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Juicio 11-M: Víctimas (27 de febrero de 2007)

Por Narrador - 27 de Febrero, 2007, 8:00, Categoría: Victimas

La soledad del corredor de fondo

El 11-M dejó a este maratoniano sin sensibilidad en las plantas de los pies Sigue corriendo, pese a las secuelas, porque sólo así logra olvidar el horror «Todavía me estoy acostumbrando, no sé si mejoraré o empeoraré»

MADRID.- Gonzalo se sube la cremallera del anorak, respira hondo y echa a correr. Conforme coge velocidad, va dejando atrás los recuerdos que le despiertan por las noches. Se olvida del Orfidal, del Nolotil y del Serosat. No siente los calambres ni se acuerda de las cicatrices. Pone la mente en blanco y aquella mañana en el vagón, tendido entre un horror indescriptible, es tan lejana ya que, cuando gira la cabeza, con miedo a encontrarse allí otra vez, aparece tan sólo el tranquilizador bisbeo de las ramas de los árboles. Ni rastro de las vías.

Como el protagonista del relato de Alan Sillitoe, aquel joven corredor de medio fondo que termina rebelándose contra los que le internaron en un reformatorio, Gonzalo Villamarín, atleta popular y capitán del Ejército, corre para escapar de su condición de víctima superviviente de la masacre de Atocha. Corre para evadirse del barullo informativo que estas semanas genera el juicio del 11-M. Corre para no tener que hablar.

Aquel día se dirigía, como siempre, a su trabajo en el Ministerio de Defensa. Llevaba una revista deportiva en la mano para leer en el trayecto. Quería llegar pronto, tener tiempo para poner en orden las cosas de la oficina. Apareció el tren, abarrotado de gente. Entró, se agarró a la barra y todo saltó por los aires. No sabe el tiempo que transcurrió. Tenía un dolor inmenso en los oídos. Nada se movía. El último hombre, el único superviviente: «Había un silencio... Lo único que oía era a mí mismo pidiendo ayuda. Me sentí la persona más sola del mundo».

El concepto del sonido ha cambiado para Gonzalo. Perdió totalmente la audición en el oído izquierdo y la mitad en el derecho. Le acompaña desde entonces un zumbido permanente en la cabeza. «Gracias al audífono, yo ahora oigo tu voz, pero me retumba por dentro». Tiene que estar pendiente de los labios de su interlocutor. La bomba le reventó un pulmón y le dejó varios daños en el sistema nervioso. Pero es la sordera lo que más le ha afectado, porque le hace perder el equilibrio. Cuando corre, llega el vértigo, el miedo a caerse, el miedo a no saber dónde poner las plantas de unos pies que han quedado insensibilizados.

Las buenas noticias son que Gonzalo -cerca de 100.000 kilómetros bajo la suela de sus zapatillas, 18 maratones, dos pruebas de 24 horas y decenas de carreras- ya no corre en solitario. «Siempre me acompaña algún amigo, y ninguno trata el tema del 11-M. En el mundo en el que me muevo no les importa que yo sea una víctima. Eso es para mí lo más importante».

¿Hablar o no hablar de aquello? «No es que quiera esconderme...», comienza, sentado en una terraza del parque madrileño de El Retiro, a pocos metros del Bosque de los Ausentes. Le cuesta seguir, se le humedecen los ojos. «Pero no hablo de eso con mi mujer y mis dos hijos». Se encoge de hombros: «No les quiero hacer sufrir».

Dentro de Gonzalo bulle una contradicción. Por un lado, este leonés de 49 años desearía salir de Madrid y marcharse a vivir a un lugar «donde no llegaran las noticias». Por otro, admite que tampoco puede apartarse del mundo «y tirar el televisor por la ventana». No ha renunciado a comprar los periódicos, se manifiesta de vez en cuando con las asociaciones de víctimas y ha accedido a conceder entrevistas, aunque le cueste. Algo le llevó la semana pasada a acudir al juicio. «Fui un poco por curiosidad, por ver cómo era aquello». Ayer repitió, acompañado de su mujer. Dice que no va a volver más.

«Se pasa mal. Por lo que he visto, los que están allí son simples individuos que tenían conocimientos de los atentados. Yo creo que los verdaderos inductores no están». Mueve la cabeza. «Ayer percibí un montón de contradicciones. No creo que se vaya a saber nunca la verdad».

«El juez Del Olmo lo ha hecho muy mal. Ni siquiera han investigado algo tan obvio como el tipo de explosivos que se utilizaron», añade.

Gonzalo da gracias todos los días por haber salido con vida del tren, pero recuerda con melancolía que antes era más alegre y bromista.

- ¿Antes también tartamudeabas al hablar?

- Pues no me acuerdo.

El 11-M le jubiló del Ejército y ahora pasa los días entre la Asociación de Clubes de Carreras de Orientación de Madrid y la Asociación de Amigos del Camino de Santiago, donde trabaja como voluntario. Entrena dos días a la semana. Lo que más le gusta es participar en carreras de orientación por el bosque. Reconoce que ha bajado el ritmo y que ha perdido capacidad pulmonar. El vértigo le juega malas pasadas. «Todavía me estoy acostumbrando a todo, no sé si mejoraré o empeoraré, pero yo sigo corriendo, por si acaso, no sé».

Una información de Olga R. Sanmartin publicada por el diario EL MUNDO el martes 27 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Manjón quiere más 'pasta'

Por Narrador - 24 de Febrero, 2007, 6:00, Categoría: Victimas

  

La asociación de Manjón estudia irse de Madrid porque no recibe ayudas

El colectivo de víctimas del 11-M denuncia que Aguirre prima a entidades afines al PP

Madrid - La asociación 11-M Afectados del Terrorismo trasladará su sede social fuera de la Comunidad de Madrid "en cuanto le llegue la primera oferta" para instalarse en otra autonomía, según advirtió ayer su presidenta, Pilar Manjón. La dirigente de este colectivo amenazó con cambiar de aires tras comprobar que, por segundo año consecutivo, el Gobierno regional de Esperanza Aguirre no le ha concedido ni un céntimo en subvenciones.

Manjón, que aseguró que ya le han ofrecido locales en municipios de Castilla-La Mancha donde viven miembros de su asociación, lamentó que ésta se haya quedado una vez más fuera del reparto de ayudas a pesar de ser la más numerosa entre las víctimas del mayor atentado en la historia de España. El Gobierno autonómico, en cambio, sí ha destinado dinero de su presupuesto anual a la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) o la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M (149.000 y 240.000 euros, respectivamente).

En opinión de Manjón, Aguirre está "marginando" a su colectivo, mientras "prima" a las asociaciones afines al PP. Sin subvenciones, este colectivo de víctimas, que representa a más de 1.200 personas, se ve "incapaz" de hacer frente a los "1.200 euros" que cuesta el alquiler de su local en Madrid, que además está en condiciones "espantosas", según Manjón. La asociación tampoco puede asumir el pago de los servicios de los 29 abogados y los cinco psicólogos contratados con motivo del macrojuicio del 11-M.

El Gobierno autonómico siempre ha justificado que no subvenciona a esta entidad porque no presenta proyectos, aunque Manjón insistió en que, para ello, la Comunidad debería realizar una convocatoria pública de ayudas.

Manjón agradeció también que el Ayuntamiento de Leganés, gobernado por el PSOE, esté estudiando ofrecer un local a su asociación.

Un texto de Llorenç Martínez publicado por el diario EL PAIS el sábado 24. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

  

Juicio 11-M: Las Victimas (22 de Febrero de 2007)

Por Narrador - 22 de Febrero, 2007, 6:00, Categoría: Victimas

Testimonios (Laura Jiménez): Tres años de onda expansiva

MADRID. - El otro día Laura miró la tele de refilón y vio a uno de los acusados reírse. Aquella hilera de dientes presuntamente terroristas le mordió la mañana entera, como si la bomba que la dejó sin aire hace tres años en un tren hubiera explotado ahora en el salón de casa. «No me gustó. Dejé de seguir el juicio. No quiero verles la cara. No les odio, ni siento venganza. Aquel 11 de Marzo acabó una vida mía y empezó otra. Me repartieron otras cartas y estoy demasiado ocupada en aprender a jugarlas como para que mi cabeza piense en los que pusieron las bombas».

