstracta como la emocional han encontrado su adecuada correlación bioquímica, conviene proceder de modo que no decaiga el espectáculo, atendiendo a la consigna irrenunciable de "queremos saber", siempre en línea con los esfuerzos de los nuevos Presupuestos Generales del Estado respecto al capítulo del I+D+i (Investigación, Desarrollo e Innovación) de absoluta necesidad para mantenernos competitivos en un mundo globalizado y que habían quedado durante décadas en el más lamentable de los abandonos.
Dice, por ejemplo, nuestro amable químico de cabecera, Emilio Iglesias Delgado, que "el ácido bórico si penetra en el cuerpo provoca náuseas, pero si penetra en la vida política provoca, al parecer, alucinaciones". Asegura, además, que el ácido bórico es un ácido débil, que se vende libremente en las farmacias, que sirve para las vaginitis pero también para controlar la velocidad de fusión del uranio en las centrales nucleares y que su fórmula es H3BO3. En definitiva, recomienda a quien lo tenga en casa que proceda a deshacerse de los discos de la Orquesta Mondragón, a eliminar hasta el último resto de pacharán, a cambiar de furgoneta y a abandonar el país procurando no llamar la atención de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado que controlan las fronteras.
Cuando tantas esperanzas tenía depositadas la ciudadanía en quienes han tomado sobre sí la pesada carga de dar respuesta al "queremos saber" sobre el 11-M, observamos cómo, sin previo aviso, desaparecen de las primeras páginas del diario que nos alumbra en la noche todas las figuritas del cuidadoso belén compuesto con paciencia durante dos años, a base de Trashorras, Zouhier, la mafia asturiana de la dinamita, Manolón, la Kangoo, los 327 jubilados del TEDAX, el ácido bórico, el diputado de UPN en funciones de reporter Tribulete, Jaime Ignacio del Burgo, el castillo de Herodes y los Reyes Magos de Oriente, para dejar sólo, como quedó el Joven caballero en un paisaje de Vittore Carpaccio, al juez Campeador. Baltasar Garzón queda, así, convertido, por arte de birlibirloque, en la suma de todas las prevaricaciones imaginables, sin mezcla de bien alguno. Por eso, cunde el interrogante de a qué presiones habrán acabado sucumbiendo nuestros valedores cívicos o qué dádivas habrán terminado aceptando para desertar de su insustituible función.
Mientras, sobre el desistimiento del empleo de las armas, que se espera de los etarras todavía en el aprisco de la banda terrorista -partir del momento del que llamaron con sonoridad militar alto el fuego-, apenas llegan noticias. Prevalecen los ruidos ambientales, caracterizados por los nuevos episodios de la kale borroka y los altibajos en la cotización de los agentes que se presumían interlocutores autorizados para ordenar el último rompan filas de los efectivos disponibles en formación. Ahora, la esperanza más sólida se basa en el proceso de oxidación de los metales. Algunos cubanos declaraban su admiración por la banda etarra porque "iban siempre con el hierro [la pistola] por delante". Pero el hierro, al fin metal, está también sometido a la erosión inhabilitadora. Esperemos que las armas de los terroristas acaben "tomadas de orín y llenas de moho", como aquellas que don Quijote quiso recuperar de sus bisabuelos, que pronto tengan la condición de herrumbrosas lanzas por utilizar el título de Juan Benet.
Reconozcamos que tal vez pueden sumarse otras mejoras ambientales, aquí y en el área internacional, y que se habría producido un sólido progreso moral si, como dijo el lehendakari hace unos meses, entre los vascos se hubiera instalado la tolerancia cero al asesinato con pretensiones de argumento político. Pero, todavía, debe atenderse al poeta Luis García Montero, quien en su último libro, El envés de los mitos (Tusquets Editores. Barcelona 2006), describe "el óxido de sus nostalgias y de sus utopías". Y de otras de tantos otros, en nombre de las cuales se ha vertido tanta sangre. Basta.