Quizá usted conozca a Laura, esa chica de Alcalá de Henares que supo de su embarazo un día antes del atentado, que estuvo ocho días en coma y tan hinchada que no cabía en la cama del Gregorio Marañón, que se quedó sin la quinta vértebra por desintegración, que salía en las radiografías sin pulmones, menudo álbum de fotos privadas. Se trata de esa chica que se sentó aquella mañana de marzo y que sigue sentada esta noche de febrero, una silla de ruedas «que un día tengo debajo del culo y otro, metida en la cabeza».

Laura ha hablado para los periódicos y para las televisiones, ha estado en manifestaciones y en congresos, ha dado la cara con sus piernas. Pero está cerca de la retirada. «Creo que ésta va a ser la última entrevista que doy. Estoy harta de que los políticos nos usan para su provecho. Al principio éramos víctimas, ahora somos objetos útiles. Nos clasifican: 'Tú, de derechas; tú, de izquierdas'. Si eres de una asociación, apoyas tal teoría y estás contra el Gobierno. Si eres de otra, te ríes de la teoría y apoyas al Gobierno. Me dan asco».

Antes del atentado, Laura botaba y votaba. Usaba las piernas para saltar y la cabeza para vivir la política. «Yo era una persona convencida de mis ideas, debatía con mis amigos y votaba en todas las elecciones. Pero no volveré a votar. Ya ni siquiera siento la solidaridad ciudadana de antes. La política se ha infiltrado hasta en los amigos. Todo se está pudriendo. El otro día le pedí a uno que intentara ver que la política estaba haciendo que la gente nos olvidase como seres que aún sufrimos. Me avergüenzo de nuestra clase política. A veces querría vivir fuera de España y ser sólo lo que soy».

¿Y tú qué eres, Laura? «Yo tengo que hacer mi vida, no seguir siendo víctima toda mi vida. Si tuviera 60 años, a lo mejor. Pero la bomba me estalló a los 28 y ya no quiero más vueltas y vueltas».

Las vueltas las ponen las ruedas de su silla, esos pies redondos que mueve con las manos y que le recuerdan su «segunda vida», como dice ella. La silla le ha traído ocupaciones nuevas, más tiempo para la familia y un poco de terapia profesional para ir tirando. Cuando un sobreviviente habla, siempre dice que le importan cosas que antes no le importaban. A Laura también le pasa, pero eso sólo la consuela la mitad. «Me encantaría tener los problemas de coco que tenía antes del atentado».

A Laura se le salen las sinceridades por la boca, ni esa imagen de víctimas sobrehumanas que pueden con todo ni el tremendismo lagrimal que hay en quien ensaya ante las cámaras.

Al lado de un mal rollo convive la vida, tan cabezona. «Yo celebro cada 11 de marzo. Mi novio y yo nos juntamos con mis hermanos y sus parejas y nos vamos a cenar por todo lo alto. Ellos dicen que ese día nací otra vez. En el hospital les dijeron que yo era joven y que los milagros existían. Me inculcaron tanto esa idea que es como si tuviera dos cumpleaños».

El milagro todavía no se lo explica la enfermera que sigue cruzándose cartas y llamadas con Laura. Cuando llegó al hospital, era una víctima sin posibilidades, un cuerpo sin cara sólo reconocible por una marca de nacimiento en la frente intacta. Laura oyó a la enfermera pedir a gritos una radiografía y tuvo un instante de consciencia para negar con el brazo y señalarse la tripa embarazada. Después, el sueño del coma le ahorró unos días la mala noticia del aborto involuntario, quién sabe si otra vida menos en las cuentas de los terroristas.

En el hospital no le encontraban los pulmones, ni la vértebra que picoteó tanto el canal medular. «Toda la explosión se me quedó dentro... en todos los sentidos. El embarazo me duró un día. Ahora tengo una vida más chunga y me joroba tener miedo a los lugares muy concurridos o incluso a ponerme de pie. Puedo estar un rato de pie, pero tengo miedo. Es como si ellos hubieran ganado. Pero sé que al final ganaré yo. Les contaré a mis hijos quiénes, cómo, cuándo y por qué pusieron las bombas». Ese día, habrá que hacer otra entrevista.

Una información de Rafael J. Alvarez publicada por el diario EL MUNDO el jueves 22. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

Juicio 11-M: Las Victimas (17 de Febrero de 2007)

Por Narrador - 17 de Febrero, 2007, 8:00, Categoría: Victimas

  

«Quería decirles a la cara que mataron a mi bebé antes de nacer»

MADRID. Aprovechando el primer receso de la sesión de la mañana, Adeniria esperó a que la sala de vistas quedara casi vacía para acercarse a la «pecera» blindada en la que están parte de los acusados. Cuando consiguió atraer su atención, juntó los puños y los movió para indicarles que su deseo es estrangularlos: «Necesitaba verles las caras, decirles a la cara que mataron a mi bebé antes de nacer», dijo.

Su gesto no se quedó sin respuesta. Rafa Zouhier le dijo que «no» con los dedos y, tras aproximarse a ella, pegó al cristal un papel que ya tenía preparado por si algo así sucedía, el mismo que el día anterior mostró a Pilar Manjón. En él podía leerse la siguiente frase: «Pobres víctimas». La reacción de Adeniria fue de absoluta indiferencia: «No he sentido nada, sufrí tanto que ya no puedo sufrir más. Pero les veo a todos caras de terroristas, ¿no creen?».

Esta mujer de nacionalidad brasileña estaba embarazada de tres meses, «casi cuatro», cuando el tren de El Pozo saltó por los aires. Pese a la desgraciada pérdida del bebé, reconoce que aún tiene que dar gracias por estar viva y poder atender así a sus otros dos hijos, de 20 y 4 años de edad. «No tuve ninguna lesión porque me subí justo en el vagón en el que los terroristas colocaron la mochila-bomba que no llegó a estallar», la misma que dio a la Policía la pista clave para llegar a los autores de la matanza.

Tras el atentado, ella albergó la esperanza de poder ver nacer a su bebé con normalidad. Sin embargo, a finales de marzo empezó a sentirse mal y a tener contracciones y fue el médico, el 30 de marzo, quien tras la exploración le comunicó que el feto llevaba diez días muerto.

Ahora sólo le queda el consuelo de que la Audiencia Nacional haga justicia y que los culpables paguen por este crimen con la cárcel.

Texto de N. Colli y D. Martínez publicado por el diario ABC el sábado 17 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

  


  

Los psicólogos del 11-M. "Recomendamos a las víctimas ver sólo un telediario al día"

Madrid - Syra Balanzat se sienta cada día del juicio al lado de quien peor lo pasa. Su profesión es la de psicóloga. Su labor, la de observar a las víctimas, la de estar pendiente de sus gestos, la de prevenir que se derrumben.

Días antes de las sesiones, el equipo de psicólogos en el que trabaja Balanzat, contratados por la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M, evaluó personalmente cada caso. "Les hicimos un cuestionario y vimos cómo respondían. Dependiendo de la ansiedad con la que reaccionaban les aconsejamos que acudieran o no. A pesar de eso, hay quien, a pesar de nuestras recomendaciones, ha venido. Sabía que lo podía pasar muy mal y ha venido. Es gente valiente".

En ninguna de las dos sesiones que se han celebrado se han producido ataques de pánico, desmayos o episodios de histeria. Tampoco incidentes. Cuando termina cada sesión, los familiares de los que murieron en los trenes salen en grupos en dirección a la ciudad. Caminan con calma. A veces con los ojos hinchados, pero con calma.

Balanzat lo explica: "Venían muy preparados. Sienten mucha rabia cuando los acusados se niegan a responder, pero saben sobreponerse". Se nota que está orgullosa de ellos.

"También hay que decir que se han sentido arropadas. Por ejemplo, el primer día, el presidente del tribunal, Javier Gómez Bermúdez, bajó a la sala donde se colocan las víctimas, en una sala aparte, en la planta baja, y les preguntó si querían algo. Algunos le pidieron subir a la planta principal para seguir el juicio con los encausados cerca".

Técnicas de respiración

Si en algún momento Syra observa que alguien rompe a llorar, o suspira, o se congestiona, se acerca, le recuerda las técnicas de respiración o de relajación y procura calmarlos. Por lo general lo consigue.

"El primer día hubo sesión de diez a dos y de cuatro a ocho de la tarde; terminaron agotados, y muchos necesitaron nuestra ayuda. En esos casos, lo mejor es ayudarles a que se expresen, ésa es la mejor manera de expulsar la angustia", asegura. Y añade: "Para ellos es muy duro. Ver la cara de los presuntos asesinos es muy duro"

Los consejos no sólo sirven para el momento del juicio. "Les pido que no vean más que un telediario al día", explica Syra. Les recomienda también no seguir el juicio todos los días en directo, buscarse actividades a fin de no pensar continuamente en lo mismo, acudir a la sala con algún familiar...

Lecciones simples para sobrellevar el horror.

Texto de Antonio Jiménez Barca publicado por el diario EL PAIS el sábado 17 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

  

Juicio 11-M: Las Victimas (16 de Febrero de 2007)

Por Narrador - 16 de Febrero, 2007, 7:00, Categoría: Victimas

El primer día de la vista oral despierta poca expectación

La sala de audiencias no se llenó y las víctimas no agotaron sus acreditaciones

MADRID.- Una tanqueta de la Policía Nacional a la entrada del recinto ferial de la Casa de Campo. De camino, hileras de furgonetas blindadas y de agentes antidisturbios. Un helicóptero sobrevolando la zona, a veces a baja altura. El gran dispositivo de seguridad parecía preludiar un evento multitudinario, con masas manifestándose a las puertas de la sede de la Audiencia Nacional, decenas de víctimas protestando por no poder acceder a la sala, cientos de curiosos y una pléyade de periodistas sin acreditación. Y no hubo nada de eso.

El comienzo del juicio por la mayor matanza terrorista de la Historia de Europa no despertó la expectación esperada. La sala de audiencias (con capacidad para 80 personas) ni siquiera se llenó, y las habitaciones reservadas para las víctimas no registraron ni media entrada. Eso sí, las pocas que acudieron ofrecieron, una vez más, una lección de discreción y serenidad.

Javier Gismero, que resultó gravemente herido en la explosión del cuarto vagón del tren de la calle de Téllez, se negó a permanecer en la estancia reservada para los afectados e insistió en entrar como público. Como él hicieron muchas otras víctimas, que así se sentaron a apenas unos metros de los acusados, y prácticamente sin separación física entre ellos. «Yo necesito ver a los que fueron capaces de hacer eso, pero no a través de una pantalla de plasma: quiero ver su mirada», insistió Javier.

Explicó cómo, cuando los 29 procesados fueron introducidos en la sala, tuvo una «gran emoción». «Después ya estuve muy tranquilo, aunque al verlos, no dejaba de preguntarme: '¿Cómo es posible que unas personas tan jóvenes hayan hecho algo así?'». Como el resto de víctimas presentes, afrontó con gran entereza el comienzo de la vista oral. Javier se mostró convencido de que el tribunal va a realizar un «esfuerzo titánico por encontrar la verdad: no mi verdad, ni la de EL MUNDO o la de El País... La verdad».

Por la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) sólo asistieron cinco familias, que además renunciaron a volver después del receso de dos horas que se hizo para el almuerzo. La responsable de su Departamento Social, Beatriz Barcia, aclaró que sólo unas 30 o 40 familias -una importante minoría- lo habían pedido, y que muchas de éstas prefirieron no acudir el primer día, para evitar «la gran expectación mediática».

Las que sí lo hicieron, según Barcia, «lo han vivido con mucha tranquilidad, aunque obviamente las procesiones van por dentro». «Para algunas, este proceso es positivo; para otras, les puede hacer revivir las patologías psicológicas que sufrieron tras el atentado. Cada una es un caso diferente», dijo Barcia.

La Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M tampoco agotó su cupo de acreditaciones: sólo fueron 15 de sus asociados, entre las que no se encontraba su presidenta, Angeles Domínguez, quien se excusó en que «no estaba preparada». Syra Balanzat, psicóloga de la asociación, recordó que «el primer día era especialmente difícil, ya que las víctimas no saben a qué se van a enfrentar».

Otro grupo, de unas 15 personas, acudió acompañado de una trabajadora social de la Oficina de Apoyo del Ministerio del Interior.

Por el contrario, a la asociación que preside Pilar Manjón las 50 invitaciones que recibió se le quedaron cortas. «No sé por qué no nos han dado más: ahí dentro, desde luego, había muchos que no eran víctimas», se quejó Manjón.

Ésta, que a la entrada aseguró que sentía «mariposas en el estómago» ante la posibilidad de ver cara a cara a los «posibles asesinos» de su hijo, comentó durante un receso que, en el momento en que entraron los 29 procesados, se colocó frente al habitáculo blindado y les miró directamente a la cara. Añadió que ninguno de ellos pudo sostener su mirada. «Que recuerden mi cara, porque voy a ser su peor pesadilla», proclamó.

Las declaraciones de Manjón antes, durante y después de la sesión fueron de lo poco que justificó la presencia de más de 200 periodistas de todo el mundo en los alrededores de la sede judicial. Para ellos, la de ayer fue una jornada de tedio, apenas sazonada con otras intervenciones, como la que realizó el diputado popular Gustavo de Arístegui para la BBC, en un perfecto inglés.

Por lo demás, apenas revolotearon unos pocos curiosos, que contribuyeron a animar un día que para muchos empezó a las 7.00 horas. Así, un grupo de jubilados consiguió burlar el cordón que organizó el jefe de seguridad de la Audiencia -que facilitó enormemente el trabajo de los medios- y fue invitado a abandonarlo por un policía. «¿Pero usted no sabe quién soy yo?», replicó, entre risas, uno de ellos.

Compromiso de las TV

MADRID.- El presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), Fernando González Urbaneja, señaló ayer que el juicio del 11-M supone «una magnífica oportunidad para acreditar unas buenas prácticas periodísticas».

Urbaneja reclamó dejar el macrojuicio en manos de «gente que entienda», que es la gran mayoría en las secciones de tribunales de este país, y mostró su preocupación por que «acuda gente de mundos vinculados al 'espectáculo' informativo, que irrumpa como elefante en cacharrería», informa Servimedia.

En cuanto al uso de las imágenes sobre los atentados, el responsable de la APM dijo que «no hay ninguna dañina en sí misma si se presenta adecuadamente. Lo dañino es la recreación o la reiteración innecesaria de imágenes».

Todas las televisiones, tanto públicas como privadas, aseguraron que no emitirán ninguna imagen sobre los atentados del 11-M que puedan dañar a las víctimas.

Alicia G. Montano, subdirectora de Informativos de TVE, dijo que eludirán «cualquier imagen que pueda contribuir a reavivar el dolor de las víctimas». El subdirector de Informativos de Telecinco, Carlos de Francisco, aseguró que «no va a mercadear con la emoción» y Oscar Vázquez, subdirector de Informativos de Antena 3, añadió que «informará siempre con respeto absoluto hacia las víctimas».

Una información de Joaquín Manso publicada por el diario EL MUNDO el viernes 16 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


El juez Gómez Bermúdez se reunió con las víctimas

MADRID.- Las víctimas fueron las protagonistas de la primera jornada. También para el presidente del tribunal que juzga el 11-M, el magistrado Javier Gómez Bermúdez.

Fue durante el primer descanso fijado por este juez, tras comenzar los interrogatorios de las partes a uno de los presuntos implicados en la masacre, Rabei Osman, Mohamed El Egipcio.

Las víctimas no estaban todas en la sala en la que se celebraba el juicio, donde se encontraban los procesados. Un importante número de ellas se ubicaba en una segunda sala cercana a la del juicio. Hacia allí dirigió sus pasos Gómez Bermúdez. Y durante ese breve descanso, el responsable del tribunal estuvo departiendo con las víctimas.

Según explicaron a este periódico algunos de los asistentes, Javier Gómez Bermúdez estuvo explicándoles cómo iba a ser el proceso. «Con paciencia y mucho cariño», según relataron estos testigos, el magistrado les explicó cómo se iban a desarrollar los interrogatorios, quiénes iban a comparecer primero... toda una serie de detalles de procedimiento para que se familiarizaran con el juicio.