Publicado por el diario EL PAIS el martes 10 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido. |
|
“Un juez en la boca del lobo de los teóricos de la conspiración” por Ernesto Ekaizer
Las campanas de la conspiración doblaron por Baltasar Garzón mucho tiempo antes de hacerse cargo del caso del ácido bórico. La fecha clave es el jueves 15 de julio de 2004. Ese día, Garzón, al ser interrogado en la comisión parlamentaria de investigación del 11-M, destruyó pieza por pieza los argumentos de la hipotética colaboración entre ETA y los radicales islamistas en el atentado del 11-M.
El diputado del Partido Popular Jaime Ignacio del Burgo ajustó cuentas con el juez en su libro 11-M, Demasiadas preguntas sin respuesta, publicado por la Esfera de los Libros, editorial vinculada al diario El Mundo.
Del Burgo ya avanzaba los elementos de la teoría de la conspiración. "Por aquella época", diciembre de 2003, "tanto la UCIE como el juez Garzón recibieron señales inequívocas de que se estaba cociendo algo gordo", advierte en su libro, en febrero de 2006.
Según afirma, el juez Garzón "tenía, pues, controlados a varios de los terroristas a los que en algún momento se ha imputado la autoría intelectual del atentado [del 11-M]". Por esta razón, Del Burgo sostiene: "Resulta muy difícil de entender cómo es posible que pudiera planearse y ejecutar el atentado no sólo en las narices de los cuerpos policiales, sino también en las del juez Garzón y del propio Centro Nacional de Inteligencia (CNI). Incomprensible".
El hecho de que Garzón comenzara a instruir el caso del ácido bórico levantó todas las alarmas de quienes sostenían la relación entre ETA y los radicales islamistas que atentaron en el 11-M. ¿Por qué? Por la inconsistencia de la prueba elaborada. ¿Pero quién podía destapar esa inconsistencia? Un juez independiente. Y, sobre todo, independiente de la teoría de la conspiración.
Si no hubiese sido por la instrucción de Garzón, las inconsistencias hubieran quedado sepultadas. Y la apariencia de realidad sería la realidad. Esto es: tres peritos que vincularon científicamente a ETA con los autores materiales del 11-M fueron manipulados por sus superiores vendidos al Gobierno socialista.
Los intelectuales de la teoría de la conspiración y el PP movilizaron contra Garzón todas sus baterías. Pero ha resultado muy tarde: la trama conspirativa, con los tres peritos incluidos, algunos de ellos utilizados, ha quedado al descubierto.
Es previsible que Garzón exponga en un auto judicial, en las próximas horas, la crónica de la conspiración paso a paso. Tendrá que hacerlo en relación con el fondo -¿es el ácido bórico sustancia explosiva?- y la forma -¿quién fabricó una prueba inconsistente? Ninguna movida procesal futura podrá borrar esta verdad.
Publicado por el diario EL PAIS el martes 10 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido. |
|
|
|
Dos de cada tres españoles piensan que el 11-M fue sólo obra de un grupo islamista
MADRID. La posibilidad de que la banda terrorista ETA u otro grupo armado esté detrás de los atentados del 11-M o hubiera colaborado, de alguna forma, con el comando islamista, es una idea cada vez más descartada por la mayoría de los españoles, según los datos que se desprenden del barómetro de otoño de Metroscopia para ABC.
La encuesta es contundente en relación a esta cuestión, ya que dos de cada tres españoles, un 61 por ciento, considera que sólo el terrorismo islámico fue el responsable exclusivo de la masacre. Por el contrario, tan sólo un 23 por ciento no está de acuerdo con esta única autoría e incluso afirma estar en «absoluto desacuerdo».
Aunque de forma global se descarta esta vinculación, sí es cierto que entre los votantes del Partido Popular las opiniones se encuentran más divididas y todavía existe un gran porcentaje de votantes que piensa que la autoría del atentado no correspondió, exclusivamente, a grupos islamistas.
El 53 por ciento de los populares, algo más de la mitad de los votantes, no comparte esta teoría de que sólo fueron grupos islamistas; mientras que el 47 por ciento restante llega a aceptarla como la más verosímil o no sabe qué pensar al respecto. En cambio, entre los votantes socialistas, la autoría islamista es aceptada de forma casi unánime, hasta en un 81 por ciento.