Estas labores habían sido ya realizadas durante semanas por los psicólogos con las víctimas que tenían previsto acudir a las sesiones de la Casa de Campo.

«Quiero verlos»

El magistrado también les apuntó algunas estimaciones sobre los plazos y les preguntó si necesitaban algo. En ese momento, un señor de mediana edad se le acercó. Su hijo había muerto como consecuencia del atentado del 11-M. Roto de lágrimas le explicó al juez: «Yo sólo quería venir hoy y lo que quiero es verles la cara a éstos», en referencia a los procesados. Esta víctima no tenía en ese momento una visión directa de los acusados. El magistrado se comprometió a hacer «todo lo posible» para lograr que ese hombre viera cumplido su deseo, su intención, ver el rostro de los que están acusados de participar en el asesinato de su hijo.

Cuando regresó a la sala, antes de reanudar la sesión, el magistrado dio instrucciones para que acondicionaran más asientos en el espacio reservado para las víctimas. Una fila más de sillas se colocó inmediatamente, lo que permitió que muchos de los que se encontraban en la otra sala pudieran entrar en la principal.

Aquel hombre que perdió a su hijo el 11-M vio cumplido su deseo y pudo ver en directo el rostro de los acusados.

Una información de F. L. publicada por el diario EL MUNDO el viernes 16 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


«Son más cobardes de lo que pensaba»

Los familiares de las víctimas acudieron a la primera sesión del juicio para ver de frente a los presuntos autores de la matanza del 11-M, que esquivaron sus miradas. «Es muy duro tenerles a menos de un metro de distancia»

Madrid - Ayer era el día más temido y esperado por los familiares de las víctimas del 11-M. Temido porque el comienzo del juicio contra los presuntos asesinos de sus padres, madres, hijos o hermanos reabre una herida que ni mucho menos está cerrada; esperado porque casi tres años después iban a poder mirara a la cara a las personas que destrozaron sus vidas. Ayer, en fin, era el día de la justicia, pero sobre todo de las víctimas. Tenían un lugar reservado en la sala de vistas -al igual que los familiares de los acusados, que acudieron en bloque- y una amplia habitación en el sótano del pabellón de la Audiencia Nacional en la Casa de Campo desde la que podían seguir los acontecimientos, pero al final sobraron sitios. Pese al trabajo previo desarrollado por los psicólogos, muchos decidieron no asistir, y algunos de los que lo hicieron tampoco consiguieron reprimir las lágrimas mientras esperaban turno para acceder al edificio.

Eso sí, los que reunieron las fuerzas suficientes para pasar por el trance tenían un objetivo prioritario: mirarles a los ojos para preguntarles sin palabras por qué desencadenaron la matanza. Sólo ese impulso consiguió que Nieves Ortega se acercara ayer a la Casa de Campo. Su marido, Eduardo de Benito, fue una de las 191 personas que murieron en los trenes de Cercanías madrileños, y aunque tiene muy claro que no acudirá a más sesiones del juicio -«espero que termine cuanto antes»-, se sentía obligada a pasar por este trance. «Quise abrir la caja de Eduardo por si se habían equivocado al identificarle, y sé que me hubiera arrepentido si no venía para mirarles de frente». Sin embargo, los acusados ni siquiera le concedieron esa pequeña «victoria». «No te miran a la cara, no hablan entre ellos ni hacen gestos. Sólo bajan la cabeza. Son más cobardes de lo que pensaba», sentencia.

Los 19 procesados encerrados en la «pecera de cristal y los diez que se sentaban en la sala tampoco reaccionaron cuando una víctima, sin poder contener su indignación, gesticuló contra ellos. O cuando Pilar Manjón se puso de pie frente al habitáculo blindado buscando algún gesto de arrepentimiento en su mirada. Ni cuando Ruth Rogado les enseñó la foto de su padre, Ambrosio, encastrada en un colgante que siempre le acompaña. «Les tengo a menos de un metro. Es duro, pero quería verlos antes de que se pudran en la cárcel», comenta.

Abajo, en la sala de víctimas, Syra Balanzat y Cristina Halffter, psicólogas de la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M, apoyan a los que han preferido no cruzarse con los acusados. «Nuestra recomendación es que no vengan, pero los que lo han hecho están bastante tranquilos y muy atentos a todo», señalan. Era el primer día de una dura prueba, y la superaron con nota.

La AVT pide que se reabra la comisión parlamentaria del 11-M

El vicepresidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), Gabriel Moris, consideró ayer en Burgos «conveniente» que se reabra la comisión parlamentaria de investigación sobre los atentados del 11-M. Moris consideró que la comisión de investigación creada por el Parlamento fue «una farsa» y estimó que conviene «reabrirla».

Una información de E. Fuentes publicada por el diario LA RAZON el viernes 16 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


  

Cara a cara tres años después

MADRID. Escarcha en las inmediaciones de la sala especial de la Audiencia Nacional de la Casa de Campo de Madrid, a un grado bajo cero de temperatura, y gélida pasividad de las cámaras y los micrófonos (muchísimos de ellos de medios extranjeros) a primera hora, por escasez de material humano que llevarse a la crónica. El ambiente en el exterior del recinto en el que se celebra el juicio del 11-M, estrictamente controlado por razones de seguridad, no dio cabida a las expansiones y pasiones ciudadanas, tan efervescentes en los últimos días, y quedó reducido, sustancialmente, a la expectación de los periodistas «de calle» y a la férrea vigilancia de trescientos policías y un helicóptero. Hasta que todo cambió y se salió del guión de lo previsible con la presencia de una mujer tocada de «hiyab», de nombre Jamilah, que resultó ser la protagonista de aquel terrible caso aireado en un reportaje televisivo: ella es, a la vez, la madre de una cría de trece años asesinada en los trenes y esposa de Abdenneri Ensabar, un imputado en los atentados que finalmente no ha sido procesado.

Pocas ganas de hablar

El medio centenar de víctimas del 11-M que, como Jamilah, optó ayer por asistir a la vista lo hizo con recogimiento y con pocos deseos de hablar con los medios de comunicación, por propio hastío o por consejo de sus psicólogos. La presión periodística es, para muchos, un pozo de amargura porque, inevitablemente, se les pide el detalle de su historia particular, de las heridas que sufrieron o del familiar que perdieron. En esas condiciones, son los menos los que han tenido fuerzas (y sitio, pues hay obvios problemas de espacio) para enfrentarse, cara a cara, con quienes se sientan en el banquillo.

Sí llegó, casi una hora antes del comienzo del juicio, la presidenta de la Asociación de Afectados 11-M, Pilar Manjón, que coincidió con el paso del furgón que trasladaba a los encausados. «Siento -declaró, mirando con aprensión aquel vehículo- vértigo y miedo al saber que están ahí quienes nos destrozaron la vida». Ahora, dijo entre lágrimas, sólo espera «mirarles a la cara y una sentencia digna». «Si no creyera en la Justicia -añadió-, me habría suicidado el día que mataron a mi hijo». Por ello, se quejó de «la teoría de la conspiración que llevamos aguantando tres años, y que ha ido cayendo por su propio peso con el ácido bórico, la mochila y la Orquesta Mondragón».

Quienes dentro del movimiento asociativo de las víctimas, dolorosamente dividido, no comparten esa opinión y sí consideran las tesis «conspirativas» no se dejaron ver por la vista . Tal fue el caso de la presidenta de la otra asociación, la de Ayuda a Víctimas del 11-M, Ángeles Domínguez, y del vicepresidente de la AVT Gabriel Moris, que prefirió viajar a Burgos para dar una conferencia. Personas cercanas a ambos argumentaron que pasan «por un bajón anímico».

Psicólogos de guardia

Sira Balanzat, psicóloga de la Asociación de Ayuda a Víctimas del 11-M, explicó que se les ha habilitado una dependencia anexa a la sala de vistas para hacer frente a cualquier crisis de ansiedad. No sólo no considera raro que tal eventualidad pueda producirse, sino que estima altamente probable que sus servicios sean necesarios, a la vista de la casuística de los últimos días. De hecho, según manifestó ayer el director general de Atención de las Víctimas del Terrorismo del Ministerio del Interior, José Manuel Rodríguez Uribes, la demanda de atención psicológica de quienes sufrieron los atentados se multiplicó ante la proximidad del juicio y hubo que trabajar a destajo para atenderla.