Sobre la posibilidad de que ETA sea la banda armada que haya colaborado con el grupo islamista en los atentados del 11-M o que éstos hubieran respondido a otros factores, Metroscopia ha realizado un sondeo, pero sólo entre el 23 por ciento de la población que no está de acuerdo o «en absoluto desacuerdo» con que el 11-M sea obra exclusiva de los islamistas.
El 17 por ciento de los encuestados cree muy probable o bastante probable que en los atentados haya intervenido de alguna manera ETA; por el contrario, sólo el 4 por ciento lo considera poco o nada probable. Entre los votantes del PP este porcentaje de los que piensan que la organización vasca estaba detrás del 11-M sube al 45 por ciento.
Otra de las hipótesis que barajan los españoles es que estos atentados formaran parte de una conjura para derribar al Gobierno de Aznar. Un 15 por ciento de la población se abona a esta teoría, frente a un 6 por ciento que no la contempla.
Entre los populares, este porcentaje sube al 42 por ciento.
Finalmente, la tercera de las hipótesis que plantearon los encuestadores se refiere a la posible implicación en estos atentados tanto de policías españoles como de servicios secretos extranjeros. Sólo un 13 por ciento comparte esta teoría y un 6 por ciento lo considera poco o nada probable. El 32 por ciento de los votantes del PP sí se abonan a este supuesto.
A la vista de este sondeo de Metroscopia, que trata de conocer la postura de la sociedad española ante el 11-M, la «teoría de la conspiración», que viene siendo alentada por algunos medios de comunicación y locutores de radio, apenas tiene ninguna repercusión entre los ciudadanos, que parecen no prestar crédito a esas afirmaciones.
Esta «hipótesis de la conspiración» sólo parece encontrar eco, en ningún caso masivo, en un sector del PP.
Texto de P. Cervilla y M. Calleja publicado por el diario ABC el lunes 9 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido. |
|
“Rajoy recorta distancias” (Editorial de ABC)
Los datos que ofrece el barómetro de otoño de ABC sobre intención de voto demuestran que el tirón del alto el fuego anunciado por ETA el 22 de marzo pasado ha amainado, si es que no ha quedado neutralizado. Según esta encuesta, y tomando como referencia el barómetro de primavera realizado inmediatamente a continuación del anuncio de tregua, en seis meses el PP ha recortado al PSOE 3,3 puntos porcentuales, hasta una diferencia de 4,4 puntos a favor de los socialistas. Si hoy se celebraran elecciones generales, el PSOE obtendría el 42,7 por ciento de los votos, y el PP, el 38,3 por ciento. Estos porcentajes -que expresan una diferencia inferior a la que se produjo el 14 de marzo de 2004- definen una reconducción del estado de opinión a niveles más críticos y reflexivos sobre los asuntos de política nacional, superado el impacto que produjo el cese de atentados terroristas y el inicio del proceso de diálogo con ETA. Rodríguez Zapatero capitalizó entonces todo el valor político del anuncio de los etarras con un claro distanciamiento en apoyo popular frente al PP. Ahora, el desarrollo de los acontecimientos en el proceso de diálogo con ETA ha enfriado el ánimo ciudadano y por eso corren paralelos el descenso de intención de voto al PSOE y el aumento del escepticismo ciudadano sobre la tregua de los terroristas. En concreto, los escépticos han aumentado catorce puntos respecto a marzo pasado, cuando alcanzaban el 36 por ciento de los encuestados, frente al 52 por ciento actual, es decir, una clara mayoría. Por su parte, quienes se manifestaban esperanzados hace seis meses eran el 52 por ciento y ahora han bajado al 44 por ciento. En todas las preguntas sobre el proceso de negociación (si la tregua acerca o no a la paz, si ETA puede volver o no a la violencia), las respuestas negativas son mayoritarias, destacando el 56 por ciento que considera que no se cumplen las condiciones aprobadas por el Congreso de los Diputados en mayo de 2005 para iniciar el diálogo con los terroristas. Este último dato es de suma trascendencia porque revela que los ciudadanos no aprecian que las decisiones del Gobierno estén avaladas por el Parlamento, pero tampoco por un análisis objetivo de las intenciones y de los actos de los terroristas.