Es el aspecto humano, el irreparable, en un momento en el que buena parte de la cuestión económica está liquidada: las víctimas del 11-M han recibido casi 64 millones de euros en concepto de indemnizaciones, y sólo quedan unos cuantos casos («dos o tres») pendientes de resolución, cuando los engranajes de la Justicia ya se han puesto en marcha.

«Les enseñé la foto de mi padre y no me aguantaron la mirada»

Su nombre es lo de menos. Fue Ella, como podía haber sido cualquiera de los familiares de los otros 190 asesinados en los atentados de los trenes. Tuvo energía suficiente para, a sus no más de veinte años, enfrentarse de nuevo a la sinrazón que aquel día le arrancó a su padre. Ayer, como tantas otras víctimas, acudió a la vista oral. Menuda, castaña y con sus gafas de pasta, Ella se sentó entre el público, pero no en cualquier lugar. Apenas un metro y un cristal blindado separaban a esta huérfana de Zougam y Trashorras. Durante el juicio, sus ojos despiertos no quisieron perderse nada. Escuchó con valentía las preguntas de la fiscal a «El Egipcio», preguntas que caían en saco roto al no querer contestar el procesado. Con discreción y sin que nadie, salvo los que tenía a su lado, se percataran, Ella sacó la foto de su padre y la mostró en silencio a Zougam y a Trashorras, como pidiendo la respuesta que el primer procesado no quiso darle. Fueron unos segundos. Entonces se dio la vuelta, sonrió y, agarrada al brazo de su amiga, le susurró hasta tres veces: «Les enseñé la foto de mi padre y no me aguantaron la mirada».

Texto de Blanca Torquemada publicado por el diario ABC el viernes 16 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

 


  

Lavapiés pasa de puntillas por el recuerdo de la matanza

MADRID. Tres años después de la matanza terrorista en los trenes de Cercanías, Lavapiés sigue hablando en árabe. El barrio de las cien nacionalidades no olvida, pero tampoco quiere recordar, y arrastra su mirada por los adoquines cuando se le hace referencia a lo ocurrido aquella mañana nefasta.

Es jueves y llueve. El recorrido comienza en la calle del Tribulete, en este céntrico barrio madrileño que ya poco sabe de casticismo. Fue hasta allí donde llevó el rastro de la mochila-bomba que no explosionó. Fue allí de donde salieron las tarjetas de los teléfonos móviles que activaron la barbarie. Fue allí donde Jamal Zougam regentaba desde hacía unos años su locutorio, epicentro de la muerte.

«¡Todavía estáis con el 11-M!». Ése es el recibimiento que se nos dispensa en nuestra primera parada, un restaurante árabe del barrio. Dos clientes observan la escena. El propietario del local indica que aún no trabajaba en Lavapiés cuando ocurrieron los atentados. Esa misma respuesta se repetirá en diversas ocasiones durante el recorrido por los establecimientos de la zona.

Un comerciante español recuerda el día en que se produjeron las cuatro detenciones en el barrio cuando apenas habían pasado 20 de los atentados. «Me enteré por medio de otros vecinos». Quien habla conocía a Jamal Zougam. «Era cliente; venía a comprar escarpias, destornilladores... Como cualquier otro hijo de vecino. Llevaba unos cinco o seis años en Lavapiés. Era de trato muy normal».

Eso mismo pensaba una señora, clienta del locutorio del supuesto terrorista, que le definía como «muy simpático» y explicaba que le «atendía muy bien» cuando acudía a comprarle una tarjeta para su teléfono móvil.

El mutismo entre la amplia comunidad árabe persiste: «Es que todos los de los negocios de por aquí son amigos de Zougam», aclara otro español. «Aquí hay un caldo de cultivo desde hace mil años», añade.

Un par de meses

En Tribulete, vuelve a haber un locutorio en el local donde Zougam abrió el suyo. Lleva abierto apenas dos meses. Tras el paso del terrorista, se cerró. Luego fue una tienda de telefonía, y ahora, de nuevo, un locutorio, regentado por un ciudadano de Bangladesh que no sabe -o no quiere- hablar español. Uno de sus clientes, a regañadientes, decide responder, medio en árabe, medio en español: «La convivencia se lleva como se puede, ¡coño! Hace tres años, el problema entre españoles y árabes era diferente. Había problemas por Atocha», masculla, en referencia a los atentados.

En una carnicería tampoco quieren decir nada: «Yo no estaba en España entonces. Me encontraba en Marruecos. Muy lejos. No oí nada». «¿Atentado? ¿Qué atentado?», inquieren, con ironía, en otro comercio, español, cuando se les pregunta por el 11-M. ¿Hay malestar? «No tenemos problemas. Todo está perfecto. Lo único que molestan son los negros que mean y cagan aquí mismo». La respuesta es hostil, corta... Para no seguir la conversación.

Todo lo contrario a lo que ocurre con otro comerciante de Lavapiés. Sus primeros recuerdos son del caos de tráfico que vio aquella mañana, pasadas las siete y media, cuando llevaba a su hija al colegio. Cuando vio un reguero de ambulancias colapsando la calle del Doctor Esquerdo, entendió que algo excepcional estaba ocurriendo. «Y me enteré al poner la radio del coche. Sentí mucho miedo, mucho terror».

Quien habla es de nacionalidad iraquí, aunque lleva 28 años en España. Profesa el islam, pero no entiende a los extremistas. Quienes pasan todo el día en Lavapiés aseguran que «en esta zona hay un núcleo de gente de Al Qaida». «Han montado dos bares en el barrio, que es donde se reúnen. Tienen metido en la cabeza que son quienes llevan la razón. Van diciendo que si un chií hace daño a un suní, le cortan la cabeza». Uno de esos locales de comidas a los que se refiere es el local donde se reunía Zougam con sus compañeros y donde, dicen, se sirve un magnífico cuscús, «el mejor de Madrid». El comerciante asegura que, al poco tiempo de abrir su tienda, «vinieron a preguntarme qué era, al enterarse de que nací en Irak». «Me aseguraron que, si era suní, me ayudarían a levantar el negocio. Son una mafia».

«Millones de Bin Laden»

También afirman que esos grupos radicados en Lavapiés «captan muyahidines para mandarlos a Irak». Precisan que algunos vecinos han presentado una denuncia en la comisaría, que la Policía ha acudido al barrio y ha mostrado fotografías de sospechosos. «El peor error de los americanos es haberle dado tanto bombo a Bin Laden, porque eso ha generado millones de Bin Laden. Los terroristas de aquí están muy unidos y son muy locos y radicales. Los bares los han montado en apenas un mes».

Lavapiés sigue a lo suyo, ganándose a pulso, por su paisanaje y olores, el apelativo de la «kashba» madrileña. A dos pasos del locutorio de Zougam, Nuevo Siglo, se parapeta el mercado de San Fernando. Allí regentaban una pescadería otros dos detenidos en la operación policial del 11-M, aunque después serían puestos en libertad. «Uno de sus hermanos tiene una tienda de ropa y bolsos en la calle de Caravaca». Fue precisamente allí donde la Policía compró unas mochilas -realmente, bolsas de viaje- que se asemejaban a las utilizadas por los terroristas en el 11-M, aunque el tejido era distinto.

Lo que no son diferentes son las miradas esquivas. Las frases que no dicen nada. La mala excusa. La sordera ante preguntas inoportunas. Pero también el dolor llegado un jueves de marzo, gris como ninguno. El mismo dolor que rechazó el olvido.

Texto de Carlos Hidalgo publicado por el diario ABC el viernes 16 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

 


  

La vida continúa en tren

MADRID. «La vida sigue, la vida sigue, la vida sigue...». A oleadas, un mantra cadencioso repite esta oración. Hay quien la utiliza como un conjuro contra el dolor y el recuerdo. Pero es pura evidencia para quienes se encaramaban este jueves, como la víspera, como cada madrugada, al tren de Cercanías que une Alcalá de Henares con Atocha, epicentro negro del 11-M. Misma hora, 7:03 de la mañana, misma línea que el primero de los trenes masacrados hace 1.072 días. Largo tiempo para mantener las heridas al aire, demasiado escaso para que cicatricen las de quienes sufrieron aquel infierno en carne propia o de un ser querido.