El escenario político, por tanto, ha absorbido la novedad de la tregua. Pero aún resta conocer el resultado del proceso de negociación con ETA y Batasuna, que obligará al Gobierno a poner negro sobre blanco lo que hasta ahora se está manteniendo en la trastienda de conversaciones absolutamente opacas. El desgaste para Rodríguez Zapatero a cuenta del proceso de «paz» con ETA -además de otros factores, como la crisis migratoria- no ha concluido y cabe presumir que, si finalmente la mesa política reclamada por ETA/Batasuna se constituye, funciona y concluye con acuerdos, ese desgaste puede aumentar notablemente en función de cómo perciban los ciudadanos el saldo final de la negociación. Una ETA satisfecha, que no se disuelve ni se desarma, puede decantar definitivamente a la opinión pública en contra del Gobierno.
Obviamente, la encuesta también concierne al Partido Popular en la medida en que, si bien recupera posiciones, no revierte a su favor de manera decisiva la pérdida de apoyo que sufre el Gobierno. Rajoy -quien cuenta con una alta fidelidad de su electorado- se encuentra así ante un escenario en el que sus expectativas dependen fundamentalmente de su propio partido y de una acertada organización de mensajes, prioridades políticas y presencias públicas. A la vista de las dos entregas del barómetro de ABC, la sociedad española no avala la política del Gobierno en las dos cuestiones más importantes que tiene planteadas en la actualidad: el terrorismo y la inmigración. Las condiciones son, por tanto, muy favorables al PP, y lo seguirán siendo siempre que sea capaz de centrar el debate social y político sobre estos asuntos y no secundar la estrategia de crispación que, al alimón, están ejecutando tanto quienes, diciéndose afines a los populares, buscan anular su capacidad de maniobra e instalarlos en la radicalidad, como el Gobierno, para asegurarse una participación similar a la del 14-M y, por tanto, el voto del electorado de la izquierda más extremista.
Editorial publicado por el diario ABC el lunes 9 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido. |
|
|
|
Del halago al vilipendio
MADRID. No siempre fue así. Antes, Pedro José Ramírez quería a Baltasar Garzón, le apreciaba y, a tenor de lo escrito en sus libros, le consideraba incluso un amigo. De la mano caminaron en el caso de los GAL, cuando el periodista se lanzó en su particular cruzada contra el ex presidente del Gobierno Felipe González y la cúpula del Ministerio del Interior. Una lucha en la que los caminos del diario «El mundo» y del juez de la Audiencia Nacional iban parejos.
No es de extrañar, por tanto, que a muchos les hayan sorprendido las virulentas críticas que desde «El mundo» se han dedicado a Garzón después de que el magistrado imputase una presunta falsedad documental a tres peritos policiales. Esta circunstancia afectaba de manera directa al diario de Pedro José Ramírez y a la campaña en la que éste se embarcó ya el 11 de marzo de 2004. Una campaña orquestada en el empeño de demostrar la implicación de ETA en los atentados de los trenes. La presión al magistrado ha sido tal que se ha visto obligado a pedir el amparo del Consejo del Poder Judicial por las palabras con las que «El mundo» y el locutor Jiménez desde la Cope se han desquitado en los últimos días. El «caso del bórico» ha desatado las iras de Ramírez, que no está dispuesto a que su otrora amigo y aliado desmonte los argumentos de los que se sirve su periódico cada día para continuar exprimiendo hasta la saciedad el 11-M.
Sin embargo, si miramos hacia atrás, en su temprana autobiografía publicada en 1991 -con tan sólo 39 años- y con la colaboración de la periodista Marta Robles, Pedro José Ramírez recordaba los halagos que ya había dedicado a Garzón en su libro La rosa y el capullo en el que decía de él: «Puestos a hablar del elenco, estaba claro que la ciudadanía podía enorgullecerse de haber encontrado en Baltasar Garzón un juez tan honrado y pertinaz -si bien mucho más joven- como el legendario John Sirica». Toda una declaración de intenciones.
La cosa no quedó ahí, y a lo largo de los años el idilio entre ambos continuó auspiciado por los grandes procesos judiciales en los que Pedro José Ramírez daba su apoyo incondicional a Garzón. Tanto es así que mantuvieron varios encuentros y conversaciones. En una de ellas, por teléfono, el periodista insufla ánimos al magistrado para que no se venga abajo ante las fuertes críticas y los duros ataques de los que es objeto con frases como «quiero decirte que lo que estás haciendo tiene un gran valor para muchas personas». Este extracto pertenece al libro Amarga victoria, en el que Ramírez narra las presiones, insultos y vejaciones a los que tuvo que hacer frente Garzón durante el caso de los GAL, y en el que lo defiende de las acusaciones que se realizaron para dejar de manifiesto la estrecha relación que los unía en el pasado. Una clara defensa ante la «cacería» de Baltasar Garzón.
No es la primera vez que «El mundo» arremete contra el juez de la Audiencia Nacional. La relación entre el magistrado y el periodista tuvo que salvar un escollo bastante importante cuando Garzón aceptó ir de número dos en la lista del PSOE en Madrid. Esta incursión en la política fue el acicate que hizo que Ramírez se lanzase a la crítica del que había sido su admiradísimo Garzón, compañero de venturas y desventuras en la trama de los GAL, que hizo que el periódico de Pedro José Ramírez hiciera sus aspavientos. Lo consideró poco menos que una traición, y fue de especial dureza en el editorial «Garzón tenía un precio». Sin embargo, cuando el juez de la Audiencia Nacional decidió abandonar su brevísimo escarceo con la política, Ramírez volvió a la línea elogiosa que le había dado tan buen resultado en anteriores ocasiones, hasta el punto de escribir la que quizá sea una de las mayores alabanzas que ha recibido un juez: «Baltasar Garzón ha guiado con destreza la relampagueante trayectoria del arma justiciera, dibujando en la pizarra de la historia uno de los más memorables guiones torcidos de Dios».
Numerosas han sido las ocasiones en las que Pedro José Ramírez ha admirado la pericia y resolución de Garzón. Así, en Mis cien mejores cartas del director, se desprende el halago en el artículo «Lo que está en juego en el «caso Amedo»», cuando Ramírez se pregunta sobre si la actuación del Gobierno de Felipe González en el caso de los GAL es complicidad o negligencia. Escribe: «La misma disyuntiva planteada con aséptica crudeza en el auto del juez Garzón...», una innegable aprobación a la contundencia del juez.
En el mismo libro, el director de «El mundo» destaca la profesionalidad del magistrado. En «González se escribe con X» dice: «Es cierto que en aras de guardar las apariencias de vez en cuando es necesario hacer concesiones a la galería y que algunos de estos temerarios subalternos terminen empitonados por jueces independientes como Garzón o Márquez».
El artículo «La España del general Galindo» le sirve a Pedro José Ramírez para ensalzar la firmeza de su de momento amigo a la hora de tomar decisiones. «En ese tesón de Belloch y su equipo por destripar el GAL de la Guardia Civil -sólo equiparable con el exhibido por Garzón respecto al de la Policía- va a estar una de las claves de las impredecibles semanas venideras», escribiría el director de «El mundo», que añadiría que «Garzón no se ha andado con chiquitas», en el libro Amarga Victoria.
El periodista comenzará a llamar a Garzón «El Príncipe de la Magistratura», tomando las palabras de otro en consideración al gran poder que el juez ha ido acumulando a lo largo de su carrera, sobre todo desde su llegada a la Audiencia Nacional. El calificativo, lejos de usarlo de un modo despectivo, hay que considerarlo como signo de admiración y respeto.
La ruptura
En cuanto a las pesquisas de los atentados del 11-M, hay que decir que no siempre fueron motivo de discordia entre ambos. En la carta «Algo huele a podrido en Dinamarca», Pedro José se ocupa del estado de las investigación seis meses después de la matanza y se queja de la actuación del juez Juan Del Olmo, extremo que no deja pasar para elogiar una vez más a Garzón cuando escribe: «Conclusión provisional: ya sabemos que -para bien, pero sobre todo para mal- Del Olmo no tiene ni la ambición ni la vista de águila de Garzón». El idilio todavía sobrevivía al difícil paso de los años.