Muchas de las víctimas directas no son capaces de ver un tren, menos aún de subirse, pero para la inmensa mayoría de los usuarios la vida se impone. «Es que no se puede hacer otra cosa. Yo entonces no trabajaba en Madrid, pero ahora cojo el tren a diario y no pienso en que éste fue uno de los de las bombas». Laura Macías, 24 años, ha oído hablar del juicio. «No espero nada, la verdad. Hacer justicia está bien, pero no va a devolver la vida o la salud a tanta gente». El drama sólo la rozó. «Murió un amigo de mi novio, la hija de una vecina, un ex compañero de colegio, y un conocido del barrio, aquí en Alcalá».

Parada en Santa Eugenia, una de las estaciones del vía crucis que Al Qaida «regaló» a España. Son las 7:29 y aún noche cerrada. Casi media hora de trayecto en un silencio sobrecogedor. Pudiera decirse que religioso, pero la realidad es más prosaica. Los tempraneros del Cercanías arrastran sueño a espuertas y, entre estación y estación, muchos arañan minutos para unas cabezaditas. Otros se asoman al mundo desde las páginas de la prensa. Los más jóvenes se ensimisman con el abejorreo de sus MP3.

Cruzar fronteras

Nadie habla porque no son horas. Si lo hicieran, el tren de dos pisos parecería Babel, porque hay vagones donde cuesta encontrar fisonomías autóctonas. Ismael dice llamarse así y dice ser nigeriano. A saber. El 11 de marzo de 2004 no estaba en España, empeñado quizá en cruzar fronteras geográficas y legales. Puede que siga en las mismas. Las bombas, los trenes reventados, la sangre, son para él un eco lejano. «Me lo han contado, pero no sé nada más». Del juicio tampoco, se excusa.

En El Pozo, la estación que fue regada con mayor número de cadáveres, a las 7:35 entra Justo («el apellido no lo digo, ¿dónde dices que escribes?»). Conserje de inmueble fino, confiesa que tras la masacre -«yo estaba de baja»- rehuyó el tren unos días. «Luego volví, como todos». A la hora de impartir justicia contra los autores del 11-M confía más en el veredicto divino, y abomina del «circo» político orquestado en torno al proceso. «Me tienen asqueado. Y aburrido», zanja.

Hay quien dice que el dolor de una tragedia así se adhiere al inconsciente colectivo y pesa el recuerdo de los que ya no volverán a tomar el tren. Es muy posible. Pero también es cierto que debajo de la sordina matinal la vida hierve cada jornada en el hormiguero de Atocha. El gran nodo ferroviario de la capital es a las 7:44 de la mañana un microcosmos veloz donde confluyen ríos de gente, y asombra que el 11-M no dejara aún más muertos.

Santuario de manos

Casi tres años después, el vestíbulo central de la estación de Atocha ya no huele a cera y a lágrimas. Del santuario de velas rojas que dio la vuelta al mundo sólo quedan hoy el Espacio de Palabras, dos paneles electrónicos y la web www.mascercanos.com habilitados por Renfe. En ellos depositan transeúntes y viajeros sus testimonios y la impresión digital de sus manos. Hasta ahora, 105.642 manos blancas por la paz, contra el terrorismo de todo signo.

Hay mensajes de solidaridad, de rabia, de amor, contra el olvido y también contra la mistificación de la historia. Sobre uno de los paneles alguien depositó este jueves la fotocopia de un titular periodístico del 8 de julio de 2006: «El juez concluye el sumario y sostiene que en el 11-M influyó el apoyo a la guerra de Irak».

Fuera, entre el tráfico demencial de Madrid, se erige poco a poco un memorial de cristal y luz. Para los ausentes. Para todos.

Texto de Arantza Prádanos publicado por el diario ABC el viernes 16 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

  


 

"¡Eres un asesino!"

La hija de un fallecido en el 11-M se encara con Jamal Zougam, uno de los acusados

Madrid - Ruth Rogado acudió ayer al juicio del 11-M armada con la foto de su padre para soportar la sesión. Era una manera de darse fuerzas.

Ambrosio Rogado tenía 54 años cuando murió por el bombazo del tren de la calle de Téllez de Madrid. Era agente de seguros, alegre y amante de hacer bromas, estaba casado y tenía dos hijos. El pequeño, Rubén, tiene ahora 23 años; la mayor, Ruth, 28.

Ruth, siempre con la foto en la mano, se llevó una sorpresa cuando ayer, poco antes de las diez de la mañana, le asignaron el sitio desde el que contemplaría la sesión. "En primera fila, a un metro de ellos", exclamaba. "No me lo esperaba, el verlos así, tan cerca, a un paso...". "Ellos" son los encausados que -a excepción de Rabel Osman el Sayed El Egipcio, que estuvo declarando- asistieron al juicio desde una cámara blindada, sentados en unos bancos de madera.

A un metro de Ruth estaba, con el cristal de por medio, Jamal Zougam, acusado de ser uno de los autores materiales del atentado. Es el propietario del locutorio telefónico del que salieron las tarjetas prepago que había en los teléfonos que sirvieron para activar las bombas. Además, hay varios testigos que afirman haberle visto en los vagones. Uno asegura incluso haber recibido un codazo de Zougam cuando éste depositaba la mochila con la dinamita debajo de un asiento del tren.

En un momento de la sesión de la mañana, Ruth se encaró con Zougam. Se acercó aún más a él y, a través del cristal que les separaba, le gritó: "Eres un asesino".

El otro la oyó. "Y se señaló, diciendo que él no había sido, y compuso un gesto que quería decir que él no tenía nada que ver".

Ruth se pasó buena parte del juicio mirando al frente, a la cara de los hombres encerrados en la pecera blindada, a los acusados de haber matado 191 personas, entre ellas a su padre.

"Pero ellos no aguantaban la mirada, me llamó la atención eso, por lo general no se atrevían a aguantarme la mirada, bajaban la cara y miraban al suelo", afirmaba Ruth a la salida del juicio. "Y el peor de todos es [José Emilio] Suárez Trashorras, [acusado de vender la dinamita a uno de los integrantes de la célula islamista, Jamal Ahmidan, El Chino], ése es al que más odio le tengo, ése tampoco se atrevía a aguantar la mirada, se ponía de espaldas".

Joëlle Voyer Chaillou, una ciudadana francesa que la mañana del 11 de marzo viajaba en el tren que explotó en la estación de El Pozo también necesitó protegerse con algo mientras asistía al juicio.

Ayer, acudió temprano para conseguir una acreditación; llevaba meses pensando en el juicio. Pero cuando éste comenzó le ahogaba la angustia de contemplar de cerca a las personas que a punto estuvieron de matarla. O de escuchar la negativa de El Egipcio a responder las preguntas de la fiscalía.

Y se puso a leer el periódico. Para intentar distraerse y pensar, infructuosamente, en cualquier otra cosa que la sacara de ahí por un momento. Voyer, de 54 años, trabajaba de bibliotecaria en el Palacio Real. Después del atentado sufrió heridas físicas, como las del oído. Y otras invisibles que le han perseguido mucho más tiempo, y que aún la persiguen: "Me he vuelto más nerviosa, más irascible, más agresiva, tengo muchos más despistes, soy incapaz de dormir seguido y padezco pesadillas".

La mujer continuó: "Es duro ver la cara de los asesinos y espero que sobre ellos caiga todo el peso de la ley", añadió, al final de la sesión. En principio, no piensa volver al juicio.

Ruth, sí. Asegura que según se acercaba la fecha, la familia se ha ido poniendo más nerviosa. Y que lo ha pasado mal. Pero ayer, al término de la sesión de la mañana, caminaba con entereza. Y se prometía a sí misma acudir una vez a la semana.

Con la foto de su padre para protegerse.

Texto de Antonio Jiménez Barca publicado por el diario EL PAIS el viernes 16 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

 

Juicio 11-M: Las Victimas (15 de Febrero de 2007)

Por Narrador - 15 de Febrero, 2007, 9:40, Categoría: Victimas

Ante la batalla de sus emociones

Los psicólogos han preparado durante meses a las víctimas para que afronten el juicio que se inicia en la Casa de Campo

MADRID.- Para muchos será un auténtico calvario. Para otros, los menos, una gran liberación. La posibilidad de cerrar una puerta anima a muchos ante el gran reto que se inicia hoy. Pero la gran mayoría entiende que tendrán que atravesar de nuevo un largo desierto, un desierto del que no han podido salir durante tres años. Tendrán que revivir día a día todas las pesadillas que se iniciaron tras la matanza del 11-M.

Son ellas, las víctimas, las grandes protagonistas. Son ellas las que deberán estar en primera línea de la sala de la Casa de Campo, donde harán frente de nuevo a todos sus miedos, todos sus temores, todas sus frustraciones.

Fueron muchos los que durante meses y meses no se atrevieron, siquiera, a volver a subirse a un tren. Fueron muchos los que durante meses evitaron pasar por cualquiera de las estaciones donde se perpetró la matanza. Fueron y son muchos los que durante la noche, no una ni dos veces, se despiertan rememorando el ruido de la explosión y las imágenes crueles que aquella fatídica mañana del 11-M tuvieron que contemplar y que les acompañarán toda la vida.

Ellos son los protagonistas, las víctimas, los que lo vivieron en primera persona y lograron sobrevivir y los que tuvieron que enterrar a sus seres queridos. Aquella mañana, Madrid perdió a 191 de sus ciudadanos. Más de 1.500 personas sufrieron heridas físicas que han ido cicatrizando y heridas sicológicas «que no se cerrarán jamás», recuerdan los sicólogos que les atienden.

Estos profesionales han tenido que poner en marcha un estricto programa para preparar mentalmente a las víctimas de cara al juicio que se inicia hoy. «Es que van a tener que revivir su pesadilla diariamente durante meses. Van a tener que escuchar cómo se desmenuza cada uno de los datos, informes, estudios, análisis que hagan relación a la matanza. Y para hacer frente a ello es imprescindible una preparación previa», recuerda Syra Balanzat, sicóloga que trabaja con la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M.

Durante varios meses se han puesto en marcha talleres grupales encaminados a este objetivo: preparar mentalmente a las víctimas para afrontar un proceso que será muy largo. «Será una vuelta en el tiempo», recuerda.

Y la primera pregunta que se plantea es por qué quieren acudir al juicio, por qué quieren presenciar el desarrollo del proceso. No son todos los que quieren estar pero la razón principal es muy clara: quieren ver, ser testigos de que la Justicia trata de esclarecer lo que pasó aquella mañana en Madrid. Porque son muchos aún los que sospechan que la instrucción judicial realizada por el juez Del Olmo no ha logrado desentrañar todo el caso del 11-M. Sus dudas son aún tremendas. Y estos mismos están prácticamente convencidos de que estas dudas no se verán resueltas durante la fase de juicio oral. No obstante, quieren vivirlo en directo para avalar sus sospechas.

En esas reuniones previas, las víctimas han expuesto sus grandes temores: de lo que van a oir, de lo que van a ver, de cómo creen que les puede afectar el juicio... El primer gran miedo es muy escénico: cómo van a reaccionar al ver en directo la cara de los imputados de los acusados de participar en la matanza. «Esa es una inquietud que han mostrado muchos de los afectados», recuerda esta profesional de la sicología. No saben si los verán con temor, con odio, con afán de venganza, con dolor... El gran temor es «no poder controlar sus emociones», resume Balanzat.

Lo que han intentado en una segunda fase los profesionales de la sicología es tratar de familiarizar a las víctimas con el ambiente y el lugar en el que desde hoy se va a celebrar el juicio. «Se trata de que el entorno les resulte cómodo».

Así, en pequeños grupos de cinco o seis víctimas, la asociación ha estado ilustrándolos sobre cómo es la sala donde se celebrará el juicio, dónde se sentarán, cómo es el orden de intervención, quiénes componen el tribunal, cómo se sientan... El máximo posible de detalles para que las víctimas estén en un ambiente conocido. Les han mostrado fotos de la sala y croquis con la distribución interior. Una de las mayores curiosidades de ellos es saber dónde se sentarán ellos y dónde los acusados. Esta terapia, según los profesionales, reduce la ansiedad.

En una tercera fase, los sicólogos han explicado una serie de técnicas para lograr relajarse durante los meses que durará el juicio. No es fácil. Saben que durante meses van a revivir sus miedos y sus pesadillas. No estarán solos en la Casa de Campo, un equipo de sicólogos estará pendiente de su evolución. Quizá, el temor más importante es volver a contemplar en las televisiones las imágenes de los trenes después de los atentados. Las fotografías en los periódicos también están en el marco de ese temor. «Las imágenes de los trenes, de las bolsas negras, son lo que más conflicto sicólogo puede provocar», recuerdan los profesionales.

Y para ello, además de unos completos métodos de respiración, los especialistas les han explicado técnicas de relajación para que pongan en marcha en el momento en que noten que la respiración se les acelera. Deberán tratar de desviar la atención, de alejarse mentalmente del juicio y recrear situaciones placenteras fuera de la sala, fuera del 11-M. Difícil misión para los que tendrán que vivir siempre con el recuerdo de la masacre.

Una información de Fernando Lazaro publicada por el diario EL MUNDO el jueves 15 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


Un dispositivo especial de atención

Los 36 centros de salud mental de la Comunidad de Madrid atenderán «sin demora alguna y de forma inmediata» a los afectados y víctimas que sufran crisis traumáticas durante la celebración del juicio. Estas personas también podrán recurrir a la Unidad de Trauma Psíquico del Hospital Clínico San Carlos, dirigida a adultos, y a la recién creada Unidad de Psicotrauma Infantil del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, si se trata de niños y adolescentes.

Además, para completar esta asistencia psicológica y médica, el Gobierno regional desplazará al lugar de celebración de la vista judicial un psiquiatra y un psicólogo y, aparte, un Vehículo de Intervención Rápida del Servicio de Urgencia Médica de la Comunidad de Madrid, dotado con «un médico, un enfermero y dos técnicos de emergencias sanitarias», dispositivo que se mantendrá «todo el tiempo» que dure el juicio. Así lo explicó a Europa Press la directora general del Servicio Madrileño de Salud, Almudena Pérez, quien justificó esta iniciativa en vista de que los afectados «pueden revivir el trauma psíquico que sufrieron» en su día. Pérez explicó que la Consejería de Sanidad ha mantenido activo desde el 11-M un dispositivo especial de salud mental que ha atendido a 3.229 personas de las que 250 todavía reciben tratamiento.

Una información publicada por el diario EL MUNDO el jueves 15 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


  

Otra prueba para las víctimas

MADRID. Laura lleva ya tres años en vía muerta, protegida por la discreción y el amor de los suyos. El silencio que la ampara es, quizá, la mayor reserva de dignidad entre los manejos e intereses de parte que vienen lacerando a las víctimas del 11-M desde el día mismo de los atentados. Laura, tan joven, quedó en estado vegetativo, hasta hoy, la jornada en la que comienza un juicio capital para que la sociedad española restañe la brecha abierta por una conmoción sin precedentes. Laura tomó un tren de cercanías y su vida cotidiana se detuvo en esa estación sin retorno que los médicos denominan «coma irreversible», un limbo amarguísimo en el que su familia ni puede aferrarse al duelo de la pérdida ni tiene a su alcance atisbo alguno de esperanza. No la hay. Las explosiones de los trenes arrancaron la vida a 191 personas marcaron para siempre a más de 1.800 heridos y postraron a Laura en su túnel oscuro.

Han transcurrido 36 meses desde el brutal ataque terrorista de Madrid, el mayor de todos los tiempos en Europa, y las víctimas son hoy el reflejo doloroso del recelo enquistado desde entonces en la sociedad española y de la disparidad de apreciaciones sobre lo sucedido. Dos asociaciones las representan desde posiciones antagónicas: mientras la de Afectados 11-M, presidida por Pilar Manjón, se enfrenta a este complejísimo juicio con la convicción de que en él «todos los que están, son» , según aseveró la propia Manjón el pasado martes; la de Ayuda a Víctimas 11-M, encabezada por Ángeles Domínguez, al igual que algunas personas que se han afiliado a la AVT, se han sumado a la «teoría de la conspiración» con el trasfondo de una pretendida inconsistencia del sumario instruido por el juez Del Olmo.