En El desquite, un libro que denosta a Felipe González y critica a Aznar, Pedro José Ramírez acaba de entronizar a Garzón al afirmar que «desde la Audiencia Nacional había aceptado el envite de coger los toros más peligrosos por los cuernos». Un juez en la cumbre, un «juez estrella», como se decía entonces, que además de honrado, independiente y firme era, a ojos del periodista, representante de la modernidad: «Encendía las expectativas sobre la globalización de la Justicia acorde con la nueva realidad mundial».
Pero de nuevo las páginas del diario sueltan sapos y culebras contra Garzón en los últimos tiempos. Las cañas se convierten en lanzas. El juez ha cometido el pecado -¿imperdonable a ojos de Ramírez?- de poner en duda la veracidad y la honradez de los peritos del caso del 11-M, tema éste que ha sustentado el presunto periodismo de investigación de «El mundo», que algunos señalan de forma pública como el periodismo de talonario.
«El mundo» se despachó a gusto con Garzón con una retahíla de graves insultos y acusaciones: «Montaje de Garzón para criminalizar a los peritos que denunciaron la falsificación»; «Linchamiento de tres inocentes víctimas de Garzón»; « Es obvio que el juez vulneró sus garantías procesales, en una conducta rayana en la prevaricación»; «Todo esto ha sido perpetrado... por un juez que actúa sin competencias, por la noche y en secreto, con evidente mala fe, y habrá que comprobar también si con afán coactivo y de manera ilícita».
La relación, el idilio, se ha roto, y esta vez parece que de forma definitiva.
Texto de Pablo Mingote publicado por el diario ABC el lunes 9 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido. |
|
Los casos más sonados del juez
El caso de los GAL
Garzón no se arredró y entró de lleno en la trama de los GAL, encarcelando a los policías José Amedo y Míchel Domínguez, aunque no logró demostrar quién era el «señor X» -el máximo responsable de la banda-, ni tampoco pudo concluir su investigación sobre los fondos reservados del Ministerio del Interior. Este fue el caso que le lanzó a la fama.
La cúpula de ETA
En 1989 viajó a París en el marco de su investigación de la cúpula etarra. Era la primera vez que un juez cursaba una comisión rogatoria para tomar declaración a presos de ETA en Francia. A las entrevistas acudió la fiscal Carmen Tagle, asesinada cuatro meses después.
El «Achile Lauro»
Garzón logró acusar en 1992 a Monzer Al Kassar de proporcionar armas a los terroristas de la OLP que secuestraron, en 1985, el trasatlántico «Achille Lauro».
La «operación nécora»
Fue una de las mayores operaciones contra el narcotráfico en España. Intervinieron 350 policías y se saldó en los meses de junio y julio de 1990 con veinticinco detenidos, entre los que estaban los «capos» Laureano Oubiña y Manuel Charlín. Buena parte de la causa se basa en las declaraciones del «arrepentido» Ricardo Portabales.
Augusto Pinochet
Garzón cobró fama internacional por promover una orden de arresto contra el ex dictador chileno Augusto Pinochet por la muerte y tortura de ciudadanos españoles durante su mandato y por crímenes de lesa humanidad, basándose en el informe de la «Comisión chilena de la verdad» y en el caso «caravana de la muerte». Garzón ha manifestado reiteradamente su deseo de investigar también al ex secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger en relación con la instauración de las dictaduras de la década de 1970 en América Latina en lo que se llamó la Operación Cóndor.
Su lucha contra ETA
Larga ha sido la lucha de Garzón contra ETA. En 1998 cerró el diario «Egin» y su radio, Egin Irratia. Posteriormente, ordenó el cese de actividades de «Zabaltzen» y el cierre de «Egunkaria», el único diario que se editaba íntegramente en vasco. En octubre de 2002, suspendió durante tres años las actividades de Batasuna, considerando que formaba parte del entramado de ETA.
Asimismo, ha investigado a otras organizaciones del llamado Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV), como Xaki, Ekin, Jarrai, Haika y Segi, y a sociedades y organizaciones cuya vinculación con el MLNV no está clara.