Los «no asociados»

No faltan en ese escenario de división intentos de atribuir a unos u otros una mayor representatividad, siempre relativos, ya que la mitad de los familiares de las víctimas mortales ha renunciado a apuntarse a cualquiera de las «terminales» de este dispar movimiento asociativo. En la vista judicial que hoy comienza en la Casa de Campo se han personado 23 acusaciones particulares, de las que tres corresponden a las asociaciones (Ayuda a Víctimas 11-M, Afectados 11-M y AVT) y las restantes a un muy significativo número de personas (el propio desarrollo del juicio aclarará cuántas) sin «carné» de estos colectivos. Ante el Tribunal se ha acreditado que la entidad de Pilar Manjón representa a las familias de 81 asesinados y la de Ángeles Domínguez a las de 12 fallecidos.

Pese a sus discrepancias, todos los colectivos coinciden en que el paso del tiempo no sólo no ha aligerado el peso de su labor psicológica y asistencial con las víctimas de la matanza, sino que lo ha incrementado. Hacen notar, por ejemplo, que los casi tres años transcurridos marcan la forzada reincorporación a la vida laboral de personas que, en muchos casos, no están en condiciones de asumir aún esa responsabilidad, pese al alta médica, ya sea por problemas psíquicos o por dolores crónicos ocasionados por restos de metralla o lesiones auditivas.

Revivir el trauma

El alud informativo sobre el comienzo del proceso judicial está también atenazando a muchas de las víctimas, ya que estas circunstancias de notoriedad pública les hacen revivir el trauma sufrido, según reseñan sus psicólogos. Una realidad que reflejaba esta semana la mirada empañada de Isabel Casanova. Tres años sin Jorge, su hijo, y una reválida diaria desde aquel momento: «No he vuelto a ser la misma. Jamás lo seré. Después de aquello, hasta freír un huevo puede convertirse en una heroicidad». Todo se quebró a raíz de la tragedia. Isabel, que vive en Alcalá de Henares, dejó su trabajo como auxiliar de clínica para atender a sus otros tres hijos, ya que su ex marido también fue asesinado en los trenes.

Para Isabel y para otras 190 familias, el juicio a los veintinueve acusados por el 11-M, tan necesario, es también abrir de nuevo la puerta de aquella espiral de angustia. Refrescar la búsqueda enfebrecida y las llamadas sin respuesta a un teléfono móvil, hasta tropezar de bruces con la evidencia del abismo. Otra vez se les pone a prueba.

El comienzo del juicio del 11-M ha servido como recordatorio de que una joven herida en los atentados continúa postrada en un coma irreversible, mientras otras víctimas reviven el trauma

Un tercio de los afectados siguen yendo al psicólogo

Un informe de la Asociación de Ayuda a Víctimas del 11-M, que preside Ángeles Domínguez, revela que, tres años después, el 27 por ciento de los afectados por los atentados de los trenes reciben aún tratamiento psicológico y que el 50 por ciento de las personas que se vieron involucradas en los salvajes ataques tiene todavía miedo y ansiedad.

La psicóloga de esa Asociación, Syra Balanzat, explicó que el atentado de Barajas y el inicio del juicio del 11-M están generando en las víctimas «estrés postraumático» y comentó que otras secuelas que aún padecen son problemas de ansiedad, inseguridad, desconfianza en los demás, disminución de la autoestima, trastornos en el sueño e irascibilidad y rabia que les dificultan la convivencia familiar en muchos casos.

Subrayó que muchas de las víctimas no han superado aún el miedo a viajar en tren (el 16% no ha podido volver a subirse en uno) e insistió en la importancia de que los medios de comunicación no difundan imágenes de aquel día.

Texto de Blanca Torquemada publicado por el diario ABC el jueves 15 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

  


  

Tres años con el miedo metido en el cuerpo

La mitad de las víctimas aún sienten miedo e inseguridad y no han podido recuperar su vida previa al atentado, mientras que dos de cada diez afectados aún no han vuelto a montar en un tren

Madrid - Las 10 bombas que estallaron en cuatro trenes de Madrid rompieron para siempre la vida de 2.000 familias, las de los 191 asesinados y los 1.824 heridos en el amanecer del 11 de marzo de 2004. Casi tres años después, la mitad de las víctimas aún presenta ansiedad, depresión, miedo e inseguridad, que le ha impedido recuperar su vida social previa al atentado, o incluso moverse con tranquilidad en los medios de transporte públicos. Dos de cada 10 afectados aún no se ha visto con fuerzas para volver a montarse en un tren, según un estudio llamado Las víctimas, 36 meses después, elaborado por dos psicólogas y dos trabajadoras sociales para la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M.

El estudio fue elaborado con 300 víctimas del atentado, de las que el casi el 60% eran afectadas directas y, el resto, familiares, padres, madres o hijos de fallecidos o heridos. Casi tres años después de sufrir el atentado, el 59,3% de las víctimas sigue con problemas auditivos (muchos se quedaron completamente sordos como consecuencia de los estallidos), el 50,4% sigue padeciendo las secuelas psicológicas de aquella tragedia y el 9,7% arrastra problemas neurológicos.

Durante la presentación del estudio, la psicóloga Syra Balanzat explicó que la proximidad del juicio, así como el atentado que ETA perpetró el 30 de diciembre en el aeropuerto de Barajas, han generado "estrés postraumático" en las víctimas, que incluso presentan "nuevos síntomas". El juicio ha supuesto una "victimización secundaria" de los afectados, por las dificultades para afrontar el sistema jurídico penal, lo que se traduce en "reactualización del trauma, sentimientos de indefensión y desemparo". Además, la constante presencia de las imágenes de los ataques en los medios de comunicación, o incluso la emisión de imágenes de nuevos atentados, provoca las mismas sensaciones en las víctimas del 11-M.

Los psicólogos de la Comunidad de Madrid advirtieron ayer de que, "en el momento de afrontar un juicio como es el del 11-M" muchas víctimas "puedan dar marcha atrás y revivir aquellos momentos que fueron muy especialmente traumáticos para ellas y, en general, para todos". En el edificio de la Casa de Campo en la que se celebrará el juicio a partir de hoy habrá "varios psicólogos, asistentes sociales y personal sanitario, atentos ante cualquier necesidad de ayuda psicológica o médica". Las asociaciones de víctimas también llevarán al juicio a sus propios psicólogos.

El estudio de la asociación que preside Ángeles Domínguez y patrocina la Comunidad de Madrid, asegura que el 50,4% de los afectados aún presenta "síntomas como ansiedad, depresión y una sensación constante de miedo e inseguridad", e incluso "desconfianza hacia los demás y ante ellos mismos". Una cuarta parte sigue en tratamiento psicológico.

El 16% de las víctimas directas "sigue sin poder utilizar el tren", pero los que sí han podido volver a montar "manifiestan síntomas de ansiedad durante el trayecto o necesitan ir acompañados de otras personas". El porcentaje de quienes mantienen fobia a los trenes es algo más alto entre los familiares de fallecidos o heridos en los atentados (17,3%).

El informe explica que el 28% de los afectados aún no ha conseguido su reconocimiento como víctima del terrorismo, y la mayoría de ellos ha tenido que pasar hasta dos veces por un tribunal médico para que se hiciera una valoración de sus heridas. El 70,4% no está satisfecho con la baremación de las secuelas psicológicas y físicas de dichos tribunales.

Ésta y otras situaciones han dificultado la adecuada reinserción de la víctima y de su familia, hasta el punto que "la mitad de las familias dicen no haber recuperado todavía su vida anterior al atentado". El 23% de los afectados directos, además, no ha podido volver a trabajar, y la mitad de ellos se encuentra ahora en el paro, jubilado o, los menos, cobrando una pensión de invalidez. El 42,4% ha tenido que acudir a un profesional en busca de apoyo por "las dificultades para la convivencia" que el atentado ha producido en ellos.

Las víctimas resumen sus problemas en cinco: dificultades en la convivencia familiar, sensación de desinformación, necesidad de contacto con las instituciones y necesidad de apoyo frente a las secuelas físicas y psicológicas. Es decir, ayuda y comprensión.

Texto de José Manuel Romero publicado por el diario EL PAIS el jueves 15 de febrero de 2007. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.

  

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