La UCIFA
Por primera vez, en más de cien años de historia de la Guardia Civil, la Unidad Central de Investigación Fiscal y Antidroga de la Benemérita era prácticamente disuelta. Garzón procesó a catorce jefes y guardias civiles por pagar con droga a los confidentes.
Texto de Pablo Mingote publicado por el diario ABC el lunes 9 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido. |
|
“Doble moral con Garzón” (editorial de ABC)
La valoración de las decisiones judiciales, el desarrollo de juicios paralelos, la implicación de derechos fundamentales (honor, fama, intimidad, imagen) en la crónica judicial, constituyen los elementos de un equilibrio inestable entre prensa y justicia, lo que, por otro lado, es consustancial a un Estado democrático, basado en el control de las instituciones por la opinión pública. La dificultad de predeterminar límites a la hora de valorar informativamente la actuación de los tribunales no significa que tales límites no existan en forma de principios fundamentales, como la independencia judicial, o de interdicciones concretas, como la difamación, la injuria o la calumnia. La Justicia es un poder público y, como tal, susceptible de crítica por los medios de comunicación y por los ciudadanos.
Lo que no se integra en este cuadro constitucional de la libertad de información y de la independencia judicial, es la subversión de la función informativa -esto es, trasladar a los ciudadanos informaciones veraces y opiniones críticas- para encubrir tras ella verdaderas cacerías contra jueces o cualquier otra clase de funcionario público, sólo porque sus decisiones no secunden una determinada estrategia editorial. Si grave es este proceder en cualquier caso, más lo es cuando, a mayor abundamiento, se basa en una doble moral, que permite decir hoy de un juez exactamente lo contrario que tiempo atrás, sin más diferencia que la desafección personal, subjetiva e interesada, de quien le juzga.
Buen ejemplo de esta utilización cínica de la libertad de crítica es el tratamiento que el diario «El Mundo» está dando en las últimas semanas al juez Baltasar Garzón. En estas páginas editoriales se ha juzgado con severidad y muy negativamente algunas actuaciones de este polémico juez de la Audiencia Nacional, tanto como se le ha reconocido su aportación decisiva para ejecutar judicialmente el rearme legal del Estado frente al terrorismo. Por eso, ni entonces era la quintaesencia de la Justicia ni hoy es un villano con toga. Pero no es esto lo que nuevamente se sustancia en la retahíla de injurias que ha recibido el juez del diario «El Mundo», sino otro episodio lamentable de doble moral por parte de medios y periodistas que sólo actúan en función de sus propios y exclusivos intereses, superpuestos a cualquier exigencia ética y de servicio público.
Editorial publicado por el diario ABC el lunes 9 de octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido. |
|
|
|
Jiménez acusa ahora a los servicios secretos españoles de la matanza de los trenes
MADRID. El locutor de la Cope Federico Jiménez dio ayer una nueva vuelta de tuerca en su «teoría de la conspiración» al apuntar una nueva autoría: los servicios secretos españoles. Este es un pequeño extracto de sus peculiares «razonamientos»:
- Jiménez: Me parece que una vez le oí a Cacho un argumento que, a propósito de lo que decían antes de la ETA, yo repetía ayer (...). Hay dos posibilidades: los moritos de Lavapiés no han podido ser porque una infraestructura para volar cuatro trenes no tenían. Sólo había un perfil real de terrorista islámico, que era Lamari, cuyo lugarteniente Bensmail estaba en contacto con la ETA. Pero lo, a mi juicio, importante del asunto es que casi mejor que sean los etarras los que hayan ayudado a los moros o los hayan llevado porque la otra alternativa son los servicios secretos españoles. Si es que no hay más, capacidad técnica para hacer volar cuatro trenes sólo tienen los etarras o los servicios de seguridad.
- Jesús Cacho: U otros servicios de seguridad, marroquíes, por ejemplo.
- F.J.: Pero ayudados por los españoles, porque si no es imposible cronometrar el mecanismo de relojería del 11 al 14. Ahí necesitas españoles.
- J.C.: Mucho respaldo local, sí.
| | |
|